Alejandra Pizarnik

29 de abril del 2011

Alejandra Pizarnik es una de las poetas más conocidas por su tortuosa y penosa vida, culminada en suicido, y menos conocidas por su obra. Cuando un poeta se hunde en el opio, el trago o los alucinógenos, tendemos a creer que era la única forma en que podía frenar el impulso de su genio creador. […]

Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik es una de las poetas más conocidas por su tortuosa y penosa vida, culminada en suicido, y menos conocidas por su obra. Cuando un poeta se hunde en el opio, el trago o los alucinógenos, tendemos a creer que era la única forma en que podía frenar el impulso de su genio creador. Cuando lo hace una poeta, una poeta que además no fue capaz de conseguir marido, creemos que estaba loca y traumatizada, que no la educaron del todo bien y que sin lugar a dudas tuvo una juventud llena de dietas frustradas y de acné.

El problema con este lugar común, como con todos, es que a veces es cierto, y a veces, peor aún, es falso aunque parece cierto, y ese fue el triste caso de Pizarnik, que hizo todas las dietas y tuvo todo el acné y pasó por todos los manicomios de Argentina, y no levantó marido, y hacía frecuentemente el oso en reuniones llenas de escritores bien sentados y peinados.

Lo que es triste no es que muchos deduzcan de esa tormentosa vida que su poesía no es más que un vano intento de psicoanálisis casero, pues la poesía no es para todo el mundo y sobre todo no es para el que la juzga antes de leerla. Lo que es triste es que del otro lado del cliché, el criterio ambiente pone a un Andrés Caicedo y a un Gonzalo Arango y a un Leopoldo María Panero en la misma categoría de un Beckett o de un Rimbaud, genios atormentados por su propia genialidad, y ahí es donde todo se va al carajo, porque mientras las drogas, los traumas juveniles y la desidia general sí son criterios para leer la obra de Caicedo, Arango y Panero, locos por elección, drogadictos por desocupe, suicidas por falta de atención, no lo son en absoluto para leer la obra de Pizarnik.

La poesía de Gonzalo Arango, desprovista de estupidez incendiaria, se queda sin nada. La de Pizarnik bien pudo haber sido escrita por una señora con blower y nietos y cheques de pensión de su honorable y difunto marido. Para leerla sirve de muy poco saber que Pizarnik era adicta a las anfetaminas cuyo efecto compensaba con pastillas de dormir. Y en cambio sí sirve haber leído a Bioy Casares y a Cortázar, a Michaux y a Mallarmé, a Sylvia Plath, a Safo de Lesbos y el Tristram Shandy, gentleman, y a Lewis Carroll y a Edward Lear y a Vicente Huidobro y a Leopoldo Marechal. La obra de Pizarnik, la poética y la prosística también, es una obra incompleta porque le faltó una gran obra final, pero es por otra parte muy completa, en el sentido que tiene todos los niveles, todas las dimensiones de una obra grande, de una pobra pensada en grande y lograda bien.

En uno de sus cuentos surrealistas, Pizarnik nos advierte:

“Lectoto o lecteta: mi desasimiento de tu aprobamierda te hará leerme a todo vapor”, y no creo que al momento de escribir esa línea se diera cuenta de lo exacto que era su vaticinio: Pizarnik es ya hace tiempos una poeta de culto, una de las escritoras más atractivas de América Latina justamente porque su obra desarma a todo lectoto o lecteta, porque no concuerda con su trágica y desagradable vida, porque no tiene una sola pizca de autocompasión y de adulación al lector, porque no nos ruega que la leamos y que no la olvidemos jamás, porque no hace pucheros, como tan bien lo hacían Gonzalo Arango y Kurt Cobain, porque en realidad muy poco le importa qué tanto la leamos y qué tan buena nos parezca, y qué tan mala, y qué tan desvirtuada por su triste juventud.

Solamente

ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO