Catalina de Medici

5 de enero del 2011

En un intento de acercar a las grandes naciones católicas de Europa, ante la amenaza de la herejía protestante recién puesta en marcha por Martín Lutero, Lorenzo II de Medici dio a su hija Catalina como esposa de Enrique II,  hijo de Francisco I, rey de Francia. Dado que su marido no era el heredero […]

Catalina de Medici

En un intento de acercar a las grandes naciones católicas de Europa, ante la amenaza de la herejía protestante recién puesta en marcha por Martín Lutero, Lorenzo II de Medici dio a su hija Catalina como esposa de Enrique II,  hijo de Francisco I, rey de Francia. Dado que su marido no era el heredero al trono, pues Enrique tenía un hermano mayor, la joven  Catalina no tenía más proyectos para su vida en la corte que aprender el idioma y enseñarles a los rudimentarios franceses a usar el tenedor.

Sin embargo, la muerte inesperada del delfín la convirtió en la siguiente reina de Francia, tras la eventual muerte del rey, y Catalina tuvo que alistarse para el gobierno de una nación transida por las guerras de religión de la que ni su marido ni sus tres hijos, a quienes habría de sobrevivir, iban a ser capaces de llevar las riendas.

La vida de Catalina, por consiguiente, fue una vida larga y atareada, cuya sola misión fue la de mantener la paz entre la violenta facción católica, amenazada por el protestantismo, y la aún más violenta facción de los hugonotes, sedientos de desterrar la influencia del Papa de los condados de Francia.

Cuando Catalina no estaba en excursiones interminables por el país, tratando de unificarlo en torno a la corona con la sola fuerza de su presencia, estaba en la corte cuadrando matrimonios convenientes para sus desobedientes hijas, curando los delirios febriles de sus enfermizos hijos, despachando regimientos para mantener a los españoles del otro lado de los Pirineos, y envenenando cuidadosamente los platos de los cortesanos seducidos por la herejía calvinista. La dimensión de la complejidad del cargo están maravillosamente retratadas en La reina Margot, novela centrada en una de las hijas de Catalina, escrita por Alejandro Dumas Padre, y de la que existe una versión cinematográfica francesa igualmente memorable.

Las intrincadas y muchas veces letales maniobras de las que Catalina hizo uso para mantener el reino medianamente unificado, son la base de cientos de leyendas negras a cerca de su malvado carácter y sus intenciones soterradas de calmar su sed de poder. Los historiadores modernos, sin embargo, se han dedicado a desligar los mitos sobre su persona de sus verificables acciones políticas, y la figura de Catalina, aunque no ha dejado de ser controversial, ha pasado al grupo de los buenos en la memoria colectiva de los franceses, que ahora consideran sus acciones, incluidos en ellas sus crímenes, como las únicas dadas a una mujer que había llegado a Francia con la intención de enseñar a los franceses a comer buena cocina toscana, y tuvo que pasar la vida entera enseñándoles a no matarse en nombre de la religión.

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