Giovanni Pierluigi da Palestrina

Giovanni Pierluigi da Palestrina

2 de febrero del 2011

Como respuesta al rápido auge de la herejía luterana en Europa, el Papa ordenó un concilio ecuménico, medida extraordinaria de reagrupación de fuerzas que no habrían de convocar después por casi trescientos años. Este concilio se celebró en Trento, y consistió en tres sesiones a lo largo de casi veinte años. Su objetivo era precisar los puntos de doctrina atacados por los protestantes, reformar el clero y decidir exactamente quién era hereje y quién no, y condenar a los que sí. El concilio fue la cuna de la Contrarreforma, que dictó la actitud agresiva y conservadora de la Iglesia hacia los protestantes de ese momento en adelante.

Uno de los puntos en discusión era la acusación de idolatría que había Lutero en sus Tesis, en que hablaba del culto a la Virgen y de la opulencia de la música sacra. Como respuesta, la Iglesia, que ya había sido suficientemente terca en tantos otros puntos, concedió un poco en estos dos, regulando el culto a la Virgen y limitando las posibilidades de la música sacra.

Estas imposiciones, según los historiadores de la música, habrían acabado del todo con la música sacra de no haber sido por el Giovanni Pierluigi Palestrina, que halló la manera de hacer maravillas con las pocas libertades de composición que el concilio había dejado.

Los italianos del el Renacimiento no descollaban en este tipo de música, monopolio de los franceses, los holandeses y los españoles. Por eso Palestrina surgió tan pronto en su país, pero lo hizo sin mentores ni maestros directos. El talento lo sacó de sus constantes trabajos como miembro de los coros de diversas iglesias, organista en Santa María Maggiore, y maestro de la Capilla Julia. Allí, al mando de los coros, puro experimentar con las incipientes formas de la polifonía que le eran accesibles, y construir una obra que bordeara sutilmente las limitaciones del Concilio cosa de darles la mayor expresividad sin condenarlas al Indice.

Palestrina compuso madrigales, motetes, ofertorios y letanías, pero sobre todo compuso la Misa sin nombre, servicio completo en que encontró el equilibrio entre la magnificencia musical y la cristiana humildad, la glorificación del Señor sin ostentación, que ayudaron a Bach, doscientos años después, a escribir su Misa en Si menor, máxima expresión de la música sacra moderna, razón por la cual aún hoy la misa es un género favorito en compositores con inclinaciones religiosas, la mayoría de  los cuales han reconocido en sus obras su deuda con Palestrina.