Higashiyama

16 de enero del 2011

A pesar de que durante varios siglos el Imperio japonés había tenido momentos de clara magnificencia y de un férreo control sobre el territorio, su poder había menguado sensiblemente a la altura del emperador Reigen, número 112 según el orden de sucesión tradicional. El bakufu, o corte de los shogun, equivalentes a los señores feudales […]

Higashiyama

A pesar de que durante varios siglos el Imperio japonés había tenido momentos de clara magnificencia y de un férreo control sobre el territorio, su poder había menguado sensiblemente a la altura del emperador Reigen, número 112 según el orden de sucesión tradicional. El bakufu, o corte de los shogun, equivalentes a los señores feudales de la Edad Media europea, había adquirido una fuerza política difícil de desmantelar. En efecto, el período en cuestión suele llamarse la Era Edo, en honor a la ciudad de Edo, hoy Tokyo, desde la cual el bakufu ejercía su dominio.

Sin embargo, tras la muerte del emperador Reigen una estrella fugaz se vio surcar el cielo. Los sabios no supieron interpretarla adecuadamente, pues el sucesor de Reigen había de ser su hijo, cuya sed de poder y escasa templanza todos conocían y temían. Pero los shogun del bakufu también las conocían, y temiendo las consecuencias de su locura, adoptaron al quinto de los hijos de Reigen, un joven apacible y poco interesado en los juegos del poder, que habría de ser llamado Higashiyama una vez coronado emperador.

Entonces siguió una efímera época de paz, debida a que tanto la familia imperial como el bakufu creían tener al emperador bajo su mando, pero llegado el momento de tomar importantes decisiones de estado, los encuentros comenzaron nuevamente. El bakufu emitió monedas de cobre con su símbolo sin permiso del emperador, y antes de un mes la ciudad de Edo caía bajo el ataque de un incendio. La familia imperial, radicada en Osaka, tomó el suceso como una oportunidad para hacerse de nuevo con el trono, y emitió sus propias monedas: cayó la ciudad de Osaka bajo el escozor de un temblor. Entonces el bakufu, resguardado temporalmente en el monte Fuji, cortó los suministros de víveres hacia Osaka, y el monte Fuji hizo erupción, dispersando su lluvia de cenizas durante días.

Sólo entonces empezaron a sospechar de los extraños poderes del emperador Higashiyama, que se paseaba lentamente por su palacio con una sonrisa noble, y no parecía interesarse por nada. Un terremoto en Edo y un tsunami en Honshu que se llevó casi 200.000 vidas confirmaron la leyenda.

El bakufu, más suspicaz que la familia imperial, visto que no podía hacer frente al poder del emperador en las luchas de territorio, llevó su batalla al interior del palacio, y se dio a las intrigas y las traiciones en busca de asegurar un sucesor al trono que fuera de su agrado. Por eso nombraron secretamente shogun al joven Tsunayoshi, yerno del emperador y sucesor directo, el cual, asombrado por un honor que sólo recibían los grandes sabios y guerreros, les prometió fidelidad.

Pero en la cara del emperador Higashiyama, ya viejo y cansado, seguía intacta esa amable sonrisa que tanto habían llegado a temer, y así es que unos días después, aunque la traición del yerno se había mantenido en el más hondo de los secretos, apareció su cadáver con una herida de espada, junto al de su esposa, con la espada aún clavada en el estómago. Con la misma insondable valentía de su padre, la hija se había sacrificado por el futuro del imperio. Ante el inesperado suceso, el bakufu dejó que el emperador nombrara su sucesor, que resultó ser Nakamikado, un joven que había sido disimuladamente educado para cerrar la brecha entre el imperio y el bakufu, que tenía lazos de familia y de amistad con uno y otro bando, y cuyo período en el imperio sigue siendo recordado como uno de paz y de reconciliación.

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