Chesterton, el apóstol del sentido común

Chesterton, el apóstol del sentido común

28 de Mayo del 2014

La época en que vivimos, por más filonorteamericana que parezca, es sin lugar a duda una época de un renacimiento gótico. Cuando el Abad Suger construyó la catedral de Saint-Denis, a la cual todos los arquitectos posteriores amoldaron las suyas, una de las cosas que más le preocupó fue cumplir con los requisitos de toda construcción escolástica, que exigía de las construcciones dos principios fundamentales, el primero de los cuales llamaban manifestatio. Los libros, según ese principio, debían revelar toda su estructura, capítulos argumentos, y orden, en una primera y rápida ojeada. Las catedrales, a su vez, debían revelar los principios de su construcción a una primera vista de sus oblongas bóvedas. Por eso las catedrales góticas están construidas con las costillas por fuera, de manera que se entienda cómo cada columna sostiene cada arco ojival, y como cada arco sostiene cada bóveda, y cómo las columnas de la nave sostienen el triforio que a su vez sostiene el claristorio, que a su vez sostiene el techo.

El otro principio escolástico se llamaba concordantia, y exigía que toda construcción, de palabras o de ladrillos, incorporara los conocimientos de las construcciones previas y los hiciera ponerse de acuerdo. Cada summa escrita en el siglo XII es justamente una suma de conocimientos previos, en que cada opinión de un Padre de la Iglesia lejano está en armonía con las demás, y está incluida en el libro. Y cada catedral es a su vez un compendio de conocimiento arquitectónico desde los orígenes hasta el momento en que la catedral fue levantada.

No existe un motivo por el cual los computadores y el internet, las catedrales de nuestro flaco tiempo, tuvieran que haber sido construidos según estos principios medievales, en especial cuando veníamos de una época en que los principios eran bien otros, más dirigidos a esconder las estructuras que a explicarlas. Así, sin duda, están escritos los libros de Chesterton, incatalogables en una librería pues los géneros están mezclados, los ensayos llenos de poesía, la poesía llena de argumentos, los cuentos llenos de historias comunes y los tratados llenos de argumentos altamente inverosímiles. Pero por algún motivo  los principios escolásticos se colaron a la mente de los norteamericanos (¿será porque solían leer la Antología de Spoon River?), y hoy en día todo está regido por ellos.

¿Qué otra cosa obsesiona más a los gringos que construir una máquina que haga el trabajo de tres o más máquinas anteriores? Las lavadoras que también secan, las impresoras que también escanean y fotocopian, los lápices que son esfero rojo y esfero negro y lápiz a la vez, los televisores que navegan por internet, los computadores con televisión, y esos híbridos entre el teléfono, el gramófono y el telégrafo bautizados en honor a las moras. El principio de concordantia es sin duda en principio rector en este caso, qué duda cabe.

Pero ahí no se detiene la pasión escolástica de los norteamericanos, que además quieren que todo el mundo entienda a la perfección cómo funcionan todos esos aparatos. Pedir un computador en una tienda podría ser perfectamente un proceso equivalente a pedir un plato en un restaurante: “deme algo que satisfaga estas necesidades que tengo hoy: 1. llenarme la panza. 2. Con algo de buen sabor”. A nadie le importa saber si el chef va a clarificar la mantequilla o va a pelar las almendras o va fritar las papas dos veces a distintas temperaturas; eso es problema de él. Pero para comprar un computador no sirve decir: “quiero un aparato que me permita revisar el correo, escribir cosas y escuchar el disco de Béla Bartók que me regaló mi abuela de cumpleaños”. No, no. Hay que saber exactamente la combinación de cablecitos y alambritos que uno quiere que el computador tenga por dentro, hay que saber si es Pentium o Core Duo, de cuánto es la memoria RAM y la capacidad de disco y la de la tarjeta de sonido y el tipo de puertos que uno quiere, y la calidad de la imagen, y un sinfín de cifras y datos que finalmente cuyo verdadero significado muchos ignoramos.

Con los libros, por suerte, la cosa no ha sido tan grave. Bien es cierto que ya no quedan librerías de esas en las que había libros puestos por ahí, y uno se podía encontrar con cualquier cosa. Ahora las librerías son un archivador desesperante de libros catalogados por los criterios más absurdos, criterios que no admiten un libro de Chesterton en una sola de sus categorías. Sin embargo, no estamos en el punto de los computadores todavía, pero no dudo en que eventualmente llegará. Entonces no será suficiente decirle al librero: “tengo ganas como de una novela larga como con guerras”, ni “mi sobrina tiene diez años y le encantan los vampiros”. Ante esas vagas indicaciones el librero, como el vendedor de computadores, nos va a mirar con condescendencia hasta que no le digamos: “Buenas: necesito una novela con: largo aliento, narrador omnisciente, personaje antagónico, estructura dramática aristotélica, flashbacks cada 30 páginas, capítulos cortos, y tema histórico italiano-francés”. Y sólo así el librero se dignará ir al estante y volver con La cartuja de Parma.

Y ese, que no quepa duda, es el destino escolástico que nos aguarda en este renacer gótico en que vivimos, en el que los libros de ese apóstol del sentido común llamado tantas veces Chesterton, llenos de magia y expectativa, no tienen un lugar asignado.