El Senador que hizo invivible al país

El Senador que hizo invivible al país

25 de septiembre del 2013

Imagine a un hombre a quien sus amigos y admiradores le apodaban “El rugido del monstruo”, sus enemigos lo describían como un chupasangre de la política y la gente del pueblo asustaba a los niños con la amenza de que el esperpento conservador vendría a castigarlos. Todos y todo fueron blanco de su cólera radical y su inflexible moral: ni Papas, Arzobispos, artistas y escritores se salvaron de su dedo señalador.

Fue el Senador más temido, el hombre que desde la oposición radical, sin apellidos ni atenuantes protagonizó la política colombiana durante treinta años, ¿cómo lo hizo? ¿Logró llegar al poder?

Laureano Gómez nació en Bogotá en 1889, estudió en el colegio San Bartolome y se graduó de ingeniero civil en la Universidad Nacional en 1909. De joven asistía a los debates en el Congreso de la República (todo un plan para grandes y chicos en aquella época) mientras dirigía su primer periódico de carácter religioso, La Unidad. En 1915 fue elegido senador, aunque no pudo ejercer el cargo por ser demasiado joven, tenía 26 años. Meses después ingresó al Capitolio Nacional con la firme intención de hacer oposición al Gobierno de Marco Fidel Suárez. En 1921, con sevicia y sin la menor consideración por el Jefe de Estado (de avanzada edad), lo denunció por malos manejos, despilfarros y negociaciones con los Estados Unidos. Lo obligó a renunciar, de una forma tan patética que se convirtió en figura nacional.

Desde esa ocasión, Gómez fue el hombre del año, el protagonista del acontecer político nacional que desde su curul como senador se convirtió en el más temido fiscal de la moral pública. Eduardo Santos, tío abuelo del actual presidente, dijo que “el monstruo nació ese día”.

Tras un corto receso diplomático, llegó al gabinete como Ministro de Obras Públicas en 1926. Fue tal la virulencia contra la oposición del partido Liberal, que los propios conservadores no se lo aguantaban y terminaron por no llamarlo a controles, y si debía ir preferían abandonar el recinto.

Laureano Gomez Presidente de Colombia, kienyke

Con Alberto Lleras Camargo, líder y estadista del partido Liberal, después de firmar los acuerdos de Sitges en España, con los que se puso fin al Gobierno de Rojas Pinilla en 1957.

En 1930 cambiaron las cosas. Los Liberales llegaron al poder después de décadas de aislamiento. El triunfo bajó la moral de los godos pero no la de Gómez, que veía en cada derrota de los suyos la oportunidad para sobresalir. Ese año fue nombrado embajador en Alemania. Duró allí dos años, lo justo para conocer de primera mano la máquina de propaganda política de los Nazis encabezada por Joseph Goebbels. Vio las marchas que organizaba el partido de Hitler, admiró la capacidad de convocatoria y el papel de la radio y el cine en aquella estrategia política. Pero había algo que no soportaba de los alemanes, que hacía que desconfiara hasta los límites de la antipatía: la Reforma protestante. El mayor crimen de Alemania, sostenía años después con amigos, no era Hitler sino Lutero.

A su regreso al Senado, se enfrascó en una batalla con el jefe consercador Román Gómez, quien habia hecho una alianza (una especie de Unidad Nacional) con el Gobierno liberal de Olaya Herrera. Laureano lo despedazó en los debates, ya nadie se atrevió a enfrenarse con él en el Senado, ese día se conviritó en el jefe absoluto del partido Conservador. El control sobre su colectividad, “La disciplina para perros”, como calificó uno de sus transitorios oponentes, Alberto Lleras Camargo. Nada se movía dentro de su partido sin su expresa voluntad, “el conservatismo se convritió en una máquina de guerra despiadada y ferozmente coordinada para hacer invivible la república bajo el régimen liberal”.

Ese fue su triunfo: oponerse a todo y a todos. Llegó al poder en 1950, pero su salud estaba quebrantada por lo que abandonó  el mandato en varias opotunidades para chequeos y tratamientos médicos en Estados Unidos, dejando en el poder a Rafael Urdaneta. Pero su obsesión por no soltar el control hizo que terminase mandando a Colombia con telegramas de última hora y gobernando desde el teléfono. Todos sabían que quien mandaba era él, eso sí con un títere para disimular.

Su último período como senador fue a inicios de los años sesenta. Murió en 1965, fue sepultado en Bogotá, al lado de su esposa, bajo una lápida sencilla que solo lleva su nombre.

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