Barón de Münchausen

10 de mayo del 2011

La historia de cómo el Barón de Münchausen se volvió autor, de cómo sus cuentos llegaron a ser clásicos de las literaturas de varios países europeos, es tal vez una de las historias más felices de todas las vidas de los escritores, y a la vez es un ejemplo, metafórico seguramente, de cómo funciona en […]

Barón de Münchausen

La historia de cómo el Barón de Münchausen se volvió autor, de cómo sus cuentos llegaron a ser clásicos de las literaturas de varios países europeos, es tal vez una de las historias más felices de todas las vidas de los escritores, y a la vez es un ejemplo, metafórico seguramente, de cómo funciona en general la literatura, o por lo menos de cómo debería funcionar.

Karl Friedrich Hieronymus, Barón de Münchausen, fue enviado de joven a servir de paje al duque Anthony Ulrich II de Brunswick Wolfenbüttel, que era el generalísimo del ejército Imperial de Rusia, en el que el Barón posteriormente sirvió en no una sino dos campañas contra los turcos otomanos, sedientos de quedarse con el dominio del Mar Negro.

A su regreso a su pueblo natal en Alemania, el Barón solía contar a sus amigos y familiares la historia de cómo había sobrevivido a las letales cimitarras de los turcos huyendo a lomo de lobo habiendo perdido su caballo, escapando hacia la luna, colgándose de una bola de cañón en plena trayectoria, y saliéndose de un hambriento pantano jalándose de sus propios cabellos, no sin antes haber matado a cincuenta patos salvajes de un solo tiro, enfurecido por un previo encuentro entre su nariz y una puerta, del que salió derrotado.

El Barón podía seguir toda la noche con sus inverosímiles historias, y los que lo escuchaban, cuyo número crecía a lo largo del día, parecía no cansarse nunca. Al principio las consideraban graciosas por lo absurdas, pero poco a poco fueron entendiendo que por absurdas que fueran, contenían algo de verdad, pues daban una idea más fiel de lo que en las mentes de esos alemanes provincianos la realidad podía ofrecer en tierras tan lejanas y pobladas de seres tan extraños.

Así, al pasar de boca en boca, las historias del Barón se iban enriqueciendo con otras historias, inventadas o tomadas de la cultura popular, que los contadores añadían, atribuyéndolas al Barón, porque consideraban que se adaptaban muy bien. Eventualmente, algún admirador las compiló y las publicó sin su nombre en una edición que un tal Raspe tradujo al inglés y publicó en Inglaterra. Al año siguiente, un alemán tradujo el libro del inglés de vuelta al alemán, añadiéndole unas cuantas decenas de historias nuevas y viejas que rondaban por ahí. Hacia comienzos del siglo XIX, el libro ya tenía más de cien ediciones en cuatro o cinco idiomas de Europa, cada una con un grupo diferente de historias, o con versiones diferentes de las mismas. Una de ellas, por ejemplo, afirma que el Barón no salió del famoso pantano jalándose de los cabellos, sino de las correas de las botas, dato a todas luces esencial.

En Rusia, las historias del Barón se hicieron tan famosas, que incluso hoy son parte importante de la cultura popular de alguna de sus ciudades, y una estatua del Barón en Kaliningrad confirma dicha admiración por un mentiroso cuyos sujetos son los rusos mismos. El cine, por supuesto, no se hizo esperar, y las versiones de sus historias abundan en películas de varios países. La última de ellas, de Terry Gilliam, es hoy la más memorable, y la que se ocupa de mantener vivas las frondosas mentiras del Barón de Münchausen. Porque el hecho de que fueran mentiras es irrefutable, pero el punto no es que fueran mentiras (toda la literatura es mentira), sino que encerraran verdades (como sólo la buena literatura logra hacer), o por lo menos que estimularan la imaginación. Si el Barón, en uno de sus encuentros, se enfrentó con un ruso gigante y después cuenta que ese ruso tenía metro ochenta, a nadie le costará imaginarse una versión realística del ruso. Si, como en cambio solía hacer, contaba que tenía exactamente ocho metros, entonces nadie se puede imaginar al ruso real, y en cambio, se imaginan al ruso que les viene en gana, tan alto como su imaginación les permite, y así la historia cobra vida.

Las historias compiladas del Barón, su obra cuentística por decirlo así, es en sí misma toda entera un ruso de ocho metros, y por eso lleva casi tres siglos encantando a sus lectores, que al leerlo son libres de imaginar los prodigios y las dimensiones tan grandes como les viene en gana.

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