Vendetta y celebración

8 de mayo del 2011

“Te indico cómo llegar pero no te llevo. Es un lugar a donde prefiero no ir. Siempre hay gente tomándose fotos, curiosos. Todo el asunto me produce náuseas”.

Septiembre 11, para mí, fueron unas imágenes en la tele. Todavía no había llegado a Estados Unidos. Tampoco conocía Nueva York. Por supuesto que recuerdo bien aquel día: había viajado de Cali a Bogotá en el primer vuelo de la mañana, paré en la casa para dejar las maletas y salir al trabajo, y ahí estaba una de las Torres Gemelas echando fuego. Y luego la otra. Unas imágenes en la tele.

Aunque luego vi las noticias y leí los periódicos, y discutí largamente sobre el asunto con amigos y familiares, fue todo desde la distancia física y emocional hacia algo que en realidad me era ajeno. Para mí, las referencias del dolor y la brutalidad eran las de mi patria. Lo otro lo abordaba como un observador, con frío interés, con desprendimiento.

Y fue con ese talante que me acerqué al World Trade Center la primera vez que visité Nueva York. Como había visitado antes, en Washington, los memoriales de las guerras mundiales, de Vietnam, o de Corea. Como recorrí el campo de la batalla de Gettysburg, donde cuentan que se definió la suerte de la Guerra Civil. Como me paseé entre las tumbas del cementerio de Arlington en primavera. Pedazos de la historia estadounidense. Muertos y más muertos.

Sobra decirlo, pero ir al World Trade Center fue diferente. Para empezar, ahí estaba la herida, abierta todavía, a flor de piel. El vacío desafiante en medio de la vertiginosa ciudad. Los vestigios de un ultraje que todavía desconcierta, que era inconcebible. ¡Inconcebible!

“Es imposible exagerar el impacto de la destrucción de las Torres Gemelas en la psique estadounidense”, escribió el periodista español Enric González. “El hecho en sí fue gravísimo. Por el número de muertos, por la caída de unos edificios simbólicos, porque ni Nueva York ni el resto del país, ajeno hasta entonces a masivos ataques exteriores, habían vivido jamás una jornada de tal pánico y tal asombro.”

“Pero hubo algo más. Si Osama bin Laden asumió para el colectivo la condición de monstruo cruel y elusivo, los estadounidenses se pusieron en la piel del capitán Ahab: no existía otro fin que la venganza. No importaban los medios, no importaban las consecuencias. Era una cuestión moral y absoluta, sin posibilidad de matices. El verso largo, bíblico y ominoso de Moby Dick palpitaba en el discurso político y en las charlas familiares.”

Luego de casi diez años de cacería, el domingo pasado los gringos pudieron por fin ejecutar al monstruo. “Boom, boom”: dos tiros en la cabeza. Sobre la medianoche, el presidente Barack Obama anunció a sus compatriotas que se había hecho justicia. En realidad, fue la Ley del Talión, pero casi nadie reparó en el detalle. Como la noche en que eligieron a Obama, miles de estadounidenses, especialmente los jóvenes, se volcaron a las calles.

En Washington, por ejemplo, una multitud se congregó frente a la Casa Blanca. “¡USA! ¡USA! ¡USA!”, gritaron a todo pulmón. También fumaron cigarros, entonaron el himno, bebieron champán, y cantaron el ‘oe oe oe oe’. Hubo porristas, sonaron las vuvuzelas. “Estados Unidos ha ganado la Copa del Mundo”, comentó una tuitera.

“Nada me hace más feliz que saber que un estadounidense le disparó en la cabeza”, contó un muchacho durante las celebraciones. “¿Se siente más seguro?”, le preguntó la periodista. “En realidad, no. Pero lo atrapamos y eso es lo único que importa”

mi twitter – @LozanoPuche
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