El ‘piedracielista’ Eduardo Carranza

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El ‘piedracielista’ Eduardo Carranza

13 de febrero del 2019

El poeta colombiano Eduardo Carranza se separó de la poesía francesa y europea para volver a sus raíces, quería llenarse a sí mismo y al mundo de colombianeidad, de experiencias latinas, de lenguaje nativo, por eso llegó a ser llamado por la aduladores ‘El poeta de América’.

Nació en Apiay, Meta, el 23 de julio de 1913. Desde los 12 años se trasladó con su familia, desde Villavicencio, a la capital del país, donde inició sus estudios en la Escuela Normal Central de Institutores de Bogotá. Desde sus primeros años empezó con la producción literaria que no se conoció hasta que publicó Canciones para iniciar una fiesta en 1936.

Gerardo Valencia en un perfil que le escribió en la revista Semana, ese primer texto nació con la experiencia adolescente de los primeros amores que tuvo Carranza; según el periodista esta primera producción está llena de la lírica de la juventud y “la emoción adolescente del primer contacto del labio con el temblor de una melena”.

Fue un pródigo educador que empezó su carrera académica desde muy joven. A los 17 años fue vicerrector y profesor de español y literatura del Colegio Simón Bolívar de Ubaté y posteriormente, dirigió la revista de la Universidad del Rosario en Bogotá.

Su carrera directiva fue amplia, dirigió la Revista de las Indias, el Suplemento literario de El Tiempo y la revista de la Universidad de los Andes. Fue profesor de varias de esas universidades, como en El Rosario donde dictó clases de literatura. Entre 1948 y 1951 se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional de Colombia.

Durante el gobierno del presidente Belisario Betancur fue embajador itinerante en los países de habla hispana, lo que amplió su obra a España. En la península europea fue profesor de la Universidad Central de Madrid y de Salamanca, además dictó cursos y conferencias de poesía. Durante esos años también escribió ensayos como el libro: La poesía del heroísmo y la esperanza (1973).

Su obra se basó en romper la poesía afrancesada, aunque inspirado por la generación del 27 y con una amplia influencia del poeta nicaragüense Rubén Darío, rompió con las figuras literarias exteriores y regresó a su propia tierra, cambió, como dice Ramón Cote, algunas palabras por unas más cercanas.

“Nunca antes en la poesía colombiana habían sonado tan naturales, tan verdaderos y tan relacionados con su entorno determinados topónimos o nombres de plantas colombianas como Arauca, Ariari, Vichada, Meta, Nuquí, Mamey, Níspero, Gualanday y Yaraguá, entre muchos otros, pues no aparecen como elementos decorativos del trópico o de sus llanos orientales sino como asuntos esenciales que debían alcanzar la altura de la poesía”, escribe Cote para la Biblioteca Nacional de Colombia.

Con esa premisa conformó, junto a Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez, Carlos Martín, Gerardo Valencia, Tomás Vargas Osorio y Darío Samper, el grupo Piedra y Cielo que se inspiró en el título del libro homónimo del poeta español Juan Ramón Jiménez.

Los piedracielistas, como eran llamados sus miembros lograron establecer un estilo poético propio que a Carranza le permitió crear los poemas sobre la naturaleza más reconocidos que haya tenido la literatura colombiana, pero que transformó cuando llegó su vejez.

A los 60 años, siendo él mismo el objeto de su poesía, con una tristeza lírica que aumentó en calidad y potencia, como se expresa en su esplendor en el poemario Hablar soñando publicado en 1983.

El poeta llanero falleció el 13 de febrero de 1985, dejando para la posteridad un obra indeleble para la apreciación de las generaciones futuras.