Edmundo Rivero

18 de enero del 2011

El tango, en palabras de Discépolo, es un pensamiento triste que se baila, y no hay duda de que en la voz de Edmundo Rivero el tango sería un pensamiento triste que se canta. El registro de Rivero es bajo, cosa rarísima dentro de los cantores de tangos, usualmente tenores, como Gardel. El habla de […]

Edmundo Rivero

El tango, en palabras de Discépolo, es un pensamiento triste que se baila, y no hay duda de que en la voz de Edmundo Rivero el tango sería un pensamiento triste que se canta. El registro de Rivero es bajo, cosa rarísima dentro de los cantores de tangos, usualmente tenores, como Gardel. El habla de Rivero es el habla de Buenos Aires, entre español y lunfardo. Rivero escribió un largo estudio sobre la voz de Gardel, de la que identificó treinta y cuatro aspectos estilísticos diferentes. Nadie ha hecho un estudio así de detallado sobre la voz de Rivero, pero es probable que tenga otros tantos. De ese modo, Rivero es un cantor, si no de la fama, sí de la talla y de la complejidad de Gardel, y así lo han reconocido los más grandes músicos del género.

Rivero nació y murió en Buenos Aires, como corresponde a un tanguero, y descontadas las giras mundiales, nunca abandonó la ciudad, respetando la máxima de Macedonio Fernández que reza “prohibido irse de Buenos Aires”. Estudió a los compositores clásicos y las enredadas artes de la armonía, pero todo lo hizo él solo, o en paupérrimas escuelas de su barrio de Belgrano. Muy pronto empezó a cantar en bares y en romerías los tangos del momento, y logró imponer su voz sobre la de cientos de cantores, algunos de los cuales excelentes, motivados por la trágica muerte del Morocho Gardel.

En una de esas presentaciones lo escuchó Julio de Caro, líder de una de las orquestas de tango famosas entre otras porque era de las primeras en tocar tangos con orquesta. Junto a ésta hizo un par de tímidas grabaciones, en una época en que las disqueras aún no le tenían tanta fe a la música de los arrabales. Muy pronto, sin embargo, fue invitado por Aníbal “Pirincho” Troilo, el bandoneonista más diestro de la capital, a unirse a su orquesta, con la que Rivero dio el salto a la fama. En su primer concierto, se cuenta, la gente dejó de bailar al oír su voz, y se aglomeró cerca a la tarima. Después de dos o tres canciones gritaban alebrestados y tiraban cosas al escenario. Pirincho, que nunca había visto reacción igual, le susurró a Rivero que mejor parara de cantar, pues creía que la algarabía era en realidad una burla, pero Rivero le sonrió, y le dijo que su voz tenía el mismo resultado en toda la ciudad.

De ahí en adelante, Rivero pasaría a formar parte del panteón de los cantores, presentándose con los músicos más importantes, desde Troilo hasta Piazzolla, hasta el día de su lamentada muerte, un domingo por la noche y en pleno centro de Buenos Aires.

http://www.youtube.com/watch?v=UJJRd_dLpIQ

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