Gustavo Rojas Pinilla

17 de enero del 2011

Cada tanto, en la circular historia de Colombia, vuelve el caso del político provinciano apoyado por los militares que los rolos de los partidos tradicionales dejan subir al poder porque no logran llegar a un acuerdo entre ellos, lo respaldan un tiempo y amenazados por su poder creciente, lo vuelven a sacar, lo acusan de […]

Gustavo Rojas Pinilla

Cada tanto, en la circular historia de Colombia, vuelve el caso del político provinciano apoyado por los militares que los rolos de los partidos tradicionales dejan subir al poder porque no logran llegar a un acuerdo entre ellos, lo respaldan un tiempo y amenazados por su poder creciente, lo vuelven a sacar, lo acusan de dictador y lo reemplazan con una alianza tibia que llaman bipartidista con la cual vuelven de nuevo a apreciar las mieles de no hacer nada.

El capítulo se ha repetido incontables veces desde el comienzo de la circular historia de Colombia, y aunque el ejemplo más reciente es el del último ex presidente, o proceso de desprestigio, el más importante hasta ahora ha sido el del general Gustavo Rojas Pinilla.

Su asenso al poder, que muchos aún tienen la insensatez de llamar golpe de estado, fue más algo así como un “túmbilis” de estado, de un estado al que los liberales habían renunciado y del que nominalmente estaba al mando un fantasmal Laureano Gómez, relegado a la comodidad de su hogar por una mortífera gripa, y dedicado de lleno al sutil arte de hornear pandeyucas. Por eso es que cuando Rojas tomó el poder, sin un solo muerto, pues nadie estaba encargado de defenderlo, los rolos elegantes se sintieron aliviados, pues finalmente habrían de recibir un merecido descanso de la ardua labor de tomar responsabilidad por un país que no iba a ninguna parte y por un gobierno que no hacía nada al respecto.

Pero Rojas, que era militar y por tanto no soportaba unas botas sin embetunar y un reloj con la hora adelantada, se puso a hacer cosas. Cosas prácticas que tal vez no tendrían demasiadas consecuencias a largo plazo,  pero cosas visibles y palpables, como el voto femenino, la vía al Dorado y la paz con las guerrillas liberales, que produjeron en los colombianos la extrañísima sensación de que el círculo de la historia se rompía y las cosas empezaban a tomar una sola dirección.

Esto agradó inicialmente a los rolos, que apoyaron la reelección de Rojas para un siguiente mandato, pensando en que podían retomar en cualquier momento las riendas del poder que les era propio por asociación divina. Pero Rojas le había empezado a tomar cariño al cargo, y cuando los rolos empezaron a difamarlo, les cerró el pico clausurando El Tiempo y El Espectador. Entonces los rolos se asustaron, se reunieron donde Laureano y a la segunda tanda de pandeyucas ya habían borrado hasta la última mortal diferencia que los había hecho odiarse a muerte sólo unos cuantos años atrás. Como una madre ante dos hijos que quieren al tiempo el mismo juguete, decidieron turnarse la presidencia después de llevar de una oreja a Rojas de vuelta al pajonal del que había salido. Entonces brindaron y pusieron en marcha ese triste pacto de niños llamado el frente nacional, accionando nuevamente, sabiéndolo o sin saberlo la rueda perezosa de la historia de Colombia.

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