Almafuerte

Almafuerte

27 de febrero del 2011

Almafuerte nació en el pueblo de San Justo, y aunque habría de convertirse en uno de los poetas más influyentes de su momento, habría de mantenerse siempre alejado de Buenos Aires, dedicado a la docencia en colegios y escuelas rurales. Enseñó letras en Salto, Chacabuco y Lauquén, donde conoció al entonces presidente Sarmiento y entró en el radar del gobierno, que repetidas veces le ofreció puestos administrativos. Sin embargo, Almafuerte los fue perdiendo uno a uno, a fuerza de usarlos para criticar a los mismos políticos que lo habían nombrado. Trabajando en el ministerio de hacienda criticó a los que vivían de los impuestos de la gente; trabajando en la Dirección General de Estadística calculó el porcentaje de políticos corruptos y de lo que debían. Entonces también empezó a escribir.

¡Avanti!
Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte…
¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!
Así se aseguró Almafuerte no alejarse demasiado del campo, volviendo cada año a sus clases en alguna escuelita de vereda. Mientras tanto, Almafuerte, que ya para entonces había dejado de llamarse Pedro Bonifacio Palacios y se llamaba como hoy lo conocemos, escribía una poesía íntima y agreste, que hasta entonces, después de años, empezó a publicar en revistas y panfletos de la pampa.

!Piu avanti!

No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora…
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!

Ya viejo, ya famoso y ya compuesto de cinco o seis personalidades por medio de distintos pseudónimos, Almafuerte recibió una pensión vitalicia del Congreso, para que pudiera dedicarse a escribir y publicar. Más que un obsequio, el Congreso usó la pensión para mandar un mensaje al partido de la oposición, al que Almafuerte había enfrentado tantas veces. El partido empezó a urdir la respuesta, pero Almafuerte se les adelantó, saldándoles la venganza al morir, a los sesenta y dos años, después de haber recibido dos o tres meses del salario.

¡Molto piu avanti!

Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;
Los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos,… ¡sobrantes!
¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡nunca sigas impulsos compasivos!
¡ten los garfios del Odio siempre activos
los ojos del juez siempre despiertos!
¡Y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos!