Amedeo Modigliani

24 de enero del 2011

Modigliani fue uno de tantos pintores provenientes de toda Europa llegados a París en busca del contacto con los grandes precursores del impresionismo y de los movimientos relacionados. Modigliani venía de Livorno, en el norte de Italia, de una familia quebrada a causa de las aventuras comerciales del padre, y la mudanza a París fue […]

Amedeo Modigliani

Modigliani fue uno de tantos pintores provenientes de toda Europa llegados a París en busca del contacto con los grandes precursores del impresionismo y de los movimientos relacionados. Modigliani venía de Livorno, en el norte de Italia, de una familia quebrada a causa de las aventuras comerciales del padre, y la mudanza a París fue para él también una manera de escaparse de las estrecheces. Sin embargo, los problemas económicos habían de perseguirlo aún durante mucho tiempo, no porque no vendiera bien sus obras sino porque el dinero se le convertía rápidamente en drogas y alcohol.

En efecto la vida de Modigliani fue el lugar común del artista bohemio, habitando una sucia buhardilla de Montmartre y pintando sólo en los breves lapsos de sobriedad. Pero Modigliani era capaz de hacer un retrato en menos de una tarde, talento que se complementaba muy bien con el ejercicio del alcohol. Entre los modelos de sus retratos están los grandes pintores europeos ya americanos, Picasso, Diego Rivera, Jean Cocteau, Max Jacob, algunos de los cuales viajaron a París exclusivamente para hacerse retratar.

Por ese tiempo Modigliani hacía empezado a hacer escultura, arte que sin embargo dejó de lado llevado por la admiración de las obras de Klimt, que despertaron nuevamente su interés por la pintura. Cuando los amigos y los coleccionistas la preguntaban por sus esculturas, de las que no quedaba una sola en su estudio, Modigliani decía que las había arrojado al Foso Real de su natal Livorno. Muy pocos le creyeron la historia, y sin embargo pocos años después ésta ya se había convertido en leyenda.

Entonces la vida de Modigliani inició el descenso, en un remolino de drogas y alcohol del que no habría de salir, y no desprovisto, por supuesto, de varias dudosas enfermedades, romances varios, hijos naturales y escándalos en exposiciones y galerías. Murió a los 35 años con tuberculosis y en un coma hepático, en cama con su última amante, que estaba a días de dar a luz a su hijo. La mujer, al día siguiente del entierro, se tiró del quinto piso. Un hijo natural de otra amante terminó de sacerdote; otra hija más escribió su biografía años después.

Durante el centenario de su nacimiento, el Museo de Livorno decidió inspeccionar el foso para comprobar la leyenda de las tres esculturas, que en efecto encontraron intactas, para dicha de los coleccionistas y los admiradores. Sin embargo, a los pocos días unos estudiantes de arte confesaron y demostraron que una de las esculturas era una imitación hecha por ellos, arrojada al foso para alimentar la leyenda. Motivado por la confesión, otro artista de Livorno confesó que él era el falsificador de las otras dos esculturas, que había arrojado al foso como parte de un performance. Su autenticidad, es decir, su falsedad, fue demostrada, y así se iniciaron los numerosos mitos y rumores alrededor de las tantas obras que Modigliani, desinteresado o borracho, había confesado haber dejado por ahí.

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