Edward Lear

12 de mayo del 2011

La tradición inglesa de la literatura del sinsentido viene por lo menos desde el siglo XVIII, en que Laurence Sterne la convirtió en alta literatura con sus Life and Opinions of Tristram Shandy, gentleman. A principios del XIX, sin embargo, ante la carga de los Dickens y las Austen, el sinsentido volvió a formar parte […]

Edward Lear

La tradición inglesa de la literatura del sinsentido viene por lo menos desde el siglo XVIII, en que Laurence Sterne la convirtió en alta literatura con sus Life and Opinions of Tristram Shandy, gentleman. A principios del XIX, sin embargo, ante la carga de los Dickens y las Austen, el sinsentido volvió a formar parte de la literatura menor, pero de una literatura menor que gozaba de enorme prestigio en Inglaterra, la literatura infantil. El tiempo ha determinado que el escritor más importante de esa época sea Lewis Carroll, autor de las dos Alicias y de numerosas páginas de verso y prosa todas y cada una pertenecientes al gran libro del sinsentido. Sin embargo, el tiempo con Carroll varios fueron los ingleses, tan serios y doctos en privado como él, que en la soledad de sus hogares hicieron obras tan delirantes y divertidas como las que hoy hacen de Carroll el padre absoluto de la literatura infantil, de la buena literatura infantil, de la que no es para niños.
Uno de esos viejos se llamaba Edward Lear, y era pintor e ilustrador, pues eso había estudiado y de eso, y de la renta, como todo inglés que se respete, vivía. Sin embargo, desde muy temprano se había acostumbrado a pasar las tardes garabateando versos y cuentos que acompañaba de dibujos que usualmente regalaba en cartas a sus amigos, o a los hijos de sus amigos. Por lo general, sus versos seguían la forma de los limericks, una vieja tradición inglesa e irlandesa que consistía en pintar, en tan solo cinco versos, a un personaje, comentando su lugar de origen, su situación actual y la actitud frente a ella que lo hace meritorio de figurar en la literatura del sinsentido. Los limericks que escribía Lear no eran exactamente los tradicionales, y por eso ahora esos se llaman Learics, en su honor. En la traducción al español de Godoy (El libro del sinsentido, Destiempo, 2009), sin duda la más sensata, los learics son algo así:
Había un viejo serio de Gretna
que cayó en el cráter del Etna;
Preguntaron: “¿Caliente?”, “¡No-dijo-, excelente!”.
¡Qué viejo engañoso el de Gretna!

Aunque algunos son un poco menos felices:

Había un hombre viejo del Cabo de Olvido
que ansiaba no haber a este mundo venido;
Se echó en un sillón y murió de aflicción
ese hombre apenado del Cabo de Olvido.

Lear escribió unas trescientas cincuenta learics, que publicó en revistas y ediciones caseras que pronto se hicieron famosas en toda Inglaterra, más por tradición oral (los jóvenes de allá las siguen recitando de memoria), que por los libros, aunque de esos también vendió un número considerable, un número, curiosamente, más alto que el de copias de la primera edición que Carroll vendió de Alicia. Además de learics, Lear escribió largos poemas ilustrados, autobiografías sinsentido, enciclopedias de botánica demente, recetas de cocina impracticables, diarios de viaje a caballo y a pie, y centenares de cartas delirantes. Toda su obra, compilada en un solo volumen, suma unas seiscientas páginas en que no hay una que contenga una frase medianamente normal. Y por eso, y porque en ellas su carácter y su personalidad están tan bien retratadas, los lectores lo adoraron, y lo leyeron asiduamente hasta que la sombra de Carroll lo ocultó por completo, por lo menos afuera de Inglaterra. Pero ya que la forma en que él mismo se veía es tan divertida, más vale dejar que él mismo se presente a los que aún no han oído de él:
¡Qué placer al señor Lear conocer!
¡pues ha escrito enormes tomos sin sentido!
Lo juzgan uraño hasta más no poder,
Más otros lo encuentran bastante querido.

Su mente es concreta y un poco molesta,
Notable el tamaño de su amplia nariz;
Su cara, asimismo, es bastante funesta,
Su barba parece peluca de actriz.

Tiene orejas y dos ojos, dedos: diez,
Si al menos consideras dos pulgares;
Hace tiempos era un gran poeta inglés,
Hoy es uno de esos tontos ejemplares.

Siempre se sienta en una hermosa sala
Con cientos de libros en lengua inglesa;
Acostumbra beber mucho vino Marsala
Y el alcohol no se le sube a la cabeza.

Tiene amigos de la Iglesia o bien de fuera,
Viejo Foss es el nombre de su gato;
Su cuerpo es como una grande esfera,
Usa un sombrero runcible y muy chato.

Cuando sale con su blanco impermeable
Los niños que lo siguen gritan: “¿ves?
¡Salió en su pijama, qué cosa notable,
qué tipo demente ese viejo inglés!

Llora en la punta de una colina,
Llora en la playa y llora en el mar;
Compra panqueques y colonia fina
Y camarón de chocolate pa’ cenar.

Lee, más no sabe hablar en español,
La cerveza de jengibre lo hace arder;
Y hasta que en su vida al fin se ponga el sol,
¡Qué placer al señor Lear conocer!

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