Los últimos días de Jorge Villamil Cordovez

Los últimos días de Jorge Villamil Cordovez

8 de mayo del 2016

Por: Vicente Silva

El médico Jorge Augusto Villamil Cordovez nunca imaginó que heredaría la enfermedad que mató a su mamá en 1945 y tampoco, por pura imprevisión, supuso que el mal lo atacaría con inusual virulencia antes de cumplir los 50 años, justo en uno de los momentos culminantes de su vida artística.

Fue el 21 de junio de 1975, un día después de la inauguración de Si pasas por San Gil, el famoso vals en homenaje a la bella ciudad santandereana, cuando una baja en la presión arterial y un sudor frío y espeso, seguido de un desmayo, le hicieron pensar en alguna dolencia pasajera que superó de manera engañosa con una breve atención en el servicio de urgencias sangileño. Pese a tan severa advertencia, el galeno prefirió automedicarse y viajó a las fiestas de San Pedro en Neiva, donde emocionado por el reencuentro con tantos amigos, tomó Doble Anís a raudales y se dedicó a cantar bambucos, rajaleñas y sanjuaneros. No obstante, en medio del guayabo sampedrino, se dio cuenta que algo muy agresivo estaba pasando en su cuerpo pues en solo cinco días había perdido 18 kilos.
Asustado, regresó a Bogotá y pidió cita en un consultorio especializado en donde no fue el médico reconocido sino el enfermo que debía someterse a un chequeo detallado y a rigurosos exámenes de laboratorio para determinar con exactitud el origen de sus dolencias. Aunque en principio creía que podía tener cáncer, el diagnóstico fue distinto e igual de preocupante: diabetes mellitus tipo 1, una enfermedad incurable producida por una alteración del metabolismo de los carbohidratos y que, entre otros efectos, se traduce en azúcar excesiva en la sangre y la orina y daños en la vista, los riñones, el corazón y las extremidades inferiores. Ante la advertencia de que la afección era llevadera siempre y cuando dejara el licor, cambiara sus hábitos alimenticios y fuera disciplinado con los medicamentos prescritos, Villamil se enfrentó a la disyuntiva de vivir con limitaciones o dejar que la diabetes actuara con rapidez.

Ana María, su hija, contaba cómo era la convivencia con esta dolencia que afecta a casi el 2% de la población mundial:

Habría tenido una vida más sana si él se hubiera cuidado de una mejor manera y observado una disciplina más estricta. Desde que se le diagnosticó la diabetes todo se volvió una lucha porque en fiestas, eventos artísticos y homenajes, la gente le decía: «Maestro, tómese un trago, hagamos un brindis». Y de copa en copa, terminaba con sus buenos tragos en la cabeza, mientras yo les pedía que no le dieran licor porque le hacía daño, pero la gente más le daba. Al final de cada fiesta quedaba peleada con ellos y en unos conflictos muy grandes con papá, pero por fortuna eso se superó y dejó de tomar. En los últimos años no volvió a comer dulces y todos los días, religiosamente, él mismo empezó a ponerse dos inyecciones de insulina.

Debido a la progresiva disminución de la visión, el músico fue sometido a exámenes y consultas a las que por muchos años no les hizo mucho caso pero que le pasaron factura en 1994 cuando fue obligado a internarse en la Fundación Santa Fe de Bogotá en donde oftalmólogos especializados en el tratamiento de diabéticos lo intervinieron para evitar el deterioro del nervio óptico. Allí permaneció hospitalizado durante una semana completa para garantizar la eficacia de dos cirugías que le ayudaron a recuperar parte de la vista y de su rutina diaria puesto que en poco tiempo reapareció con su demoledor humor negro y retomó su manía de idear letras y tonadas mediante silbidos que después convertiría en canciones en las que es evidente la calidad del mismo inspirador de Espumas, Llamarada, El Barcino, Me llevarás en ti, Oropel y muchas más.

Últimas creaciones

De las 16 canciones compuestas entre 1994 y 2002, algunas de ellas grabadas por famosos como Silva & Villalba, Óscar Javier, los Hermanos Tejada, Bibiana y Olga Acevedo, entre otros, y cuya producción financió con dinero de su bolsillo para responderles a las disqueras y a la radio que se niegan a grabar y difundir música de la región andina con el argumento, doblemente absurdo, de que bambucos, pasillos, valses y sanjuaneros no venden, no atraen a la gente joven ni pegan en las emisoras, medio en el que sus geniales ejecutivos consideran que lo folclórico es una ‘música de viejos’ que ‘apaga’ radios.

Entre esas creaciones de su última cosecha hay para todos los gustos, desde crónicas cantadas y paisajes musicalizados, hasta poemas de amor y desamor dirigidos a los románticos de ayer y del siglo XXI. A pueblos y regiones como Líbano, Tolima; Choachí, Cundinamarca; Vélez, Santander; Algeciras y Campoalegre, Huila; el Amazonas y las sabanas de Sucre y Bolívar, les hizo Ciudad de torres blancas,Travesuras chiguanas, El atravesao, Algeciras, El pájaro copetón, Victoria Regia y Fantasía sabanera. A los mexicanos y a la virgen de Guadalupe les dedicó Tepeyac, al vallenato Rafael Escalona ―amigo, compadre y compinche― lo pintó como el donjuán de siempre en Viento y arena y al Milagroso de Buga lo alabó con gratitud en El Peregrino. También tuvo tiempo para otra formidable crónica, Me suena me suena, un risible relato sobre el Proceso 8000 y escribió sobre amores, amantes, traiciones y frustraciones del corazón en Paraulata fugitiva, Pintor, Calandria fugitiva, Si llegaras a olvidarme y Seguiré tus pasos.

Otra secuela de la diabetes fue la notable disminución de la sensibilidad de piernas y pies que con el paso del tiempo afectaron el equilibrio y sus desplazamientos. Aunque en su apartamento al norte de Bogotá no tenía complicaciones por el dominio pleno de los espacios y el auxilio constante de Anita Castro García —la eficiente laboyana que durante diez años le sirvió como ama de llaves, enfermera y asistente personal— las mayores dificultades las padecía en sitios desconocidos como las calles, las oficinas de Sayco, los estudios de grabación o los escenarios en donde debía apoyarse en otras personas para no caer, como infortunadamente sucedió el 21 de marzo de 2002 en Ibagué durante la inauguración del Concurso Nacional de Duetos Príncipes de la Canción. Según narraba el propio Villamil, ese día, al tratar de saludar a unos amigos, trastabilló, rodó por el piso y aprisionó con su cuerpo la mano izquierda que se fracturó en el cuarto y quinto huesos carpianos. Enseguida, recordando sus viejos tiempos de ortopedista en las salas de urgencias, hizo un rápido y fuerte movimiento para reubicar los huesos y aunque cada uno encajó en su lugar fue necesaria la inmovilización de la mano por varias semanas durante las cuales se opuso a cualquier cirugía, no por temor a las operaciones, sino porque una intervención quirúrgica en un diabético tan avanzado como él podría terminar con la amputación de la mano. Después del percance le quedó una ligera malformación que no afectó su sensibilidad ni la habilidad para pulsar la guitarra y el tiple, instrumentos que en los últimos cinco años de su vida decidió abandonar.

La diabetes continuó con un paso tan demoledor que en menos de dos años el paciente fue hospitalizado de urgencia en la Fundación Santa Fe de Bogotá en seis ocasiones. La primera, el 12 de abril de 2004, al hallársele serias complicaciones renales y detectarse una hernia inguinal que fue operada sin anestesia debido a su vulnerabilidad como diabético. Como si fuera poco, su incómoda estadía se prolongó por varias semanas al diagnosticársele una neumonía que lo obligó a utilizar temporalmente un respirador mecánico con el cual pudo mejorar su capacidad pulmonar. El 1º de mayo fue dado de alta pero sus actividades quedaron más limitadas porque desde entonces debió someterse a dos sesiones semanales de diálisis para eliminar el exceso de urea en la sangre. Pero los problemas siguieron porque el 8 de septiembre una hernia hiatal y el sangrado del colon lo llevaron de nuevo al hospital de donde salió tres días después con otra larga lista de medicamentos especiales y nuevos controles.

El tercer ingreso ―ocasionado por serias dificultades neurológicas― comenzó el 30 de septiembre y se extendió hasta el 8 de octubre de 2004, días en los cuales además de análisis muy avanzados fue sometido a un Tac, un electroencefalograma y una punción lumbar. Dos meses y medio después un sangrado rectal y una notoria anemia prendieron de nuevo las alarmas de los médicos que el 21 de diciembre ordenaron su hospitalización hasta la víspera de Navidad, día en el que fue dado de alta para poder disfrutar con su familia la Nochebuena y el Año Nuevo. La mejoría fue mentirosa porque el 4 de enero 2005, al observarse la pérdida parcial del conocimiento y la disminución del habla, fue llevado otra vez al servicio de urgencias donde los neurólogos concluyeron que padecía una isquemia cerebral. A las dos semanas Villamil recobró buena parte de sus facultades mentales y regresó a su apartamento por un corto tiempo porque desde el 15 de febrero una encefalopatía lo mantuvo en la Santa Fe durante diez angustiosos días en los que, según testimonios de familiares y allegados, estuvo a punto de morir. El 24 de febrero recuperó la memoria, identificó su entorno y pudo hablar con una fluidez muy cercana a lo normal, sin embargo, los médicos reforzaron sus cuidados y medicamentos.

Jorge y Ana María Villamil Ospina, los dos únicos hijos del médico-compositor.

Siendo un practicante católico, más no un fervoroso participante en misas o celebraciones de la Iglesia, Villamil incrementó en los últimos años su fe y llegó a decir que era «un compositor de Dios». A partir de ese reencuentro espiritual él atribuyó su asombrosa recuperación al Señor de los Milagros de Buga a quien, decía, vio en sueños durante los días más críticos de la recaída de 2005. El maestro relataba que un Jesús misericordioso se acercó a su lecho de enfermo para decirle que cuando le extendiera sus brazos y lo tocara se lo llevaría para siempre, pero que mientras tanto lo dejaba porque su misión en la tierra no estaba terminada. A los pocos días asistió a la iglesia de san Alfonso María de Ligorio —parroquia bogotana en la que también se venera al Milagroso— para estrenar su canción El peregrino y dar testimonio de su sanación física a través del canal Teveandina.

En una de las pocas treguas que le permitió la diabetes, el Huila le rindió a Villamil uno de los homenajes más emotivos de toda su carrera al exaltarlo en el marco de las celebraciones del Centenario del Departamento como la personalidad cultural viva más importante de la región en el siglo XX y parte del XXI. Sin embargo, el reconocimiento casi se frustra porque el 4 de junio de 2005, día de la ceremonia, las exageradas medidas de seguridad obstaculizaron su llegada y lo obligaron a recorrer, paso a paso, ocho cuadras de Neiva apoyado en los brazos de Anita Castro. El hecho de ver a un hombre muy deteriorado, de caminar cansino, rumbo a una tribuna de honor en la que iba a recibir uno más de los tantos honores de su vida, dio paso a una espontánea salva de aplausos y vivas de la gente del pueblo apostada en los andenes y balcones cercanos al parque Santander y se extendió hasta la tarima central donde el presidente Álvaro Uribe Vélez, el gobernador Rodrigo Villalba Mosquera, los ministros, congresistas, empresarios e invitados especiales, interrumpieron el orden día para ponerse de pie y ovacionar largamente al artista que en ese instante sublime comprendió por qué su nombre figuraba en el Olimpo de la cultura.

Sus complicaciones físicas reaparecieron el 4 de enero de 2006 —sexta vez en 21 meses— cuando una aguda presión en el pecho que estuvo a punto de ahogarlo lo convirtió, según su desparpajado humor, en «huésped distinguido de la Santa Fe», clínica donde permaneció diez días durante los cuales también se le atendió por una neumonía que inquietó a médicos y familiares. En este 2006, aparte de que cada vez lo amargaban más las diálisis, los ‘ok’ de repetidos controles médicos y los mismos exámenes de laboratorio de 30 años atrás, Villamil comenzó un sistemático aislamiento del medio artístico que lo acompañó gran parte de su vida, aunque en momentos muy puntuales participó en tertulias musicales con familiares y amigos en su apartamento de la calle 94.

Uno de los acontecimientos que más lo conmovió por esos días fue la noticia de la muerte de Soraya, la famosa cantante colombo-americana que popularizó en el mercado hispano de Estados Unidos una hermosa versión de Oropel. Poco antes de que hiciera público el caso de cáncer de seno que la llevó a la muerte, ella lo llamó desde Londres para pedirle en spanglish su aval para grabar el vals que, según dijo en un desconectado del canal MTV, representaba la vida materialista del mundo moderno: «…cuando uno se muere no puede llevarse el BMW, no puede llevarse su casota, no puede llevarse la cuenta del banco. Las cosas que valen la pena son las cosas que no se pueden comprar».

El alejamiento

A partir de 2007, la imposibilidad de desplazarse por sus propios medios, su negativa a utilizar un caminador, un bastón o una silla de ruedas motorizada y el manejo cada vez más truculento de Sayco, ahondaron su alejamiento. Pese a sus momentos de evidente jartera, aceptaba con agrado las llamadas y visitas de periodistas, entre ellos un equipo de la cadena hispana Univisión que produjo un documental sobre su obra. A mediados de ese año también autorizó a un centenar de niños y jóvenes huilenses para montar e interpretar la totalidad de su cancionero en conciertos gratuitos que se celebraron en Bogotá, Neiva, Garzón, La Plata, Pitalito, San Agustín y Yaguará. Con el paso de los años este proyecto denominado ‘Las nuevas generaciones cantan a Villamil’, realizado por la Fundación Cultural Baracoa, creció en volumen y calidad hasta el punto de que sus protagonistas ―muchos de ellos jóvenes talentosos que hoy están dedicados profesionalmente a la música folclórica― han sido invitados a grandes certámenes artísticos para mostrarlos como un acertado ejemplo pedagógico de transmisión de la herencia musical.

El 21 de diciembre de 2008, siete años después de la llegada de Juan Pablo, el niño que los fines de semana llenaba de risas, travesuras y preguntas el apartamento del abuelo famoso, una terrible noticia mimetizada en encriptados exámenes de laboratorio confirmó las sospechas de Ana María quien desde 2006 había comenzado a padecer extrañas dolencias en la parte superior de la faringe, justo detrás de la nariz. Acostumbrada desde niña a enfrentar cualquier noticia por inclemente que fuera, se reunió sin prevenciones con oncólogos y especialistas que con franqueza le hablaron del rápido y agresivo avance de un cáncer nasofaringe con mínimas posibilidades de ser atenuado, neutralizado o dilatado en sus efectos. En el mejor de los casos, le dijeron, con el aumento de la quimioterapia, paliativos contra el dolor y una buena cuota de colaboración de su parte podría sobrevivir durante un año más. Ella habló francamente con su padre y su esposo, el médico Rafael Carrillo Flórez, a quienes les pidió que debían asimilar el mensaje de uno de los equipos médicos más experimentados en el manejo de este tipo de cáncer: prepararse para una partida en corto tiempo y enfrentar la realidad con entereza, disfrutar al pequeño Juan Pablo todos los días como si fuera el último y morir con dignidad.

Durante un año completo Ana María de Guadalupe soportó de manera estoica los extenuantes procedimientos, asistió a todas las citas médicas y sicológicas programadas y no dejó de tomar ni uno solo de los costosos medicamentos formulados, aun sabiendo que eran simples lenitivos. En casa, haciéndole zancadillas a su deteriorada condición física, continuó atendiendo con afecto infinito al niño, acrecentó su fe en Dios y renovó su devoción a la Virgen de Guadalupe a quien sus padres encomendaron desde el día en que nació agregándole su mexicanísimo nombre. Incluso, cuando la enfermedad, los extenuantes tratamientos y el cargamento de medicinas le daban alguna tregua, retomaba su habitual vivacidad opita para echar chistes, hablar de la familia como si no pasara nada y escuchar en un pequeño IPod su música de mujer joven y los cantos del maestro.

El 2009 fue una conjunción de grandes alegrías y profundas desdichas para el artista. El 10 de marzo fue internado otra vez por una hernia sangrante, el 13 de mayo murió su amigo y compadre Rafael Escalona y al día siguiente recibió de manos del presidente Álvaro Uribe la Orden Maestro del Patrimonio Musical de Colombia. El 6 de junio diversos estamentos y medios de comunicación celebraron con alborozo sus 80 años de vida. Por un lado, la cadena RCN le llevó hasta su casa, muy de madrugada, una serenata con los famosos Hermanos Tejada, y por otro, el reconocido periodista Gustavo Gómez Córdoba le dedicó un programa especial en Caracol Radio. Por su parte, la Gobernación del Huila le ofreció en Bogotá un concierto con la Sinfónica de Vientos y el presidente Álvaro Uribe Vélez, al comenzar un largo Consejo Comunal en Arauca lo felicitó por radio y televisión y lo llamó «gran guardián del patrimonio cultural de la Nación». Por esos días Villamil recibió las últimas condecoraciones de su vida: el título de Gran Maestro de la Música del Huila, concedido mediante votación electrónica organizada por el Ministerio de Cultura, y la Gran Orden Maestros del Patrimonio Musical de Colombia, conferida por la ministra de Cultura, Paula Moreno.

En julio el artista volvió a ser internado por una neumonía que lo tuvo postrado durante más de una semana y en septiembre fue hospitalizado por una inesperada descompensación. Entre octubre y noviembre de 2009, Ana María y su padre fueron internados de manera simultánea en el mismo hospital. Mientras ella agonizaba en una habitación de la Fundación Santa Fe desde la mañana del 10 de octubre, a pocos metros de distancia, separados solo por un piso, Villamil sostenía desde el 12 de noviembre otro de los tantos combates que por más de diez años lo convirtieron en el paciente con el mayor número de ingresos a la prestigiosa institución y en donde los especialistas evidenciaron esta vez la necrosis de sus pies, signo indiscutible de la devastación causada por la diabetes.

Salud Hernández-Mora, reconocida periodista hispano-colombiana que conoció al compositor por su amistad cercana con Jorge hijo, contó en el diario español El Mundo que ni siquiera durante esos días lúgubres en los que ambos estaban en el umbral de la partida, Villamil dejó de burlarse de la vida y de la Pelona, como llamaba él a la muerte: «Tenía un humor negro tan particular que hace unos meses le dijo a su hija Ana María que no corriera tanto, no fuera ser que le ganara y llegara primera a la tumba». Su premonición se cumplió al pie de la letra: ella murió el 5 de diciembre de 2009, justo cuando se cumplió un año del demoledor dictamen de los oncólogos y 83 días después fue él quien la escoltó en la carrera final. Con la ausencia de su padre, que se sintió incapaz de soportar en público su profundo desconsuelo, Ana María fue despedida en una conmovedora ceremonia celebrada en la iglesia de la Inmaculada Concepción donde sus amigos y familiares, con voces entrecortadas y ojos llorosos, entonaron un tristísimo Me llevarás en ti, el pasillo romántico preferido por ella.

La caída del roble Desde entonces, el ensimismamiento, la depresión, el espeluznante deterioro de sus facciones y el alejamiento total de personas ajenas al círculo familiar evidenciaron el derrumbe total del hombre al que desde niño le habían enseñado a no caer ante las adversidades por dolorosas que fueran. En el campo político Villamil conoció el sectarismo al oír los relatos de los mayores sobre la orden del presidente liberal Tomás Cipriano de Mosquera de desterrar de Boyacá a su abuelo Mateo por el delito de ser conservador. Ese sino trágico también lo vivió Jorge, su padre, a quien el régimen de Rafael Reyes, empezando el siglo XX, expulsó de Colombia para obligarlo a vivir en la selva amazónica en donde La vorágine de avaricia, pasiones, degradación humana y la necesidad de salvar el pellejo todos los días, relatada con maestría por su amigo José Eustasio Rivera, lo convirtieron en un áspero cauchero que en las mañanas dominaba a indígenas y siringueiros y de noche cantaba bambucos y pasodobles.

Ya en El Cedral, la más grande hacienda cafetera del sur colombiano, vio varias veces las caras de la violencia liberal-conservadora. Su hermana la Negra Graciela dice que allí, sin poder hacer nada porque nunca fue hombre de negocios, el futuro compositor observó cómo la propiedad familiar se descascaraba como si fuera un viejo roble podrido, sin la enorme producción de otros tiempos, pero sí con el continuo y avasallante paso de combatientes de todos los colores. «Unas veces eran los chusmeros al mando de bandoleros como Tirofijo, y en otras eran los pájaros, chulavitas, guerrilleros, limpios, policías o militares que tenían la hacienda como lugar de paso para descansar y meterse a la cordillera Oriental», recuerda la única sobreviviente del clan Villamil Cordovez.

Radicado en Bogotá, poco antes de cumplir los 50 años, lloró la separación de su esposa Olga Lucía Ospina y sin haber cambiado jamás un pañal o preparado un tetero, le tocó asumir el rol de padre-madre de sus dos niños pequeños. Poco después, como si la cascada de sinsabores fuera parte de su escudo familiar, se le diagnosticó la diabetes y al año siguiente fue capturado por el Ejército Nacional que lo acusó de colaborar con la guerrilla de las Farc. De ‘chepa’, como dirían en el Huila, se salvó de un severo concejo verbal de guerra presidido por militares y fue dejado en libertad. En 1977, un predio en las selvas del Caquetá que el mismo Estado colombiano le había adjudicado en los años 60 para que lo pusiera a producir ―en el marco de la política de rehabilitación de territorios con influencia guerrillera― le fue expropiado por ese mismo Estado sin ninguna indemnización ni consideración. Como si la enfermedad, la estigmatización política y la quiebra económica fueran poco, en los primeros meses de 1978 recibió otro golpe letal: la muerte de Olga Lucía, su exesposa, quien accidentalmente se intoxicó al consumir un químico industrial.

A excepción del carcelazo que padeció en Santander de Quilichao, Cauca, estos y otros dolorosos episodios familiares nunca los compartió en público para evitar la conmiseración de sus seguidores y el morbo mediático. Tampoco quiso, pese a que sus amigos y allegados se lo insinuaron abiertamente, los insinuó en sus obras o los expresó a través del odio y el resentimiento social. Por el contrario, el discreto manejo que siempre le dio a su vida privada en épocas de gloria y figuración fue idéntico a los días que presagiaron los momentos finales del artista que pasó la última Navidad de su vida encerrado en una habitación de la Santa Fe a donde, otra vez, había sido llevado de urgencia. La víspera de Año Nuevo y los primeros días del 2010 los pasó en casa acompañado de familiares y unos pocos amigos a quienes les permitió visitarlo y aunque algunos le llevaron regalos, alimentos para diabéticos y discos con música de cuerdas, nada logró disipar unos signos de abatimiento desconocidos en él.

Otras malas noticias

El 29 de enero de 2010 murió en Medellín su gran amigo y colega en las lides gremiales, Jaime R. Echavarría, el autor de Noches de Cartagena, Cuando voy por la calle, Traicionera y decenas de éxitos románticos. El 8 de febrero Villamil volvió a la Fundación Santa Fe para salir el 15 y regresar, bastante delicado, cuatro días después. El martes 23, sin decir palabra pero visiblemente impactado, se enteró del deceso de su doble colega y amigo, el médico y guitarrista Jaime Martínez, integrante del dueto santandereano Hermanos Martínez. El 25, cuando fue dado de alta, les dijo con énfasis a los médicos, las enfermeras, a su hijo y a Anita Castro que «nunca, nunca, jamás» volvería a un hospital como médico ni mucho menos en calidad de paciente y al llegar a casa, pese a los ruegos de familiares, las llamadas suplicantes de amigos y las órdenes perentorias de los galenos, el médico Villamil ―a sabiendas del daño que se causaba― obstinadamente se negó a la práctica de las diálisis necesarias para mantener activo el sistema renal, en otras palabras, desconectó el único dispositivo científico que lo podía mantener con vida.

La mañana del sábado 27 ―«en uso pleno de sus facultades mentales superiores», según certificó días atrás el neurólogo clínico Hernán
Bayona― lo visitó la notaria Veintitrés de Bogotá, Adriana Margarita Guerrero, ante la cual suscribió un testamento abierto que quedó consignado de manera detallada en la escritura # 00441. Por la tarde, en otra de sus inesperadas salidas de humor negro, con una sonrisa extraña, le pidió a Anita Castro que llamara al periodista Vicente Silva Vargas para recordarle una misión macabra: transmitir la ‘chiva’ de su muerte. El domingo 28 desayunó hacia las nueve de la mañana, almorzó sin afanes después del mediodía y conversó por teléfono con familiares a quienes les pidió que no lo ‘jodieran’ más con el cuento de las diálisis. En la noche zapeó los noticieros de televisión, lamentó la derrota de su amado Santa Fe ante el Pereira (0-2) en el Campín, le recordó a Jorge que su cuerpo no lo llevaran al Capitolio Nacional ni lo mostraran en público para que no lo vieran «vuelto mierda» y le pidió a Anita un vaso de avena casera que sorbió con fruición. Poco antes de las diez llamó a Jorgito para decirle de nuevo que no quería un funeral con boato oficial ni oportunismo político, le dio un fuerte, interminable y último abrazo, suspiró profundo, se recostó apaciblemente en la cabecera de su cama y quedó dormido para siempre.

Media hora después, el periodista amigo al que le prometió la ‘chiva’, lanzó al aire en RCN Radio la noticia más triste de su vida profesional:

El famoso compositor colombiano Jorge Villamil Cordovez, autor de canciones muy populares como Espumas, Llamarada, Me llevarás en ti, El Barcino y por lo menos otras170 canciones folclóricas y románticas, falleció hace pocos minutos en su casa de Bogotá luego de soportar durante más de 30 años una diabetes mellitus tipo 2 que en los últimos años lo postró en cama y limitó sus actividades artísticas y personales.
>De inmediato, las emisoras, periódicos y revistas de Colombia, las agencias internacionales de noticias y otros medios internacionales, replicaron la noticia en sus páginas digitales y publicaron sentidos artículos y editoriales que esbozaron la trascendencia del artista. Mientras El Espectador tituló: «Mejor guardo silencio porque ha llegado el fin», El Tiempo editorializó: «Fue un compositor enorme, prolífico y diverso, que le subió el volumen a la música del interior, cuando más lo requería… Que le consiguió visa al pasillo. Fue una figura cimera de nuestra música, al lado de Rafael Escalona, de José A. Morales o de Jaime R. Echavarría […] Villamil supo verle el lado musical, poético y fiestero al entorno campesino, a esa estirpe de la cual fue uno de sus hijos grandes, pues nació en la famosa hacienda El Cedral, de su Huila amado.»

El lunes 1º de marzo el cuerpo fue velado en la Funeraria Gaviria y al día siguiente, artistas populares lo homenajearon con tiples, guitarras y cantos en la sede Sayco donde permaneció hasta el miércoles cuando fue trasladado para los funerales de Estado dispuestos por el Gobierno Nacional. Ese día, con una Bogotá semiparalizada por uno de los inexplicables paros de transportadores, el maestro fue despedido en una eucaristía concelebrada en la Catedral Primada de Bogotá y presidida por su amigo Libardo Ramírez Gómez, exobispo de Garzón y Armenia. De allí salió un largo, lento y triste cortejo que lo acompañó hasta el cementerio Jardines de Paz donde su cuerpo fue cremado.
Sus cenizas llegaron a Neiva el miércoles 17 de marzo para la despedida final, tal como lo pidió, con aguardiente, ‘cuetes’, canciones como El Barcino y Espumas y miles de paisanos que salieron a las calles con pañuelos blancos para agradecerle por haber encumbrado al Huila con su música universal. Por decisión familiar, sus cenizas no se lanzaron al río Magdalena, como era su deseo, sino que fueron depositadas en el museo, debajo de la réplica de la Vieja hacienda del Cedral. Su voluntad, expresada en aquel mítico bambuco, se cumplió en parte porque los restos quedaron en Neiva ―cerca de El Cedral―, a un paso de las aguas que inspiraron tantas canciones y al pie de sus bienes más preciados.

Al observar la urna con las cenizas junto a tantos emblemas que marcaron su vida y su música, cobra plena vigencia esta patética estrofa:

 «Como si fueran palabras
que van diciendo los muertos
como si fueran plegarias
de los viejos que se fueron».