El dilema de ‘Casablanca’

2 de junio del 2013

Humprhey Bogart e Ingrid Bergman protagonizan una historia de amor única y muy recordada, pues no tuvo un final feliz.

El dilema de ‘Casablanca’

En ‘Casablanca’ siempre hay un dilema. Cada uno de los personajes se enfrenta a situaciones en las que se mide su carácter y se desnudan sus miserias, no quedando para su intimidad otra cosa que el recuerdo de su pasado. En la ciudad mediterránea de Casablanca hacer planes de la mañana a la tarde es una aventura riesgosa, pues sólo el presente existe, el ahora, ese que se esfuma en un instante con la desdicha de que algo de nosotros se ha ido con él. Y no es para menos, estamos en plena Segunda Guerra Mundial, y el amor no tiene otra opción que mantenerse al margen de la política y las armas, y si es posible, servir a la causa de la Francia oprimida por la Alemania Nazi.

‘Casablanca’ cuenta la historia de amor de Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa Lund (Ingrid Bergman), que se da en un contexto complejo: Europa ha caído en manos de Hitler y su ejército demencial. Escenario que define sus personalidades: él, un neoyorquino sin oficio ni beneficio que vive de contrabandear armas a los bandos de guerras pasadas, por eso no se queda quieto ni se expone mucho a la calle. Ella, una mujer idealista pero incomoda con su vida: apenas contrajo matrimonio su esposo fue llevado a uno de los campos de detenidos del ejército alemán en Checoslovaquia. Anda sola y teme de todos, es vulnerable, y su coraza íntima está hecha de la búsqueda por un refugio seguro. Los azares de la vida hacen que se crucen en París en los primeros meses de la guerra (1939), y vivan una especie affaire que los marcará para siempre, porque cometieron la insensatez de enamorarse, de dejarse llevar por el deseo, Ebert decía que “ella pinta la cara de él con sus ojos”.

En pleno amor parisino llegan los Nazis (1940) y no queda más remedio que continuar huyendo. Rick corre peligro y deberá emprender un viaje más, cosa complicada, pues la mitad de Europa está en manos alemanas. Se citan a las tres de la tarde en la estación del tren rumbo al sur. Ella le promete que allí estará para cumplir su palabra. Pero no llega, “ni llegará”, como le dice un amigo a Rick que lo conmina a subir al vagón,  la única salida a un futuro fatídico. Rick no sabe si esperar un momento más, un instante solamente, algo imprevisto le podría haber sucedido, lo inesperado está a la vuelta de la esquina. Los instantes pasan y no hay otra salida a su disyuntiva: debe irse con el corazón roto a un destino incierto.

Amargado, insensible, punzante, Rick llega a la ciudad de Casablanca, ubicada sobre el Mediterráneo y aún parte del alicaído Imperio francés. Monta un negocio del que casi nunca sale, que mezcla juego, licor, mujeres hermosas, aventureros, música para piano, y diversión, mucha diversión. Como una isla en medio de toda la atmósfera funesta de la guerra. Allí, al Bar de Rick llega un día cualquiera Ilsa con su esposo Víctor Lazlo, el encuentro es inevitable y los reclamos de Rick se acallan cuando se fija en la sortija de casada que ella lleva. Los días pasan y las situaciones como en un crucigrama de ires y venires, hacen que Rick tenga en sus manos la única posibilidad de solucionar el dilema de muchos desesperados: tiene dos tiquetes a la tierra libre estadounidense.

En una noche azarosa, Ilsa llega a su despacho y ajustan cuentas atrasadas, que no son muchas, caen nuevamente en esa “enfermedad que crece si es curada”. Prometen volver y emprender la huída con los tiquetes de Rick, una frase de Ilsa resume la noche junto a su amante: “bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”.

Todo está listo para el viaje, él deja su negocio y quiere enderezar camino con Ilsa, que abandonará a su esposo, dejándolo solo en su lucha. Todo se va solucionando y parece encajar en el final que debería suceder. Pero en el último momento, en un instante eterno y fugaz, él es quien incumple el pacto para salvar la felicidad de su amada. Dejando en el aire la incertidumbre de un amor que tenía todo un futuro porque ahora sí sería libre. Sólo les queda un consuelo: “siempre tendremos París”.

Bogart y Bergman protagonizan una de las historias amorosas más recordadas del cine norteamericano. Y lo es, precisamente, porque no tuvo un final feliz. No se cumplió el sueño del público y se jugó con la expectativa de muchos: cuando Ilsa Lund (Bergman) y su esposo Víctor Laszlo (Paul Henreid), despegan rumbo a Portugal y de allí a Estados Unidos para no volver jamás a Europa, sentimos que algo está mal, nos sentimos incómodos, afligidos, o incluso incomprendidos. Alguien quizá sobresaltado pregunte “¿Por qué la dejaste ir Rick, por qué?”. Al terminar la película son más los interrogantes que las respuestas, muchos elaboramos toda una sesión de finales posibles, encontrando solución sobre lo que podría haber sido y no fue. Sobre la forma de remediar el dilema.

Quevedo, el poeta español del Siglo de Oro, definió el amor como “el niño Amor, este es su abismo/ el que en todo es contrario a sí mismo”. Nada parece estar en su orden: la confianza de última hora de Ilsa, la paciencia de Víctor por su esposa, la decisión final de Rick. No hay soluciones al dilema, me atrevería a decir, porque no hay dilema entre la felicidad y la política, o la sensatez y el riesgo. Fue un acto de amor, no del idílico ni hollywoodense, sino uno más humano, más loable y por eso mismo, poco común: el sacrificio como prueba infalible de amar. No fue la guerra, ni los Nazis, ni los temores, fue amor. Y nada más.

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