El hombre a quien el Espíritu Santo le enseñó a leer y a escribir

17 de abril del 2018

Homenaje de Carlos Salas Silva a su padre Augusto Salas.

El hombre a quien el Espíritu Santo le enseñó a leer y a escribir

“Yo les aseguro que el que me enseñó a leer y a escribir fue el Espíritu Santo”, dice mi padre sin importarle las risas que despiertan sus palabras. Así debió ser o sino cómo podría explicarse que de niño, sin haber pasado un solo día en la escuela, leyera cuanto libro, revista o periódico caía en sus manos y escribiera con letra de adulto, la misma que ha tenido siempre.

“… y luego me enseñó también a escribir en máquina”.

Aprendió de niño en Pitalito en donde las máquinas de escribir se contaban con los dedos de las manos.

“Cuando tenía diez años escribía en máquina más rápido que una mecanógrafa experta”.

A mi padre lo bautizaron con el nombre de Carlos Augusto Salas Salazar y Augusto es como se le conoce.

Augusto significa “persona a la que hay que respetar” y a mi padre se le ha respetado desde niño, aunque él dice que no tuvo infancia porque siempre estuvo al lado de personas mayores y no le quedó tiempo para jugar.

Alguna vez escribí que solo quienes juegan de niños están preparados para el juego perverso de la vida.

Llamarse Augusto y tener como maestro al Espíritu Santo indica un destino marcado por la grandeza. Desde muy pequeño su nombre, el que de por sí infundía respeto, y el que lo llevaba irradiaban cierta respetabilidad. Era más un pequeño adulto que un niño grande. De las anécdotas que relata se puede deducir que siempre estuvo por encima de las contrariedades de la existencia y de los malentendidos que surgían en el trato con sus semejantes.

No sé por qué trabajó desde tan pequeño, de seis años o menos. Mi abuelo era un empleado público que, bien o mal, surtía su casa con lo necesario. La abuela, el ser de la mayor resignación y fe en Cristo que se pueda imaginar casada a los catorce años, como era frecuente en esas épocas en la Colombia rural, dedicaba la mayor parte de su tiempo a la costura. Instalados en Pitalito conformaron una familia muy conocida entre sus vecinos.

Les cuento que mi padre fue Juez del Circuito a los veintiún años. El Espíritu Santo le enseñó a leer, a escribir a mano y en máquina para luego enseñarle Derecho.

A mi padre toda la vida sus amigos abogados le han consultado casos y siempre han recibido un buen consejo. Tiene el don del consejo otorgado, valga recordarlo, por el Espíritu Santo.

I

Mi padre nació en Guadalupe y a los cuatro años lo llevaron a Pitalito.

“Un pueblo feo. Jamás tuve arraigo, jamás, jamás.”

II

“Tengo un recuerdo muy nítido de Pitalito. En 1939 llegó a la casa Jesús Antonio Muñoz con su vestido de paño cruzado azul oscuro y corbata. Iba a ser padrino de mi hermano Luis Javier.”

“Jesús era un muchacho de dieciocho años pero era muy señor y su manera de ser era la de una persona seria.”

Mi padre traslada la mente al Pitalito de su infancia y comienza a revivir recuerdos con la intensidad que le he conocido desde siempre. Es tal su compenetración que es como si viviera de nuevo lo ocurrido tantas décadas atrás.

“Lo recuerdo con tanta claridad, tenía yo cinco años y él dieciocho. Lo estoy viendo, veo la casa, estoy viendo todo. Se me quedó tan grabado…”

Mi padre tiene una memoria prodigiosa. Fácilmente rememora lo vivido hace ochenta años sin perder detalle: la casa de su infancia, sus padres y hermanos y la imagen del que sería su mejor amigo, el joven bachiller Jesús Muñoz.

“La casa quedaba cerca de la Iglesia de Valvanera, tengo eso muy presente.”

Mi padre no se da por enterado de que el pueblo ha cambiado. Hay un Pitalito conservado en su memoria del que no puede escapar, con el que tiene sentimientos encontrados de amor y odio como le ocurría a Stendhal con su Grenoble natal.

III

-¿Qué otro recuerdo tienes?, le pregunto a mi padre.

-Si te digo no me crees. No tengo más recuerdos.

-¿Y el de cuando viste el sombrero en la plaza?

-Ah… eso fue unos años antes, a principios del siglo XX. El parque de Pitalito era un barrial inmenso a donde llegó un tipo que vio un sombrero tirado en el barro y lo cogió, entonces vio una cabeza, era la de un señor que se había enterrado en el barrial. Fue y lo sacó. Cuando ya estaba afuera el señor le dijo: “Ahora ayúdeme a sacar el caballo”.

Esa historia se la escuché a mi padre repetidas veces en mi niñez.

-¿Quién te la contó?, le pregunto.

-Quién sabe…

IV

-Había mucho barro hasta que hicieron el parque de ahora.

-Pero hace pocos años lo remodelaron…

-Bueno, hasta que lo remodelaron.

Mi padre conserva el recuerdo del viejo parque, no le interesa el de ahora.

V

-Hubo un reinado. Leonor Silva era candidata.

-¿Cómo conociste a las Silva?

-Eran amigas de la casa. Había otra familia Silva prima de ellas, Silva Ramírez, más cercanas a la familia que las Silva Calderón. Vivían en una casa contigua.

Mi madre y sus hermanas son las Silva Calderón.

VI

“La hermana Zoila era una vieja gordita, bajita, elitista. Horrible la monja esa. Y me cogió antipatía… al niño.”

“No estuve en el colegio ni un día porque no ¡no! ¡no! ¡no!”

“Y no volví”.

VII

“Trabajé en el colegio de La Presentación como portero… porterito.”

“Había unas monjas muy feas, pero la Madre Superiora era muy atenta conmigo. Madre San Faustino llamaba la superiora del colegio. Me quería mucho.”

VIII

-¿Qué hacías de portero?

-Hacía mandados. Llevaba los zapatos de las niñas donde el zapatero remendón para que los arreglara, les pusiera tapas:

“Este vale dos centavos, este tres, este vale cuatro… El de cuatro era el de mayor valor. Llevaba el dato a la Madre de lo que valían los arreglos.”

El colegio La Presentación de ahora es posterior al terremoto de 1967. Mi padre sigue manteniendo en su mente el de 1940.

“El colegio era de un piso con una capilla muy bonita. A veces sueño con esa capilla”.

IX

-Cuéntame otro recuerdo.

Mi padre se ríe.

-Tenía yo cuatro centavos… eso era plata. Los tenía para llevarlos a la casa… los cuatro centavitos. Entonces nos fuimos a la plaza con mi hermano menor Pacho y nos pusimos a ver dulces donde Marco Fidel Cuenca quien los fabricaba y ponía toldo para venderlos. Tal vez eran cinco centavos los que tenía y gasté un centavo en dulces. Estábamos muy chiquitos y nos pusimos a comerlos cuando de pronto Pacho dijo: “Camine, camine, camine…” “¿Qué pasará?”, pensé. Cuando se viene el Cuenca, dueño de la dulcería, y nos agarra de los hombros.

“¿Dónde está su papá para poner la queja? Ustedes dañaron un tiesto”.

El tal tiesto seguramente valdría dos centavos. Fuimos a ver la rotura. Dijo que Francisco lo había roto, entonces nos llenamos de susto y le di los cuatro centavos y salimos corriendo.

X

-¿Quién te enseñó a leer y a escribir?

-Lo tengo muy claro. Me enseñó el Espíritu Santo porque no sé de una persona que me haya cogido la mano para enseñarme a escribir. Y a leer…pues menos.

XI

“Trabajé en la empresa Transféderal a los diez años como tiquetero. Vendía tiquetes.”

“Una vez el jefe, Reynaldo Bravo, un tipo moreno… Me acuerdo de todo, de eso me acuerdo…, una vez hablando de Elena, mi hermana, dijo:

-Francia Elena Salas Salazar Ortiz de la Vega Casanova del Carril Duque de España y par de Francia.

Se me quedó grabado.

XII

-¿El de Transféderal fue tu primer puesto?

– No, fue el de La Presentación a los siete años. Era un puesto con horario, temprano iba y tarde salía. El almuerzo de arracacha, yuca y plátano era muy malo y lo guardaba.

XIII

Mi padre ha sido un hombre de letras, escritor de hermosas cartas como de brillantes artículos, apasionado lector y un estudioso obsesionado con la recopilación de textos y frases. Para él la palabra que no falta a la verdad, es sagrada. Siempre le han gustado los libros, las biografías, los textos espirituales y todo lo que pueda serle de utilidad para ayudar a quienes acuden a él en busca de consejo… pero se negó a estudiar.

“Estudiar no me gustaba, le cogí mucha antipatía, En ese entonces todo era distinto a ahora. Yo era un muchacho al que le gustaba trabajar y no estudiar.”

XIV

“Había un colegio de varones, llamado San Antonio, cuyo rector era un señor grandísimo al que le decían Miguel y medio que no me quería en lo más mínimo. A ese colegio me metió mi mamá”.

“Desde las ventanas del salón podía ver la torre de San Antonio con su gran reloj de cuatro caras. Al cuarto de hora de estar sentado ahí me puse a ver el reloj para saber la hora de salida cuando llegó el profesor y le dio un golpe a mi pupitre regañándome. Ahí mismo me salí del colegio.”

XV

Su contemporáneo, Marco Antonio Silva Calderón, contaba que Miguel y medio ponía de ejemplo a mi padre cuando lo nombraron Secretario del Juzgado siendo apenas un adolescente: “Augusto, que no estudió nada, y miren a lo que ha llegado…”.

XVI

“A los doce años entré al Juzgado, Jesús Muñoz me llevó de Portero Escribiente”.

Eran cuatro empleados: El Juez, el Secretario, el Oficial Mayor y el Portero Escribiente.

“Ganaba ciento noventa y dos pesos con cincuenta centavos mientras que el alcalde de Pitalito, siendo la segunda población del Huila, se ganaba noventa pesos.”

“Yo era un niño en edad pero un mayorcito en tamaño y en seriedad.”

“El Secretario del Juzgado y el Oficial Mayor eran unos viejos de 56 años uno y de 44 el otro. El anterior Portero Escribiente era ya mayor.”

“Al poco tiempo salió Jesús del Juzgado”.

XVII

“Como Portero Escribiente tenía una maquinita de escribir Remington para mi uso exclusivo.”

XVIII

“Rapidito me ascendieron a oficial mayor… Después de que otros jueces pasaron por el Juzgado llegó el Doctor Eduardo Ramírez Macías. Le dije que no quería seguir trabajando de Oficial Mayor, entonces llamó al Secretario y le dijo que quería la renuncia de los empleados del Juzgado. El Secretario, quien suponía de qué se trataba el asunto, renunció y el Doctor Ramírez Macías me nombró Secretario a los diecisiete años.”

“Nadie sabía que tenía diecisiete. El de Secretario era un cargo para el que se requería ser mayor de edad.”

XIX

En Pitalito existían tres juzgados: Juzgado Penal de Circuito, Juzgado Civil de Circuito y Juzgado Municipal.

Mi padre trabajaba en el Juzgado Civil de Circuito.

XX

En 1949 cambiaron los juzgados y le correspondió a los conservadores el Juzgado Penal de Circuito y a los liberales el Juzgado Civil de Circuito.

“Me acuerdo perfectamente de todos los delitos: el primero, por ser el más grave, traición a la patria. Entre los otros estaban homicidio, lesiones personales, hurto, abuso de confianza, incesto y bigamia. Llegaban muchos casos y también se atendían las segundas instancias de los Juzgados Municipales. El circuito de Pitalito lo conformaban Pitalito como cabecera, Acevedo, Timaná, San Agustín, Salado Blanco. También estaba La Mesa de Elías, un pueblo pequeñito.”

XXI

-¿Cómo fue que llegaste a Juez de Circuito?, pregunto a mi padre en la clínica Shaio en donde espera que le encuentren un alivio a su cansado corazón.

-Cuando tenia 21 años el Juez renunció y el Tribunal me nombró. Estuve varios años de Juez.

“Eso fue.”

EPILÓGO

La mayoría de lo que creo recordar de Pitalito se lo debo a haber escuchado a mi padre sus historias del pueblo. Mi imaginación mezcla esas historias con los pocos y frágiles recuerdos que conservo de mis tres primeros años de vida, junto a los que quedaron cuando regresé al pueblo de vacaciones a los doce años. Me deleito reconstruyendo ese mundo como si fuera un sueño.

Mi padre aparece ahí muy joven acompañado de sus amigos mayores ya abogados, como Hernando Ordóñez, tertuliando en los cafés con un cigarrillo en la boca y una copa en la mano. También me complace imaginarlo caminando de la casa al Juzgado con el corazón latiendo con fuerza por la ilusión de encontrarse con su gran amor, Beatriz, a quien el joven enamorado había nombrado Oficial Mayor.

De esa colcha de retazos hecha de recuerdos robados a mi padre puedo mencionar algunas como estas: en Pitalito no había ricos ni manera de ostentar riquezas y el primer carro que llegó al pueblo fue una volqueta para recoger basura que pasó por encima de un niño que se encontraba jugando debajo de la infernal máquina.

De Pitalito nos fuimos a Neiva al ser nombrado mi padre visitador fiscal de la Contraloría Departamental. Poco después lo nombraron secretario de un Tribunal y finalmente Juez de Instrucción Criminal. A mi pueblo regresé a los doce años por invitación de Jesús Muñoz, el prestigioso abogado quien fue primero tutor y luego el mejor amigo de mi padre.

La casa de Jesús y Lilia es toda una reliquia llena de historias y fantasmas a la que he regresado en varias ocasiones. Mi hija Palomita pasa ahí las vacaciones de fin de año y me trae historias. Mis lazos actuales con Pitalito son los recuerdos de mi padre y las vivencias de mi pequeña hija, ellos hacen tan grande mi conexión con el pueblo en el que nací.

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