Chuck Schuldiner

13 de mayo del 2011

Chuck Schuldiner nació en una familia judía en Long Island, Nueva York, y pronto se mudó a Nueva Jersey, donde, dieciséis años después formaría una banda llamada Mantas, que después se llamaría Death, y se convertiría en la banda insigne del subgénero del metal también llamado death, y una de las más importantes en la […]

Chuck Schuldiner

Chuck Schuldiner nació en una familia judía en Long Island, Nueva York, y pronto se mudó a Nueva Jersey, donde, dieciséis años después formaría una banda llamada Mantas, que después se llamaría Death, y se convertiría en la banda insigne del subgénero del metal también llamado death, y una de las más importantes en la historia del metal americano. La guitarra con que empezó a tocar de joven era la que le habían regalado los papás tratando de consolarlo por la repentina muerte de su hermano mayor, a los doce años, y a la que Schuldiner se apegó enormemente, ensayando sin descanso desde que volvía del colegio hasta que sus padres lo llamaban a comer, y a veces incluso hasta más tarde.

El criterio ambiente, que en lo que respecta al metal suele ser de una ignorancia abismal, ha querido ver en Schuldiner un perfecto modelo de ese metalero que existe mucho más en la imaginación de los padres mal informados que en la historia del metal (aunque sin duda lo hay), que se reúne con los amigos para tocar la música del Diablo, cosa, por supuesto, de adorarlo. Que Schuldiner cantara con voz gutural y tocara con guitarras distorsionadas les parece un primero y claro signo; que su familia fuera judía, y sobre todo que fuera judía conversa, les parece una prueba irrefutable de que desde joven haya estado expuesto a herejías ocultistas de todo tipo; que haya nacido y muerto un día 13 les parece, irónicamente, un indicio de que creyera en agüeros satánicos, no considerando que el hecho de atribuirle significado al 13 implica en sí mismo creer en agüeros satánicos. Otros, más cautos pero no de mejor gusto, creen que la muerte del hermano lo traumatizó a tal punto que la única salida era dedicarse a hacer esa música violenta y ruidosa que tantas madres alrededor del mundo siguen calificando propia de los “gatos encerrados”. Sin embargo, la gran mayoría de sus detractores que en defensa de sus hijos les prohíben el metal y de ese modo los acercan un poquito más al reggaetón, no se detiene a considerar tan ínfimas sutilezas, y le basta como argumento que Schuldiner tuviera el pelo largo, y que fumara marihuana, lo que no saben con certeza pero que se deduce de que tuviera el pelo largo.

Ahora bien: las posibilidades de dar con un culto mistérico, una cofradía de cátaros o albigenses o herméticos o neoplatónicos en la Nueva Jersey de los años setenta es, histórica y estadísticamente verdaderamente escasa. Que Schuldiner supiera que existían tales cosas, dado que fue al mismo colegio de cientos de gringos que aún hoy las ignoran con entusiasmo, es igualmente inverosímil, y un contacto incluso superficial con su obra demuestra que del Diablo hay más bien poco rastro. Chuck Schuldiner, para tristeza de tantos padres secretamente cristianos, incluso a veces en secreto de ellos mismos, era un tipo normal, que tenía una guitarra eléctrica y un par de amigos con bajo y batería, con los que formó una banda con la cual preferían, en vez de matar gatos y sacrificar corderos (verdaderamente escasos en el mercado neoyorquino, sobre todo vivos),  ensayar un poco, cosa de no condenarse a tocar eternamente la misma canción de Iron Maiden. Y, bueno, lo que tocaban cuando se reunían, no era rock n’roll, era metal, simple y llanamente metal. Sí, el metal es difícil de escuchar, pero la obra de Béla Bartók también es difícil de escuchar, y los libros de Joyce son difíciles de leer, y los cuadros de Durero son difíciles de interpretar, de lo que no se deduce que Bartók, Joyce y Durero fueran satánicos, sino que hay cosas que son más difíciles que otras. Chuck Schuldiner hacía una música difícil, y la hacía muy bien, y no hay manera más recomendable de empezar a comprenderla que dejar la numerología barata de lado, comprarse el Individual thought patterns o el Sound of perseverance y sentarse en una silla cómoda a escucharlos, ojalá con un trago en la mano, y un cigarrillo quizás, y por supuesto una joven virgen escondida en el closet amarrada con alambre de púa, cuernos de carnero y tatuada en la frente con un pentagrama al revés.

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