Mario Cuomo, el ícono de Nueva York que evitó ser presidente

2 de enero del 2015

Falleció a sus 82 por una insuficiencia cardíaca.

Mario Cuomo

MarioCuomo, fallecido el primero de enero de 2015, a los 82 años, pasará a la historia de la política de Estados Unidos como el gobernador más duradero del estado de Nueva York desde Rockefeller, por su oratoria, su fe y su liberalismo, pero también por deshojar la margarita de la candidatura demócrata a la Presidencia.

‘El Hamlet del Hudson’ apodaron a este político cuya facilidad para el verbo apasionado alcanzó su culminación en 1984, cuando en la Convención del Partido Demócrata lanzó un discurso que puso en evidencia las carencias políticas del entonces presidente Ronald Reagan.

“Señor presidente: usted debería saber que esta nación es más ‘historia de dos ciudades’ que una ‘ciudad brillante en la colina”, como Reagan la había definido, y así apuntaló su política liberal pero siempre con una mirada puesta en las clases más desfavorecidas, de las que él provenía.

Mario Matthew Cuomo nació el 15 de junio de 1932 en Queens, hijo de emigrantes italianos, y murió el mismo día que uno de sus cinco hijos, Andrew, juraba por segundo mandato consecutivo el mismo cargo que él ocupó entre 1983 y 1994.

En su discurso, pronunciado horas antes de la muerte de su padre en la casa de la familia en Manhattan, Andrew Cuomo recordó, precisamente, que en el Nueva York de hoy ya no era posible que alguien (como su padre) nacido en una familia humilde de un barrio periférico llegara, gracias a la educación pública, a un alto cargo.

Mario Cuomo, efectivamente, cumplió el sueño americano: jugó al béisbol mientras estudiaba en la universidad de St John’s, donde cursó los estudios de abogacía, adquiriendo los suficientes conocimientos como para empezar a intentar cambiar las injusticias que tenía más a mano y enfrentarse a Samuel LeFrak en sus ambiciosos proyectos inmobiliarios en Queens.

Así llamó la atención del entonces alcalde de Nueva York, John Lindsay y, a partir de ahí, comenzó su carrera política: en 1974 se convirtió en teniente gobernador del estado de Nueva York, luego pasó a secretario y, finalmente, en 1983 se convirtió en el primer gobernador de Nueva York de sangre italoamericana.

Cuomo decía que tenía “la solemne obligación de crear oportunidades para toda nuestra gente” y la religión católica con la que fue educado empapó de mesianismo sus discursos, aunque luego tuviera polémica con la Iglesia por su postura a favor del aborto.

Su otra fe, el liberalismo, hizo que sus presupuestos fueran impecables y su política fiscal favoreció que Nueva York recuperara su calidad de capital financiera mundial, en la época de los “yuppies” de Wall Street.

Firme opositor de la pena de muerte, defensor de la educación y la sanidad públicas y responsable directo del cierre de la planta nuclear de Shoreham, en Long Island, las tres legislaturas que aguantó en el cargo le convirtieron en el gobernador más duradero del estado desde Rockefeller y, desde entonces, solo su hijo, Andrew Cuomo, ha durado más de un mandato.

Sin embargo, el inspirador carisma de Mario Cuomo le dibujó rápidamente un perfil presidenciable en el que él no acababa de sentirse cómodo y sus cabilaciones terminaron por irritar a su propio partido, por no atreverse a dejar la cabeza de ratón para ser cola de león.

También cuando Bill Clinton quiso contar con él para el Tribunal Supremo, se echó atrás en el último momento. Hoy, el expresidente de EE.UU. lo recordó como “un apasionado servidor público y la encarnación del sueño americano”.

Al ser derrotado en el cuarto mandato por Goerge Pataki, poco a poco fue apartándose de la política, mientras entraba en escena su hijo.

Ayer, una insuficiencia cardíaca le quitó la vida en su casa de Manhattan, junto a su familia y a su mujer, Matilda Raffa Cuomo, con la que había cumplido 60 años de matrimonio en 2014. EFE

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