¿Vieja policía o nueva policía? ¡Que sea mejor!

¿Vieja policía o nueva policía? ¡Que sea mejor!

31 de marzo del 2017

Varias noticias llegan en torno a la Policía Nacional: el Código Nacional de Policía recientemente promulgado, la designación del general Naranjo en el cargo de vicepresidente, los resultados de la Comisión Consultiva de Alto Nivel en relación con escándalos en la propia cúpula y los anuncios sobre lo que será la policía del posconflicto.

Posiblemente el escenario del posconflicto sea una buena excusa para el anuncio de reformas en varios campos de la vida institucional, económica y social y, ¿por qué no?, también para la actualización de la doctrina militar y de policía. Estamos ante dos fenómenos diferentes, pero de muchas maneras relacionados: por un lado, la inseguridad nacional en las zonas rurales azotadas por el conflicto guerrillero y paramilitar, y por otro, la inseguridad callejera de las ciudades: en una u otra situación la policía tiene un papel importante. En el área de seguridad ciudadana urbana, la acción más relevante es sin duda la del cuerpo policial, mientras que en la inseguridad rural deben actuar conjuntamente las fuerzas militares con el apoyo puntual de la policía, toda vez que el conflicto presenta combinaciones de insurgencia y de delincuencia organizada, sin que se pueda establecer dónde comienza un tipo de inseguridad y dónde termina.

La Policía Nacional es una de las más importantes instituciones públicas de seguridad en Colombia, con cerca de 200.000 miembros (armados y civiles administrativos); con apoyo tecnológico de punta que la ubica como una de las más avanzadas de la región; con excelente dotación de armamento, transporte, cámaras de video, etc.; con avances significativos en inteligencia policial y, sobre todo, con una larga historia que vale la pena repasar y que se remonta a las postrimerías del siglo XIX, más precisamente al año 1888, en el Gobierno Holguín, cuando se reemplazaron la gendarmería y los serenos existentes en departamentos y municipios por una nueva organización de corte nacional, por medio de la Ley 23 de 1890. Tenemos pues una institución con más de 125 años de existencia, a lo largo de los cuales ha ganado enorme conocimiento y experiencia.

En algunas épocas, la policía ha tenido un carácter eminentemente cívico, y por ello ha estado adscrita al Ministerio de Gobierno (hoy del Interior); en otras, se ha convertido en cuerpo cuasimilitar, dependiendo directamente del Ministerio de Defensa. Durante su largo período de existencia, la policía se ha movido entre el poder civil y el militar, a pesar de que se trata, según el artículo 218 de la Constitución, de “un cuerpo armado permanente de naturaleza civil, instaurado para mantener el ejercicio de los derechos y libertades públicas y para asegurar la convivencia ciudadana en paz”. Los más viejos, recordamos con algo de nostalgia al agente de barrio, conocido por los vecinos y también por los niños. En países con mayor desarrollo cívico todavía funciona ese tipo local y cívico de policía

La policía colombiana no ha estado exenta de controversias y de fuertes críticas, algunas por comportamientos antiéticos y otras por sus inclinaciones políticas. Por ejemplo, el 9 de abril de 1949, en el famoso “bogotazo”, el cuerpo de policía de Bogotá terminó uniéndose con los insurgentes en contra del Gobierno presidido por Ospina Pérez, por lo que se decía que esta tenía una inclinación partidista liberal —mientras que el Ejército era cercano a los  conservadores—, lo cual condujo a que en 1950 tuviera que ser refundada bajo la tutela del Ejército para llegar a ser considerada como “la cuarta fuerza militar”, junto con la Armada, la Fuerza Aérea y el propio Ejército. Actualmente, la Policía no forma parte de las fuerzas militares ni depende del comandante de estas, aunque se mantiene adscrita al Ministerio de Defensa, como organización civil y nacional que actúa en todo el territorio.

Durante las pasadas cuatro décadas, la Policía ha jugado un papel crucial en la lucha antiguerrillera, convirtiéndose en blanco predilecto de los subversivos,  lo cual le ha causado muchas pérdidas humanas en servicio; de la misma manera, la entidad ha sido factor clave en la lucha contra el narcotráfico, hasta el punto de que, en estos dos frentes, ha actuado más como una fuerza militar que cívica, con capacidad estratégica y táctica para el combate y con armamento propio similar al del Ejército o al de la Fuerza Aérea (aviones, helicópteros artillados y de transporte, ametralladoras…). Hace algunos años en tiempos del Plan Colombia se llegó a sugerir que la Policía se había convertido en la “consentida” de los Estados Unidos, inclusive por encima de las demás fuerzas. Actualmente, todas las fuerzas armadas trabajan en conjunto, bajo el mando del presidente de la República, apoyándose mutuamente en sus responsabilidades, tanto urbanas como rurales.

El año pasado se anunció la creación de la Unidad Policial para la Edificación de la Paz (Unipep), y ahora el ministro de Defensa proclama “una policía poderosa, numerosa, capaz de hacer control territorial y de garantizar la seguridad en todo el país, entrenada y con nuevas fuerzas especiales”. Desde hace años se viene preparando una reforma de fondo a la institución, sin que hasta la fecha podamos hablar de que estamos ante una nueva policía. En 2011 se aprobó la “Política de Convivencia y Seguridad Ciudadana”, entendiéndose por esta —en un concepto amplio no restringido a la actividad policial— “la protección a los ciudadanos frente a aquellos delitos y contravenciones que afectan su dignidad, su seguridad personal y la de sus bienes, y frente al temor de su inseguridad”. Algunos comentaristas de la política pública hablan de la “policía para el posconflicto”, así como en el campo militar se menciona la nueva doctrina del ejército, Damasco,  orientada a las tareas que vienen una vez se desarrolle en forma el Acuerdo de La Habana.

A raíz de una serie de escándalos en el seno de la Policía Nacional, particularmente el suscitado hace unos meses por la “comunidad del anillo”, el Gobierno designó una comisión para que propusiera soluciones a las fallas éticas del cuerpo policivo, comenzando con aquellas que permitieran superar los problemas ligados a la conducta de muchos de sus integrantes: se trata de la Comisión Consultiva de Alto Nivel, integrada por los exministros de defensa Juan Carlos Esguerra y Luis Fernando Ramírez y por el académico Jorge Hernán Cárdenas. La comisión hizo parcialmente la tarea, al enfocarse más en lo que podría ser una nueva reestructuración estratégica que en los cambios de conducta humana.

El recién expedido Código de Policía ha producido mucha controversia ya que, según sus críticos, le otorga demasiados poderes a la policía, como allanar viviendas sin orden escrita de un juez, grabar procedimientos, reprender la ocupación indebida del espacio público, controlar los ruidos excesivos, actuar en caliente en relación con el uso de objetos robados y sancionar la realización de necesidades fisiológicas en la vía. En los próximos meses comprobaremos si el Código, una vez aplicado, es bueno o no lo es.

Si bien las cifras de criminalidad muestran un descenso, la percepción ciudadana suele ir en otra dirección: los habitantes de las ciudades se sienten asediados por los delincuentes comunes, ya sea por los atracos callejeros, robo de sus bienes (entre ellos el más común es el hurto de celular), abusos sexuales y amenazas a la integridad personal. Los habitantes del campo tienen expectativa por la terminación del conflicto con las FARC, pero en más de 300 municipios temen la acción delictiva de las bandas organizadas (bacrim) o de los grupos insurgentes que no se han acogido al proceso de La Habana. En estos aspectos es donde los ciudadanos quisieran sentir la protección de la policía, la nueva o la vieja.

No puede ocultarse que, a raíz de los escándalos que hace un año obligaron a crear la comisión para la reestructuración, y de experiencias negativas de la ciudadanía con algunos agentes, la entidad ha venido perdiendo confianza entre la población —como lo muestran repetidas encuestas—. Es el momento de un viraje que incluya el ámbito ético, partiendo de las recomendaciones recibidas y de la reflexión interna que realice la institución, aprovechando que un policía ejemplar está ocupando la Vicepresidencia de la República desde hace unos  días. Los ciudadanos reconocemos y agradecemos  los aportes y sacrificios de la mayoría de los policías, pero nos quejamos de las ovejas negras que la desacreditan.

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