Guillermo Cabrera Infante

Guillermo Cabrera Infante

21 de febrero del 2011

Hijo de padres militantes comunistas, varias veces presos y otras tantas puestos en libertad, Cabrera Infante esperó con ansias en su juventud la oportunidad de hacer parte de la revolución, y cuando ésta en efecto llegó, en manos de Fidel Castro, en el año cincuenta y nueve, Cabrera Infante se tomó muy en serio su papel en el nuevo orden, dirigiendo el suplemento cultural Lunes de revolución del periódico Revolución, y metiéndose en cuanto proyecto no habría podido hacerse años antes, bajo el régimen de Batista.

Pero las ideas revolucionarias de Cabrera Infante se fueron pareciendo cada vez menos a las de Castro, que habiendo iniciado su gobierno dispuesto a permitir toda expresión artística que legitimara al pueblo cubano, muy pronto fue disminuyendo el alcance de su tolerancia, asustado por la creciente presión sobre su mandato. Cuando en el sesenta y uno Castro se dirigió a los intelectuales cubanos con el lema de “Entre la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, Cabrera Infante entendió que se acercaba el fin de la carrera revolucionaria que tanto había anhelado. Sin embargo, decidió sacar el corto P.M., que ya había terminado de filmar el año pasado con algunos colegas, y en que se documentaba, sin ninguna interpretación particular, la vida nocturna de La Habana, la que todos los cubanos habían visto en vivo pero jamás en directo, habían visto en la calle pero jamás en televisión. Acorde con su nueva censura revolucionaria, Castro lo tachó de inmoral, y lo prohibió, y entonces, aprovechando haber sido enviado a Bruselas como agregado cultural de la embajada, Cabrera Infante se exilió, permaneciendo en Inglaterra hasta el día de su muerte.

En Londres vivía con las dos hijas de su primer matrimonio, y con la actriz Miriam Gómez, su segunda esposa, a la que siempre llamaría por su nombre y apellido, como si se tratara de una colega en una firma de abogados. Esta extraña particularidad suscitó el interés de un entrevistador español que no pudo evitar preguntarle por qué se refería con tanta seriedad y con tan poco cariño a la mujer de su vida, a lo que Cabrera Infante respondió que Miriam Gómez ya era Miriam Gómez cuando él la conoció, y que además él había perdido su capacidad de ternura y su sentido del humor en el año de 1961, cuando Castro lo obligó a salir de Cuba. Esta afirmación, en boca de uno de los escritores más creativos y graciosos de Cuba, dicha con una seriedad lapidaria frente a las cámaras, fue una verdadera sorpresa tanto para los televidentes como para el presentador, que no tuvo más remedio que reírse, porque sabía muy bien, que a pesar de esa pataleta un poco infantil que a Cabrera Infante le había dado por hacer, cierta o actuada, se contradecía del todo con cada uno de sus libros, satíricos, lúdicos e inteligentes hasta el borde de la ilegibilidad.

En efecto, parece ser que aunque el duro golpe del exilio sí volvió a Cabrera Infante un tipo rígido y huraño por fuera, también encausó todo su espíritu revolucionario hacia su producción literaria, que habría de ser, aunque ya no en términos marxistas-leninistas, una verdadera revolución del español, de su literatura y de sus géneros convencionales.

Los libros de Cabrera Infante no se parecen a casi nada que se haya escrito en español, lo que en parte se debe al hecho de que muchos de ellos estén escritos en inglés, no por las palabra que usa, que son siempre las de su idioma, sino por la forma en que las ordena, las combina y las confunde. El calembour, el sinsentido, el passepartout, las aliteraciones, los juegos de palabras, las paranomasias, los retruécanos, y demás recursos de la literatura inglesa del nonsense inundan la obra de Cabrera Infante, intraducible desde el título hasta la última página. Tres tristes tigres, es una de sus novelas, que también puede verse como un extenso trabalenguas. La Habana para un Infante difunto, juego de palabras con Pavana para una infanta difunta, de Ravel, es lo más cercano que escribió a una autobiografía, en que narra los desmanes de su amor por el cine y las mujeres en su juventud, todo escrito en el más extravagante español. Pero también escribió libros enteros de juegos literarios, como Ejercicios de esti(l)o, en que figura su inolvidable Canción cubana:

¡Ay, José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!

Además de ser esta una muestra de la destreza con que logró explorar los extremos más absurdos del idioma, es también la prueba de cómo ese innato espíritu vanguardista, al contrario de lo que él mismo gustaba hacer creer, no murió con el exilio, sino que apenas cambió de rumbo, encaminándose desde entonces por la vía de la literatura, en la que logró, aunque sea prematuro decirlo, una revolución más honda y duradera que la de los cubanos, pues la suya sí logró adentrarse hasta la médula de las múltiples culturas de los latinoamericanos.

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