Anton Van Dyck

9 de diciembre del 2010

Van Dyck solo vivió cuarenta y dos años, pero la mayoría de sus días los  dedicó a pintar, tallar y grabar. Desde niño mostró sus habilidades para el arte y fue considerado como un genio. Tomó sus primeras clases en el taller de Hendrick van Balen, pintor famoso de la corriente flamenco barroco. Su primera […]

Anton Van Dyck

Van Dyck solo vivió cuarenta y dos años, pero la mayoría de sus días los  dedicó a pintar, tallar y grabar. Desde niño mostró sus habilidades para el arte y fue considerado como un genio. Tomó sus primeras clases en el taller de Hendrick van Balen, pintor famoso de la corriente flamenco barroco. Su primera obra fue un retrato de un hombre de setenta años.

A los 16 años fundó su propio taller y tuvo los primeros encargos: Los doce apóstoles y un Sileno ebrio. Con el tiempo los retratos hicieron parte de sus obras más importantes, en especial, le elaboró a la nobleza genovesa algunos cuadros familiares como La familia Lomellini.

Elaboró innumerables obras para Carlos I, rey de Inglaterra, posando con caballos y personas de su círculo social. Se dice que muchas de sus obras fueron usadas como propaganda política. Sin embargo, a lo largo de su carrera plasmó temas religiosos, bíblicos y mitológicos. Su actividad como grabador alcanzó gran importancia,  es famosa su serie de retratos grabados de famosos contemporáneos.

Fue alumno de Pedro Pablo Rubens, pintor, de quien aprendió las técnicas y el estilo. Se formó como artista en Italia, su mayor referente fueron los pintores flamencos. Allí conoció la obra de su pintor favorito renacentista, Tiziano Vecellio. Viajó a Londres, donde tuvo un poco más de libertad y abandonó los modelos religiosos, en esta temporada pintó La continencia de Escipión y un retrato del conde de Arundel.

El último de sus tres autorretratos, donde posa de medio lado y está vestido con un traje negro de seda con rayas blancas, fue subastado en 2009, por un valor de 13.5 millones de dólares, entre nueve postores.

Murió en Londres y fue enterrado en la iglesia de St. Paul donde le rey le construyó un monumento a su memoria. Aunque muy exitoso económicamente, al morir dejó muy poco, pues vivió espléndidamente, más como un príncipe que como un pintor.

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