Adiós a la Ronca de Oro

7 de febrero del 2011

Este lunes, en horas de la tarde, después de haber estado varios días internada en la Clínica Valle de Lili, en Cali, y de haber recibido la extremaunción por parte del padre Juan Cuervo Pineda, falleció Helenita Vargas, leyenda de la música popular colombiana, conocida como la Ronca de Oro por sus admiradores. Y si antaño fueron pocos los afortunados que pudieron conocer los primeros asomos de ese prometedor talento, hoy son miles los que han tenido el gusto de presenciar el cumplimiento de esa promesa a lo largo de una espléndida carrera.

Helenita Vargas nació en Cali hace 79 años, y como si una sola impávida mirada del mundo que había alrededor le hubiera bastado para saber qué vida habria de llevar, su talento musical empezó a manifestarse desde la más tierna infancia, con tal determinación que ni siquiera los obstáculos normales de la vida fueron capaces de disminuir, aunque sea temporalmente, el paso voraz de su expresividad. Así, hizo caso omiso de las etapas de la infancia y aprendió a cantar letras de canciones mucho antes de saber leer, en un despliegue de capacidad mnemónica que a todos dejó sorprendidos, y que nunca más la abandonó. En una ocasión, mucho después, le dijo a su amigo Jorge Pontón, cuyos conocimientos de neurología no le bastaban para explicar el talento de su amiga, que “cuando me muera le dejo mi cerebro para que lo estudie, porque es una machera”, comentario que sin duda le hace honor a su fino sentido del humor.

A los diecisiete años, sin ninguna experiencia en el oficio y motivada nada más que por su curiosidad y su sentido de aventura, Helenita entró a concursar en el reinado del Valle del Cauca, del que por supuesto salió victoriosa, para asombro de tantas otras jovencitas que venían preparándose durante años sin haberse dedicado más que a ser hermosas. Helenita, por el contrario, ya había recorrido y vuelto a recorrer los caminos de la música, del tango y del bambuco que tanto le gustaban y que tanto influenciaron sus propias composiciones, melancólicas como ningún tango, autóctonas como ningún bambuco.

Porque Helenita siempre dijo que en la música las notas son tan importantes como las lágrimas, y esa es sin duda la clave para entender por qué sus canciones lograron llegar tan hondo en los corazones de los colombianos, y de los tantos ciudadanos de países diferentes que también fueron cayendo, uno a uno, bajo el influjo de su hechizo musical. Por eso, también, es que grandes cantantes de estilos y tradiciones diferentes, desde Galy Galeano hasta Jaime Echavarría, buscaron la oportunidad de cantar junto a la Ronca de Oro, de la que tanto habían aprendido, y de la que tanto aún tienen los cantantes de hoy por aprender.

Y por eso, finalmente, es que resulta tan doloroso que se haya marchado, no sólo para ese pueblo en que tantos corazones tocó y que tanto se lo agradecieron, sino para los cientos de músicos populares colombianos, que desde hoy tendrán que emprender el difícil camino del músico sin estrella que los guíe, huérfanos de una voz que sin duda fue la madre del canto colombiano de estos tiempos.

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