Giordano Bruno

17 de enero del 2011

De todos los sabios renacentistas que murieron en la hoguera por orden de la Iglesia católica, después de ser por supuesto torturados y condenados al Infierno, Giordano Bruno era sin duda el que más se lo merecía. Savonarola, por ejemplo, había hecho en realidad más por preservar los valores de la Inquisición que por perpetuar […]

Giordano Bruno

De todos los sabios renacentistas que murieron en la hoguera por orden de la Iglesia católica, después de ser por supuesto torturados y condenados al Infierno, Giordano Bruno era sin duda el que más se lo merecía.

Savonarola, por ejemplo, había hecho en realidad más por preservar los valores de la Inquisición que por perpetuar la herejía; quemó públicamente el Decamerón y demás libros libertinos, acusó a cuanto homosexual se encontró por el camino, condenó el lujo y la riqueza y predicó las enseñanzas de Francisco y de Domingo, y sólo al final, por una vieja lealtad hacia los Medici, atacó por escrito al Papa, con unos argumentos que harían reír un siglo después a Lutero y sus secuaces. Y sin embargo a la pira fue a parar.

Galileo, a pesar de que apoyaba el modelo heliocentrista de Copérnico, en realidad sólo divergía de las Santas Escrituras en cuestiones técnicas, e hizo lo posible por hacer entender a los padres de la Iglesia que sus descubrimientos se contradecían sólo en apariencia con la verdad sagrada. Y sin embargo ardió.

Desde este punto de vista, resulta difícil imaginar el castigo que le habría tocado a Bruno si la Inquisición hubiera tenido una vaga idea de lo profundas que eran las raíces de su herejía, y de lo peligrosas que podrían haber sido si la gente se hubiera tomado el trabajo de estudiarlas con atención. Su condena, en realidad, se basó en acusaciones bastante superficiales, en una vaga simpatía con el protestantismo, en su defensa de Copérnico (con el que concordaba, de nuevo, sólo aparentemente) y en una lectura mediocre de su Spaccio della bestia trionfante.

Pero en realidad el pensamiento de Bruno contradice a las Escrituras a un nivel primordial, relacionado con la infinitud del universo, que niega la Creación, y con la utilidad de la taumaturgia, o magia destinada a cambiar el mundo sensible, que cuestiona no sólo el papel de la Iglesia en la Tierra, sino la subordinación a Dios de los destinos humanos. El pensamiento de Bruno está construido sobre el pensamiento de Platón, pero no sobre las ideas que pasando por Aristóteles se convirtieron en fundamentos del catolicismo, sino de las otras, de las de corte hermético y pitagórico que la Iglesia tanto se empecinó en relegar al olvido.

Pero esto la Inquisición no lo supo ni antes ni después de cortarle la lengua y condenarlo a la hoguera, y por esto es que las últimas palabras de Bruno frente al tribunal fueron “Tal vez se estremezcan más ustedes al pronunciar esta sentencia que yo al escucharla”, dichas con la irónica sonrisa del que sabe que mientras sus enemigos ignoren cuál es el arma secreta, esta pasará desapercibida todas las condenas y todas las censuras, y llegará una y otra vez al que sepa encontrarla, por los siglos de los siglos amén.

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