Arcangelo Corelli

8 de enero del 2011

Como dice un sabio amigo, hay dos maneras de prepararse para disfrutar a fondo los Conciertos brandemburgueses de Bach: ingresando al conservatorio a los ocho años y no saliendo más, o escuchando atentamente los conciertos de Arcangelo Corelli, que son como un experimento, controlado y microscópico, de los tímidos recursos que habrían de volverse poco […]

Arcangelo Corelli

Como dice un sabio amigo, hay dos maneras de prepararse para disfrutar a fondo los Conciertos brandemburgueses de Bach: ingresando al conservatorio a los ocho años y no saliendo más, o escuchando atentamente los conciertos de Arcangelo Corelli, que son como un experimento, controlado y microscópico, de los tímidos recursos que habrían de volverse poco menos que leyes de la composición musical en manos del genio de Austria.

Aunque bien es cierto que los avances en la música y en las artes en general son procesos de larga duración que no pueden atribuirse al genio matutino de un solo hombre, no resulta demasiado impreciso decir que el concerto grosso del Barroco lo inventó, una diáfana mañana, Arcangelo Corelli. Ya existía, por supuesto, la sonata de cámara barroca, que jugaba con los contrastes de un movimiento rápido, uno lento, y nuevamente uno rápido que es a la vez variación y coro del tema original. Sin embargo, es en los concerti grossi del italiano en que el juego de texturas superpuestas alcanza su expresión más original. La forma es triple como en la sonata, pero el efecto es del todo novedoso, porque la música va desde un piano casi inaudible a un alarmante fortissimo sin la menor pérdida de coherencia, ya que cada movimiento sucesivo carga el recuerdo permanente del movimiento anterior. El efecto final es el mismo del arte pictórica del Barroco, logrado con la técnica del claroscuro, a la cual Corelli tuvo acceso en el largo período en que vivió en Bolonia, siendo vecino e invitado de la corte junto a todos los maestros de ese arte.

Sin embargo, a pesar de que el reconocimiento de sus dotes por parte de sus contemporáneos fue inmediato, Corelli quiso ir a probar suerte a la corte de Nápoles, de donde regresó tan desilusionado que decidió irse en retiro voluntario a Roma, donde pasó el resto de sus días. Las composiciones de esa segunda época, menos pirotécnicas y más introspectivas, son el origen del segundo lenguaje musical que había de llegar a su máxima expresión en los conciertos brandemburgueses, el legendario contrapunto, con el que Corelli halló el camino perfecto de la fluidez entre los movimientos lentos y rápidos del concierto. Mientras un instrumento narra la melodía principal en primer plano, otro le va haciendo un juego armónico que sin embargo ya no es sólo acompañamiento, sino anunciación de la segunda melodía, que habrá de protagonizar el movimiento siguiente, sutil encadenamiento de voces que nos lleva de la mano de la primera nota hasta la última.

Un poco más de un siglo habría de pasar antes que esos recursos fueran dominados y explotados al máximo por Bach, en una Austria deslumbrada por los destellos de la Ilustración y ya muy poco interesada en los misterios del claroscuro barroco, pero la infancia de esa nueva manera de contar una melodía, habita en los hermosos conciertos de Arcangelo Corelli.

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