Gustave Courbet

1 de enero del 2011

En una ocasión, Courbet escribió “cuando me muera, que se diga de mí lo siguiente: no perteneció a ninguna escuela, a ninguna iglesia, a ninguna institución o academia, y sobre todo a ningún régimen, a excepción del régimen de la libertad”. En efecto, así vivió Courbet toda su vida, libre de todo ordenamiento moral, incluso […]

Gustave Courbet

En una ocasión, Courbet escribió “cuando me muera, que se diga de mí lo siguiente: no perteneció a ninguna escuela, a ninguna iglesia, a ninguna institución o academia, y sobre todo a ningún régimen, a excepción del régimen de la libertad”. En efecto, así vivió Courbet toda su vida, libre de todo ordenamiento moral, incluso en los malos tiempos, de persecución y de exilio.

Courbet nació en una familia pudiente del campo, en Ornans. Muy joven viajó a París a conocer las obras de los románticos franceses y a los maestros holandeses, a quien admiraba por encima de todos. Allí comenzó a hacer sus primeras obras importantes, basadas en clásicos de la literatura. Pero muy pronto decidió representar la realidad de modos más directos y se dedicó a pintar autorretratos y escenas mundanas de la gente del campo.

Con estos cuadros consiguió la pronta atención del público parisino, que no había visto jamás escenas tan desprovistas de glamor, casi feas a propósito, pintadas en cuadros de dimensiones gigantescas, usualmente reservados sólo para los temas reales y religiosos. Muchos consideraron su obra como un vano intento de llamar la atención con un realismo grotesco, pero otros tantos entendieron qué era lo que se proponía, a saber, eludir la necesidad romántica de hacer símbolos con las obras para encontrar la realidad inmediata, tal como se le daba al viajante del campo y al transeúnte de la ciudad.

Así es que muy pronto se le atribuyó la fundación de la escuela realista, junto con Millet y Daumier, que venían experimentando por el mismo camino, pero a la que Courbet nunca dio su apoyo concreto y para la cual nunca delineó un programa o manifiesto. Porque Coubret quería mostrar en sus cuadros lo que el romanticismo no quería mostrar, y entonces siguió pintando y por supuesto, escandalizando. Durante la Exposition Universelle de 1855, a la que no lo quisieron invitar, Courbet armó una carpa improvisada justo al lado, y expuso sus últimas obras. Napoleón III, arrepentido de haberle otorgado la Legión de Honor, rompió con el látigo uno de sus lienzos, que figuraba a dos prostitutas desnudas en el parque tomando el sol. Baudelaire también fue a la exposición, y en cambio se volvió uno de los defensores vitalicios de Courbet, manteniéndolo fuera de peligro.

Sin embargo, unos años después expuso su cuadro EL origen del mundo, que figura una vagina peluda en primer plano, y eso le costó, disfrazado de otras excusas políticas, el destierro a Suiza, y una multa millonaria por haber tumbado un monumento imperial durante el corto mandato de la Comuna de París. Pero una vez en Suiza, Courbet se perdió sin la menor intención de pagar la multa, y cuando finalmente la inteligencia lo encontró de nuevo, lista con la cuenta de cobro, Courbet se les había escapado una vez más, pero esta vez para siempre, por medio de un ataque al hígado a causa de la bebida.

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