El gorrión que le cantó a París desde un cabaret

El gorrión que le cantó a París desde un cabaret

11 de octubre del 2013

A pesar que hacía un año había fallecido el amor de su vida, un argelino de quien se enamoró en Nueva York y al que llamaban “El Bombardero de Marruecos”, Edith Piaf sacó fuerzas para ofrecer varios conciertos en la Sala Olimpia de París, en la que había actuado en sus inicios y que presentaba problemas financieros por la aparición de los grandes estadios y salas de lujo para conciertos.

Una noche en la Sala Olimpia pronunció unas palabras que se convirtieron en un deseo funesto,

—No me gustaría morirme vieja.

En 1915, a unas pocas cuadras de la Sala que la consagró, en el patio de la comisaría del barrio Belleive, había nacido. Su padre era un acróbata y su madre, Line Margrant, una cantante de cafés, quien estaba drogada y borracha cuando sintió los dolores del parto. Salió a la calle y la encontraron sus vecinos tirada y balbuceante.

No fue la mejor manera de llegar al mundo, ni el momento: justo cuando la ciudad estaba temerosa de un ataque lanzado desde Alemania con dirigibles que arrasaría con todo. En plena Gran Guerra (1914-1918) París bullía con la aparición de las tendencias artísticas que pusieron patas arriba el canon no solo de la pintura, sino de la poesía, la fotografía y la música.

Edith Piaf trabajó en la compañía de su padre hasta que la dejaron al cuidado de su abuela para dedicarse a sus giras por los pueblitos de la campiña francesa. Jean-Marie Javron, cuenta en su biografía (Edith Piaf: el gorrión de París) que su abuela Clarissa la crió con vino en lugar de agua, “pues decía que ésta era mala para el cuerpo”; en tanto, su tía, que vivía con ellas, dirigía un burdel.

Edith Piaf, cantante francesa

Aparte de Cerdan, fueron varios los romances de Edith Piaf. Los más conocidos fueron con Marlon Brando, Yves Montand, Charles Aznavour, Theo Sarapo y Georges Moustaki.

“No hablaba, no se reía, no caminaba y encima tuvo una meningitis que la dejó ciega”, comenta Javron. El único gesto amoroso que conoció de su abuela fue llevarla a la Iglesia de Santa Teresita de Lisieux y encomendársela a la virgen. “Dicen que un milagro le devolvió la vista”, agrega.

Con 15 años se fue a París, donde se ganaba la vida como cantante en las calles y los cafés. En 1935, cuando se presentaba en 1936 fue descubierta por Louis Leplée, dueño de varios cabarets, quien la bautizó con el nombre de ‘Môme Piaf’, (El pequeño gorrión). Por aquellos años se enamora del chico de recados, Louis Dupont, con quien tuvo una hija, Marcelle, que murió de meningitis a los dos años.

Su potente voz y su estilo al interpretar canciones como ‘Je ne regrette rien’ o ‘La vie en rose’ le dieron fama en Europa y Estados Unidos. Actuó en películas, comedias y operetas. Se enamoró de de celebridades como Charles Aznavour, Yves Montand y Jaques Pills; también fue íntima amiga de Marlene Dietrich y Jean Cocteau.

Con Marcel Cerdán, el amor de su vida, vivió un tormentoso romance de dos años. Cuando éste regresaba de Nueva York en 1949 para reencontrase con Piaf y preparar la revancha con Jake LaMotta, el avión se estrelló en el Pico de Vara, una montaña de la isla de San Miguel, en el archipiélago de las Azores.

La muerte de Cerdan la destrozó, recurrió al alcohol y a los calmantes para poder seguir cantando. En 1962, cuando se acerca a la cincuentena, se casa con un muchacho de 27 años, Theo Sarapo, muerto en un accidente automovilístico en 1970, que está enterrado con ella en la misma tumba del Cementerio del Père-Lachaise.

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