Akira Kurosawa

Akira Kurosawa

23 de marzo del 2011

En una ocasión, hablando acerca de sus propias películas, Akira Kurosawa dijo: “me gustan los veranos calientes, los inviernos helados, los aguaceros y la neviscas. Y creo que mis películas dan cuenta de ello. Me gustan los extremos porque me parecen más vivos”. Esa confesión, aunque desde luego habla sobre su manera de ver la vida a través de su cine, que es sin duda un choque perpetuo de contrastes, de pasiones siempre extremas, siempre reducidas a decisiones de vida o muerte, también esconde un rasgo más oscuro y menos conocido de su carácter.

Como con tantos otros artistas, la historia que se pinta en sus obras no corresponde exactamente a la historia que está detrás, la de cómo llegaron, a través de los obstáculos y problemas que se le dan a todo artista, a realizar sus ideas y sus intuiciones. Desde sus películas, Kurosawa se nos pinta como un viejo sabio, que tiene una mirada ya ordenada y completa del mundo, que entiende a las personas y entiende las relaciones, siempre problemáticas, entre ellas, y que sabe mostrarnos cómo somos por dentro mejor de lo que nosotros mismos sabemos. Las historias de Kurosawa, vistas en grupo, cubren con igual exhaustividad las posibilidades de las situaciones en que los humanos se ponen o en que son puestos como lo hace la obra de Shakespeare. Hablan del honor y de la humillación, de la mesiánica lucha por la patria y de la patética lucha por la familia, del amor y del odio, del frío y del calor.

Pero la vida de Kurosawa, y en especial la historia de cómo logró producir treinta y un películas, cada una un trabajo monumental de buscar gente, coordinarla, ponerla de acuerdo, buscar dinero para pagarle, convencer a los que tienen el dinero de que no se trata de una película más sobre una historia cualquiera, sino una futura obra maestra del cine universal, sin saber si alguien la va a ver, si alguien la va a apreciar, nos muestran a un Kurosawa muchas veces inseguro, muchas veces desilusionado de sus propios logros, y siempre perfeccionista al grado de haber pasado a la historia como uno de los directores más tercos y mandones del cine.

Por eso, cuando Kurosawa dice que le gustan los climas extremos, no sólo habla metafóricamente, y muchas de sus películas muestras por qué. En ellas abundan las lluvias torrenciales, las ventiscas heladas, los calores insoportables. Para lograr tales climas Kurosawa hacía lo que fuera necesario. En Rashomon, tal vez su obra maestra, tiñó el agua que usarían para la lluvia con tinta negra, cosa de darle un efecto más estruendoso, y para hacer la tormenta se gastó toda el agua del pueblo en que estaban filmando, dejándola seca. En otra ocasión mandó dar vuelta el flujo de un arroyo porque servía mejor a la escena, y en Ran mandó construir un castillo para poder incendiarlo hasta el piso frente a la cámara. En muchas ocasiones mandaba tumbar casas, o techos de casas, porque le interrumpían el plano, y en Trono de sangre contrató a arqueros profesionales para que dispararan flechas de verdad sobre el protagonista, que para suerte de todos, salió ileso. A los actores los hacía usar los vestuarios durante meses antes de la filmación para que no se viera recién estrenada, lo que tenía sentido tomando en cuenta que muchos de sus personajes son campesinos japoneses. Las disputas con actores y miembros del equipo por estos motivos fueron numerosas, y para todos los que trabajaron con él, ese gusto poético por los contrastes naturales, la nieve y el sol, tiene un significado particular. Trabajar con Kurosawa, lo han dicho todos los que lo hicieron, era meterse de cabeza en un proyecto muchas veces imposible o absurdo, entregándoselo todo.

Pero ya hace más de diez años que murió Kurosawa, y hace más de treinta que hizo sus más grandes películas, y poco a poco, de su imagen se han ido borrando los extremos de sus exigencias y las asperezas de su carácter y ha ido quedando sólo el Kurosawa que nos dejó una de las producciones cinematográficas más valiosas e impresionantes de toda la historia del cine.