Stella Villamizar

Stella Villamizar

10 de mayo del 2011

Pertenezco a la generación de mujeres que nos tocó romper con los esquemas tradicionales de una sociedad patriarcal donde, por ejemplo, estudiar en la universidad era una osadía. Afortunadamente para mí, gracias a mi tozudez, logré el apoyo de mis padres, no así el de mi novio, quien lo consideró un acto de rebeldía imperdonable y me echó.

Siempre lo he dicho, si me pusieran a escoger qué etapa de la vida repetiría, sin dudarlo un instante me quedaría con la universidad. Desde los catorce años y gracias a un amigo de mi padre, empecé a leer libros de sociología, hecho que me influyó para que me decidiera por esa carrera. Proveniente de una ciudad de provincia como Cúcuta, sometida a la férrea disciplina de un padre machista hasta la medula, llegar a Bogotá e ingresar a la facultad de sociología de la Universidad Nacional representó la realización de un sueño inimaginable.

Con algo de ingenuidad, creíamos que en esta encontraríamos la clave para cambiar las estructuras de una sociedad que nos parecía obsoleta. Tuvimos el privilegio de contar con una nómina de profesores de primera línea, como Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna y el padre Camilo Torres. La facultad era como una familia conformada por un puñado de jóvenes rebeldes, contestarios, que participábamos activamente en las causas estudiantiles de las épocas. En una de las tantas manifestaciones a las que asistí, un diario capitalino publicó con gran despliegue una foto en la que aparecía enarbolada una pancarta que decía “Abajo la mano negra”, lo que lógicamente le provocó una profunda contrariedad a mis padres. Igual sucedía cada vez en el diario aparecían artículos sobre la juventud rebelde, ilustrados repetidamente con mi foto, hasta que a través de un amigo periodista, logré rescatar la foto del archivo para evitar que siguiera saliendo y que las relaciones con mis padres se deteriorarán aún más.

El padre Camilo Torres, quien fue mi director de tesis, se convirtió en nuestro líder. Realicé el trabajo con una compañera argentina, Elsa Usandizaga, y lo titulamos Análisis de contenido de la radionovela colombiana. En tercer año de carrera, pude hacer un recorrido por la costa este de Estados Unidos hasta Nueva York, gracias a un beca que obtuve de la Universidad de Miami para realizar un concurso de verano sobre teología sociológica. ¡Conocer la metrópoli resulto alucinante! Y fue el primer paso en la tarea de recorrer el mundo. Con el título de licenciada en sociología debajo del brazo, viajé a París con una beca del gobierno Francés. Nos embarcamos en Buenaventura con Nicolás Suescún, mi compañero en ese momento, quien había sido mi profesor en la Nacional y sería el padre de mis hijas, en el Hong Kong Banner, un barco de tripulación china con doce cabinas para estudiantes con precios rebajadísimos, fletado por la Flota Mercante Grancolombiana. Después de una travesía de 18 días, en la que tuvimos el privilegio de compartir con el capitán del barco la mejor comida cantonesa, llegamos a El Havre, Francia, a mediados de 1965.

Stella Villamizar, acompañó a Kien y Ke en su almuerzo de Cartagena el pasado enero. Aquí en la foto con Salvo Bassile y Jaqueline de Bassile.

En parís me tocó vivir la época de la revolución sexual, que trajo la píldora anticonceptiva; llevábamos minifalda, escuchábamos a los Beatles, Georges  Brassens, Charles Aznavour y Jacques Brel, Jeanne Moreau, Jean Paul Belmondo, Catherine Deneauve, Jean Louis Trintignant, Briguite Bardot, Alain Delont, eran los actores, y los ideólogos Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Althuser Y Marcuse, íconos de la juventud parisina del momento. Ingresé a la Escuela Práctica de Altos Estudios de la Universidad de París para adelantar los estudios de doctorado en sociología industrial, bajo la dirección del profesor Alain Touraine. París no era propiamente una fiesta, la vida estudiantil era bastante agitada, ya se empezaba a divisar lo que vendría con mayo del 68. Felizmente yo traía el entrenamiento de la Universidad Nacional. Recién llegamos, a través de una escueta noticia en el diario Le monde, supimos de la muerte trágica de Camilo Torres, quien constituía una esperanza para nosotros, sus seguidores. Fue un duro golpe. Con su desaparición murieron nuestros anhelos de cambio.

En el café Danton, del Bulevar Saint Germaint, nos reuníamos con frecuencia los estudiantes colombianos a intercambiar las escasas noticias que nos llegaban a través de cartas o de periódicos y revistas. La discoteca L,Escale, en la rué Monsieur Le Prince, que presentaba grupos de música caribeña en vivo, era uno de los lugares preferidos para las noches de rumba, a la que teníamos acceso excepcionalmente por cuenta de nuestros escasos presupuestos.

Decidimos para complementar la mesada escribir reportajes taquilleros para medios latinoamericanos, aprovechando a París como la gran sede de la crema y nata de los grandes intelectuales. Empezamos este proyecto de naufrago prematuramente con Pablo Neruda, a quien contactamos a raíz de su enésima postulación al premio Nobel de Literatura, sin que aún lo hubiera ganado. Estaba con la moral en el piso y entonces aprovechó para venirse lanza en ristre contra el gobierno norteamericano por las sanciones impuestas a Cuba, elogioso con Fidel Castro y la revolución cubana y no habló de literatura. Conclusión: la entrevista no interesó y sólo se publicó en cuba, sin que se nos hubieran reconocido nuestros horarios. Combinábamos el estudio con el turismo mochilero, de carpa. Así recorrimos media Europa hasta llegar a los países escandinavos.

Vivíamos en una antigua chambre de bonne, acondicionada en apartamento, en un séptimo piso sin ascensor, que quedaba contiguo a la calle Saint Denis, en el corazón del desaparecido mercado de Les Halles; un sitio seguro donde se rumbeaba veinticuatro horas. Compartíamos las farras con prostitutas, quienes al calor de los vinos nos contaban sus cuitas. La ubicación del apartamento lo convirtió en sitio de encuentro de amigos, con los que aún conservo fuertes lazos afectivos. Aunque no estaba en nuestros planes, puesto que llevábamos ya dos años de convivencia, decidimos casarnos para aprovechar la seguridad social que el gobierno Francés le aseguraba a las madres casadas. Una buena razón para renovar el compromiso adquirido. Nuestros testigos de la ceremonia civil en la Alcaldía del Primer Distrito, fueron el español Tomás de Salas y el brasileño Raoul Riff. Me casé con Nicolás, con seis meses de embarazo. Celebramos en el restaurante Le Procope y no tuvimos regalo distinto a una gata pulgosa que nos dio Juan Tomás, bautizada Agathe. En noviembre nació Matilde, mi primogénita, engendrada en un viaje por la península Ibérica. De regreso a Bogotá,  nació Nathalia, concebida en la mitad del corazón Atlántico, en el barco Satrustegi, de bandera española. Aunque llegaros antes de lo previsto, el nacimiento de mis hijas fue la realización de una ilusión alimentada durante años. Siempre tuve clara mi maternidad y no obstante su enorme responsabilidad, la experiencia más gratificante que he tenido.

Aterrizamos en el edificio Sabana, en pleno centro de Bogotá. La efervescencia cultural era total alrededor de Marta Traba, directora entonces del incipiente Museo de Arte Moderno, Santiago García y Patricia Ariza y los arquitectos Fernando “El Chuli” Martínez y Rogelio Salmona. Francisco Norden y Jorge Pinto hacían sus primeros pinos en el cine Vanguardia; con Felisa Bursztyn, Ana Mercedes Hoyos, Jacques Mosseri y Aseneth Velásquez, teníamos una tertulia que diariamente nos convocaba en el Café Cisne, un lugar incómodo y desapacible donde se comía mal, pero que se convirtió en el sitio de reunión. Álvaro “el Nene” Cepeda, alejado de la literatura, quien trabajaba con Julio Mario Santo Domingo, y el pintor Norman Mejía, eran los playboys más exitosos de cuantos se asombraban por el cisne.

Stella con la directora del documental La Sierra en el Carnaval de Artes de Barranquilla.

Para la rumba del fin de semana no había mucho que escoger. Si no teníamos una fiesta privada, nos reuníamos en la Quintarla, un antro oscuro, de varios niveles, con muy buena música, situado frente al cine Mogador. Una oferta gastronómica limitada que no iba más allá de la cafetería del Hotel Continental, de Cyrus, el Chalet Suizo y el Refugio Alpino. Cine El Coliseo, donde presentaban ciclos de película francesas. El Cid, el Metro, el Mogador y el Olimpia, contaban con una propuesta más orientada al cine de Hollywood.

A comienzos de los sesenta, pudimos regresar a Europa, esta vez gracias a una beca de Nicolás para estudiar en Berlín occidental. Vivíamos entonces una crisis conyugal, pero con la esperanza de poderla solucionar sin presiones externas, decidimos viajar solos, sin las niñas. La separación de mis hijas, de cuatro y seis años, fue difícil y dolorosa. Aunque quedaron al cuidado de mis padres, el sentimiento de culpa me causó muchas noches de insomio. Contrario a los parisinos, los berlineses resultaron amables y hospitalarios. Una vida bohemia con una variada oferta cultural matizaba la opresión que generaba a la existencia del detestable muro. Viajamos a los países vecinos y regresamos a París, nuestra ciudad preferida. A través del Plinio Apuleyo Mendoza, que dirigía la revista Libre y era el anfitrión de animadas reuniones sociales, conocimos a los escritores del llamado boom Latinoamericano: Vargas llosa, Fernández Moreno, Cortázar y Carlos Fuentes.

Me casé muy joven con la vana ilusión que sería una unión a largo plazo, pero al regreso de Berlín, con mucho dolor, tuve que afrontar la prematura separación que me tomó mucho tiempo digerir. Debí entonces asumir las riendas del hogar y mis hijas se convirtieron en el motor de mi vida. Me trasladé con mis hijas a Cali, tras una atractiva propuesta laboral. Como toda ciudad pequeña, cali me ofreció unas posibilidades ideales para criar, pero también unas situaciones incómodas por mi condición de mujer separada. Para lograr un cupo escolar para las niñas tuve que ocultar mi estado civil. Las actividades sociales eran limitadas y frustrantes, siempre me tocaba jugar de “supernumeraria”. La vida afectiva era prácticamente nula, pues los amigos de mi edad casi sin excepción estaban casados, así que terminé ligada con un sardino sin compromiso a quien llevaba doce años. Fue una relación grata que me permitió revivir experiencias que consideraba archivadas, como el turismo ecológico en carpa y las maratónicas jornadas de música disco en las discotecas de moda.

En Cali me reencontré con Carlos Mayolo, a quien había conocido en Bogotá, en la época de El Cisne. A través suyo ingresé al mundo de Caliwood. Mi condición de madre y las obligaciones laborales no eran compatibles con el ritmo de rumba frenética que se vivía en ese momento, razón por la cual la relación terminó como siempre, antes de lo previsto. Decidí regresar a Bogotá, donde  gracias a mi formación encontré cómo ejercer mi profesión. El papel de sociología industrial con el que me defendí durante más de una década, se convirtió a la larga en una rutina sin mayores expectativas. Tomé otro rumbo. Empecé con las relaciones públicas y desde entonces me dedico asesorar empresas en el área de comunicaciones externas y colaboro en diferentes medios impresos, lo que resulta más gratificante que la sociología industrial.

Cuando mis hijas se fueron, afectada por el síndrome de abandono del nido vacío, me casé de nuevo con un ex compañero de la universidad, de quien me separé al poco tiempo.

Comprobé una vez más lo que me resulta convivir en pareja. Por eso me hice el propósito de no repetir el mismo error y me propuse defender mi libertad a toda costa. Con el tiempo, y después de unas relaciones fallidas, aprendí a amar sin ataduras, sentí que necesitaba el amor sin depender de él. Consecuente conmigo misma, escogí la relación que tengo ahora y me funciona bajo la fórmula de juntos pero no revueltos. El mundo de mis afectos ha estado poblado de aciertos y equivocaciones, pero no me quejo: he amado y recibido amor.

Haciendo un balance del camino recorrido, constató que los viajes ejercen en mí una terapia renovadora, que aprovecho cada vez que puedo. Como diría Rahel Varnhagen: “Es fácil amar la vida cuando se está en el extranjero .Donde nadie te conoce y tienes a la vida en tus propias manos, cuando se es dueño de sí mismo más que en cualquier otro momento […] La extranjeridad es buena; sumergirse, no ser nadie, no tener nombre, nada que sirva como recordatorio, para así experimentar, ensayar, para ver que las cosas todavía brindan placer; para evitar los golpes… para perderse entre todas las cosas bellas de este mundo”. Con el lema de querer “tener la vida en mis manos”, me fui de Cúcuta a los 17 años y no me arrepiento.

*Este texto forma parte del libro Palabras Guardadas, Editorial Norma 2007.