Erik Satie

17 de mayo del 2011

Erik Satie era un tipo extraño. En principio, por lo menos en público, a nadie le importaba, decían, mientras su música fuera comprensible. Pero su música era extraña, y sobre todo se fue volviendo más extraña cada vez. Entonces a todo el mundo le pareció gravísimo que fuera un tipo tan extraño. La situación parece […]

Erik Satie

Erik Satie era un tipo extraño. En principio, por lo menos en público, a nadie le importaba, decían, mientras su música fuera comprensible. Pero su música era extraña, y sobre todo se fue volviendo más extraña cada vez. Entonces a todo el mundo le pareció gravísimo que fuera un tipo tan extraño. La situación parece absurda, y sin duda lo es, pero de todas formas encierra una verdad medianamente inteligible, para la dilucidación de la cual es preciso hablar acerca de la naturaleza de ciertos adjetivos, y en particular del adjetivo “extraño”, un adjetivo sin duda autorreferente. En efecto, el adjetivo extraño, bien mirado, es bastante extraño, y su extrañeza radica en una aparente paradoja: al denominar lo extraño y ser extraño a la vez, el adjetivo extraño es adjetivo de sí mismo. Y sin embargo, lo que lo hace extraño es que no es en absoluto autorreferente, o por lo menos no es referente a lo que se supone que es referente, como todo adjetivo debe serlo, y eso es, cabalmente, al sustantivo. Por más que nos lo repitieran esas solteronas tristes a las que en primaria nos obligaban a llamar profesoras, no todos los adjetivos se refieren al sustantivo que los precede o que, en textos de estilo por lo general anticuado, los antecede. El adjetivo extraño, por ejemplo, no nos explica realmente nada sobre el sustantivo que lo acompaña. Que un perro sea extraño parece indicarnos que no es como los demás perros, pero nada aprendemos de ese perro, del mismo modo en que nada aprendimos de esas solteronas tristes, lo que, bien mirado, las hace un poco extrañas a ellas también. Por otra parte, hay gente a la que todo le parece extraño, y es poco probable que el lector no pueda pensar en alguien de inmediato. Que alguien haya llamado por teléfono y preguntado por alguien más que nunca ha vivido ahí les parece extraño. Que la tienda haya estado cerrada a medio día les parece de lo más extraño, y un hombre que se quedó mirándolos en la calle el otro día le pareció el colmo de lo extraño.; el rock de los setenta: extraño; los poemas de León de Greiff: extrañísimos; los cuadros de Chagall: ¡Qué cosa más extraña! Esa gente, por lo general, no entiende nada, o está loca, que equivale a entender cualquier cosa, es decir, a no entender nada. Lo curioso es que el hecho de que todo les parezca extraño nos dice muy poco sobre todas esas cosas y en cambio nos dice mucho sobre la persona que reparte extraños a diestra y siniestra. En efecto, el adjetivo extraño dice mucho más sobre el sujeto que enuncia la frase que sobre el sustantivo al que se le encaja, y eso es cabalmente lo que lo hace un adjetivo tan extraño.

Volviendo a Erik Satie, el hecho de que todo el mundo lo encontrara extraño nos dice muy poco sobre Erik Satie y en cambio nos dice mucho sobre todos los demás franceses de su tiempo. Pero todos los demás franceses de su tiempo no se murieron hoy hace ciento cuarenta y cinco años, así que hay que decir algo (lo que sea, en este punto), sobre Erik Satie.

Erik Satie componía música par cabaret, pero le quedaba demasiado bien, así que empezaron a imprimirle las partituras y a venderlas como música clásica (antes, por supuesto, de que se dieran cuenta de lo extraño que era). Pero Erik Satie no era músico, pues se autodenominaba fonometrógrafo o también gimnopedista, y las partituras que escribía muchas veces tenían direcciones imposibles de seguir, como en su Dance Cuiraseé, en que se indica: “Paso noble y militar. Se baila en dos filas. La primera no se mueve. La segunda fila se queda quieta. Los bailarines reciben un sablazo que les divide en dos la cabeza”. Incluso los títulos muchas veces dejaban boquiabiertos a sus editores, pues no aludían en manera alguna, según su flaco criterio, a la pieza que titulaban. Algunos de ellos eran tres fragmentos en forma de pera, Españaña y Verdaderos preludios flacos, para un perro. La mayor parte de su vida vivió de vender tales obras, que los editores pronto empezaron a dejar con sus títulos originales ya que habían descubierto que la extrañeza de Satie era en realidad sentido del humor. Entonces lo promocionaron como un autor satírico, y lo hicieron relativamente rico, por un breve tiempo por lo menos, hasta que descubrieron que la música de Satie no tenía nada de humorístico, o mucho de humorístico tal vez, pero que era siempre hermosa, y siempre hecha con seriedad. Entonces eso les pareció extrañísimo y poco a poco dejaron de quererlo.

Mientras tanto, Erik Satie seguía escribiendo música, sin importar a quién le pareciera muy extraña o poco extraña. En cuatro décadas como compositor, escribió algunas de las obras más agradables de la época, y algunas de las más interesantes formalmente a veces también. Pero sus detractores, que no fueron pocos, lo acusaron siempre de la más espantosa extrañeza, y peor aún, de ser extraño a propósito. Y nunca pudieron gozar de ese gimnopedista que tenían al lado y al que los preludios para perro le quedaban tan bien. ¡Qué gente extraña!

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