El actor que no sobrevivió al cine sonoro

El actor que no sobrevivió al cine sonoro

1 de octubre del 2013

Buster Keaton nació en una familia dedicada al vaudeville, y desde muy pequeño aprendió el arte de caerse, tropezarse y volar contra una pared. En el show de su familia su papel era el de niño desobediente, y el de su padre era el de lanzarlo a través del escenario, para las carcajadas del público. Muchos pensaban, sin embargo, que salía muy maltratado del espectáculo, y varias veces la policía llegó a casa del padre acusándolo de abuso infantil. Pero Keaton jamás tuvo un morado o rasguño, y en cambio le mostraba con orgullo a los policías la manija de maleta que la madre le había cosido en el pantalón para que el padre pudiera lanzarlo mejor.

En efecto, el pequeño Buster Keaton pasaba las mañanas tirándose escaleras abajo, cayéndose de un caballo y saltando sobre los topes de los carros. Y así llegó dando tumbos al mundo del cine americano, donde se dedicó a hacer películas, las primeras mudas, mostrando sus capacidades para la acrobacia y el desafío a la muerte. En una de ellas hace equilibrio sobre el miriñaque de una locomotora en movimiento, en otra corre por el techo de un tren esquivando balas de cañón. En otra más, llamada El bote, trata de salvar un barco que naufraga y que una tormenta hace dar vueltas enteras. Todos las escenas son reales, y en todas Buster Keaton estuvo al borde de un accidente mortal.

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Tras ser forzado a entrar en el sistema de estudio, Keaton cayó en el alcoholismo. Su carrera se derrumbó en unos pocos años y pasó gran parte de la década de 1930 oculto, trabajando como escritor de gags para varias películas de Metro-Goldwyn-Mayer. 

Pero sus películas no son sólo una excusa para mostrar sus habilidades, sino que tienen un triste mensaje de fondo, que se capta después de haber visto un par de ellas. Como constante, en sus películas Keaton está luchando contra alguna de las formas de la modernidad, sea la máquina del tren, el yate de recreo, los aparatos eléctricos, las armas de guerra o las telecomunicaciones. En todas dichos aparatos dejan invariablemente de funcionar, y los esfuerzos acrobáticos de Keaton están siempre dirigidos a realizar el sueño que la publicidad le prometió. Las películas terminan siempre en que Keaton se da por vencido, y termina tendido en el suelo o flotando a la deriva con una cara de desconsolación indescriptible, y la risa que nos viene produciendo todo el tiempo tiene a convertirse de repente en lágrimas, no sólo por la mala fortuna del protagonista, sino porque nos damos cuenta que nosotros al igual que él, vivimos en un mundo altamente funcional pero que rara vez funciona.

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