Andrei Tarkovsky

28 de diciembre del 2010

En Nostalghia, la penúltima película de Andrei Tarkovsky, un personaje también llamado Andrei intenta llevar una vela de un lado a otro de un pozo de agua mineral ya seco sin que se apague. Al séptimo intento lo logra, y apenas para la vela en el muro del lado opuesto, cae muerto. Muchos han dicho […]

Andrei Tarkovsky

En Nostalghia, la penúltima película de Andrei Tarkovsky, un personaje también llamado Andrei intenta llevar una vela de un lado a otro de un pozo de agua mineral ya seco sin que se apague. Al séptimo intento lo logra, y apenas para la vela en el muro del lado opuesto, cae muerto.

Muchos han dicho que la escena es una metáfora de la vida del director ruso, que murió al poco tiempo de hacer su séptima película, habiendo logrado dejarle una llama de luz y de esperanza a la posteridad. Otros dicen que el significado de la escena es otro, y que Tarkovsky jamás se habría rebajado a una metáfora tan fácil. De todos modos, intencional o no, la vida de Tarkovsky sí se parece mucho a ese hombre que cruza lentamente de un lado a otro, cuidando una llamita débil.

Tarkovsky estudió cine en Moscú después de haber intentado el estudio del árabe y de los metales no férreos, y desde su primer corto obtuvo el merecido reconocimiento. No tuvo que luchar, como otros han tenido que hacer, contra las adversidades de un Estado totalitario, ni contra una industria del cine dominada por absurdos intereses, ni fue perseguido por los nazis, ni por nadie más. Aparte de uno que otro obstáculo menor puesto por la censura de la Unión Soviética y un par de peleas con colaboradores, Tarkovsky pudo llevar a cabo el plan que tenía en mente desde el principio. Es cierto que vivió sus últimos años exiliado, pero su exilio fue voluntario y motivado más por las posibilidades técnicas del cine en Europa que por las trabas del gobierno soviético.

Y la razón de que haya podido pasar ileso a través de esa red en la que tantos otros artistas del siglo XX se quedaron atrapados, se debe a que sus películas no estaban destinadas ni al comentario político ni a la denuncia social, sino a un cometido más amplio, y por eso menos dependiente de las coyunturas históricas, que era el de lograr con el lenguaje del cine algo que no se había logrado hasta entonces, que era volverlo un medio artístico independiente. Tarkovsky quería contar en sus películas lo que sólo se puede contar en cine, y mostrar la cara del mundo que sólo a través del cine se puede ver. Por eso sus historias se nos hacen extrañas, porque no parecen historias de novela. Por eso nos sorprende que sus escenas estén a color sólo a ratos, porque no parecen cuadros al óleo con movimiento. Por eso nos sorprende que su música esté hecha de ruidos involuntarios de la naturaleza, porque nunca la encontraríamos grabada en un disco.

Tarkovsky buscaba construir un lenguaje único del cine, y cada una de sus películas son un lento ir y venir en este sentido, tratando de mantener encendida la llama débil de una idea que según los cineastas posteriores logró sin duda dejar prendida sobre un muro justo antes de morir.

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