Camilo José Cela

17 de enero del 2011

En las vidas de los escritores, por lo general, son los años de la juventud los más arrebatados, los más llenos de errores políticos y personales, los de las obras más tímidas y peor ejecutadas, los más incoherentes. Y así mismo, porque el oficio de la escritura y la lectura es paralelo al de búsqueda […]

Camilo José Cela

En las vidas de los escritores, por lo general, son los años de la juventud los más arrebatados, los más llenos de errores políticos y personales, los de las obras más tímidas y peor ejecutadas, los más incoherentes. Y así mismo, porque el oficio de la escritura y la lectura es paralelo al de búsqueda constante de cierta paz interior, de cierto acuerdo de no beligerancia con todo lo que está mal en el mundo, los años de la vejez suelen ser los más inspirados, en los que los escritores se convierten en esos viejos seráficos que se asoman muy rara vez al mundo sólo para decir unas cuantas verdades irrefutables, y suelen ser los años de las obras más amplias de corazón, si no de las más insolentes.

Es por eso que la vida y obra de Camilo José Cela es tan desalentadora, tan deprimente.

De joven, Cela era un escritor curioso como no había otros en su época, dispuesto a probarlo todo, a apostarle a las ideas más inviables si sentía que valía la pena hacerlo. Intentó todos los oficios, desde torero hasta extra de cine, leyó todos los libros, recorrió todos los caminos de su país en busca de la gente de verdad, cosa de poder hacer más real la gente de mentiras de sus libros. Producto de esos años son unos de los diarios de viajes más lindos que se han escrito en español, serie que empieza con el Viaje a la Alcarria y termina con el Viaje al Pirineo de Lérida, en los que el narrador da cuenta de sus largos vagabundeos a pie y sus encuentros con la vida de una manera tan sensible y honesta que sobrecoge. También son de esos años sus primeras novelas, algunas violentas, como La familia de Pascual Duarte y otras sólo tristes, como La colmena, pero todas hechas con mucha seriedad, con mucho respeto al arte y con una apuesta personal muy alta.

Pero en vez de volverse blanco y luminoso, Cela se fue volviendo un personaje cada vez más negro, más malo y más deshonesto. Vendió a sus colegas escritores durante el franquismo a cambio de la tranquilidad cotidiana, la cual le resultó de todas formas infructuosa, pues de esos años son sus libros más desagradables. Al poco tiempo le fue otorgado el premio Nobel, que recibió con un discurso descuidado y que no le fue suficiente para calmar sus inseguras ansias de reconocimiento. Entonces se dedicó a hacer escándalos públicos y dar declaraciones incendiarias, atrayendo la atención de la prensa más básica y amarilla y repeliendo a sus antiguos admiradores. Durante veinte años mordió cada anzuelo que le tendían los medios, y se volvió una de las figuras más taquilleras y más detestables de la televisión española. El discurso se le redujo a una decena de chistes escatológicos repetida una y otra vez, y la obra se le empobreció a tal punto que terminó plagiando una novela de una desconocida escritora española. Sus amigos de la Real Academia lo salvaron del escarmiento público, pero no de la desilusión de sus lectores, que debido a un resignado sentido de lealtad siguieron leyendo las letras de su decadencia hasta el día en murió, gordo e indignado en la villa de Iria Flavia, de la que era marqués a honra de sí mismo pero de nadie más.

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