Viaje al África con nicorette

18 de septiembre del 2012

En alguna de mis columnas confesé que quería acostarme en tierra roja para levantarme en tierra negra y aquí estoy en Kenia, después de muchas horas sin poder fumar, sobreviviendo gracias a los chicles de nicotina. Lo cierto es que he constatado que hay más mosquitos en Sao Paulo que en Johannesburgo (primer y segundo […]

En alguna de mis columnas confesé que quería acostarme en tierra roja para levantarme en tierra negra y aquí estoy en Kenia, después de muchas horas sin poder fumar, sobreviviendo gracias a los chicles de nicotina. Lo cierto es que he constatado que hay más mosquitos en Sao Paulo que en Johannesburgo (primer y segundo destino del viaje) y que aunque los negros manejan carros de alta gama y de último modelo, unos pocos blancos siguen siendo los amos y señores de los recursos naturales, el oro y la minería.

Lo paradójico del asunto es que Mandela vive en el mismo vecindario y en una casa igual de lujosa que quienes tienen sus manos manchadas de sangre. Y me imagino que debe ser, porque en 1996, la República de Sudáfrica, decidió vivir unida dentro de la diversidad.

De todas maneras y solo hasta ahora que estoy en Kenia, me siento realmente en África, porque acá la teoría del caos es absolutamente clara. Kenia fue el primer país del continente africano que se independizó de los ingleses, con excepción de Etiopía (El Cuerno de África), porque nunca fue colonizada.

El caso es que llegué al aeropuerto de Nairobi sin visa, porque la agencia de viajes me dijo que no la necesitaba. Finalmente, pude resolver el problema, gracias a la laxitud del sistema y luego tenía que pagar cincuenta dólares en Inmigración y resultaron falsos.

Entonces, primero creí que iba a ser deportado y luego que iba a terminar en una prisión en Kenia, pero los señores de Inmigración me explicaron que la denominación de esos billetes solo servía para las propinas o el comercio y que eso del común denominador era un cuento inventado para cuando la Selección Colombia ganaba un partido de fútbol contra Uruguay o Chile.

No suelo ser descriptivo cuando escribo pero permítanmelo, porque he visto gallinazos con unas alas negras que parecen engominadas por un metrosexual; su pecho es carne blanca; su garganta es muy similar a la de un bimbo rosado y sus patas son como pitillos de papel, a veces modelando y otras veces bailando reggae sobre la tarima seca de los árboles.

Eso fue lo primero que vi cuando llegué a Nairobi y luego en el Tribe Hotel fui testigo ocular de las reuniones entre las agencias de seguridad de Estados Unidos y representantes del gobierno de Kenia para intervenir en el conflicto de Somalia. Unos días después, salí para Sweetwaters Game Sanctuary, un campo que hace parte de la reserva privada de Ol Pejeta para la conservación de animales en peligro de extinción.

Esa reserva alberga a los cinco grandes (león, búfalo, elefante, jirafa y rinoceronte), entre muchas otras criaturas de Dios y hasta hace muy poco (1988), era un rancho de 24.000 hectáreas, destinado única y exclusivamente para la ganadería extensiva. Y ahora estoy en la reserva Masai Mara, que también está localizada a las afueras de Nairobi y aunque está mucho menos arborizada que el parque de Ol Pejeta, cuenta con una extensión de tierra sin fin; donde he visto a las hienas con ternura, a pesar de que en las noches los búfalos no me dejen salir a fumar.

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