Verdes, el que madura Dios le ayuda

28 de mayo del 2011

No hay duda de que Antanas es de los tres tenores el más doliente en el tema de la ética de lo público. Pero tampoco hay duda de que de los tres es el más mesiánico. No hay duda de que Peñalosa es el más criterioso en los temas urbanos. Pero tampoco hay duda de que de los tres es el más cercano a la política tradicional. No hay duda de que Lucho es el más sensible en lo social, pero tampoco hay duda de que es el más pendenciero de los tres. Pero así eran cuando se conocieron y cuando decidieron juntarse. Los bogotanos celebraron que se agruparan a sabiendas de que eran así y se aferraron a lo que los unía. Una nueva ilusión democrática, un nuevo estilo político y un nuevo compromiso ciudadano. Había un mínimo común denominador entre los tres que haría sinergia frente a los excesos de los ocho años anteriores y de cara a las ilusiones venideras.

De hecho casi, le pegan al tablero cuando lograron superar egos y atraer a Fajardo, otro buen elemento en esa sumatoria que agregaba con su ego y todo. Pero también fue claro que no le pegaron al tablero porque se quedaron enanos frente a la coyuntura. Al final se les subió el copete, se les dispararon los egos, se redobló el mesiánico, el tradicional y el pendenciero y Fajardo que tiene de lo ético, lo urbano y lo social, se cayó y prácticamente se calló, con lo cual paso de agache porque no pudo mostrar lo bueno en que se parece a los tres y además pudo ocultar temporalmente sus defectos, que no son nada diferentes a los de los otros.

El tema es que para interpretar con grandeza lo que significó la Ola Verde había que deponer todo eso que se parece a que aquí están lo únicos, los que descalifican, los que vetan, los que comprenden, los que se comprometen, los que no se untan, los que no se transan, los que no necesitan a los políticos, porque todo eso vende según la coyuntura pero no siempre garantiza la eficacia ganadora. Y en política de todas formas hay que pensar en sumar, multiplicar y ganar. No a toda costa, claro, pero en todo caso nunca como si uno se bastara y se sobrara solo, porque esa actitud resta, excluye radicaliza y sectariza y por supuesto lleva a la derrota.

Los verdes no pueden pretender ser los pragmáticos del todo vale, pero tampoco los ángeles sobre la tierra. Eso produce romanticismo y hasta ánimos de militancia febril pero eso no se traduce en votos mayoritarios. Eso se vuelve espuma como pasó con la Ola Verde. No pueden los verdes, ahora que Juan Manuel Santos se ha encargado de quitarles algunas banderas democráticas y se ha ganado la simpatía de los antiuribistas, tratar de hacer la diferencia con los uribistas porque esa emoción ya la capturó Santos. Esa etiqueta ya no suma para los verdes y más bien quien se radicalice en esos temas queda como buscando un pretexto para no apoyar a quien ejerce hoy el protagonismo de los verdes en Bogotá.

Los egos de Mockus le impiden ver que sí él hubiera asumido en la pasada contienda la actitud que tiene hoy nunca había logrado que Peñalosa hubiera adquirido, aún en medio de los brinquitos ridículos, un mayor compromiso con lo público y con lo social. Porque lo bueno del Peñalosa de hoy es que probablemente era el más atrasado de los cuatro en ciertas materias, pero hoy se nota que fue el que más le sacó provecho a su cofradía. Es, de lejos, el que más le aprendió a los otros.

Nadie puede creer que no hay riesgos si uno le abre la puerta a los uribistas, pero acudiendo al principio de la buena fe, hay que saber que Peñalosa tendrá el criterio suficiente como para gerenciar con la idea de que por no contaminarse de algo se pueda perder de lo bueno que tenga. Peñalosa sabe que hay uribistas destacados y eficientes en la función pública y que también los hay de esos que no creen en el derecho, o de esos dogmáticos que por combatir la subversión se la juegan al todo vale. Pero Peñalosa sabe distinguir y si algo les aprendió a sus pares es que la complejidad permite ver como rompiendo esquemas y paradigmas se puede dejar de ser biche.

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