Ismael Enrique Arciniegas

24 de enero del 2011

Ismael Enrique Arciniegas nació en Curití, Santander, en familia simpatizante con los conservadores, de los que el hijo había de ser un digno representante. Sin embargo, los intereses de su juventud lo llevaron por el camino de las humanidades, que empezó a estudiar en Duitama pero que dejó inconclusas para iniciar la carrera de jurisprudencia, […]

Ismael Enrique Arciniegas

Ismael Enrique Arciniegas nació en Curití, Santander, en familia simpatizante con los conservadores, de los que el hijo había de ser un digno representante. Sin embargo, los intereses de su juventud lo llevaron por el camino de las humanidades, que empezó a estudiar en Duitama pero que dejó inconclusas para iniciar la carrera de jurisprudencia, menos por interés en la materia que por tener una buena excusa para mudarse a Bogotá. Esa carrera tampoco la terminó, así como tampoco su educación de sacerdote en el Seminario Conciliar, pues ya Arciniegas había encontrado algunas pistas de su verdadera vocación.

Aunque ya por entonces había empezado a escribir sus primeros poemas el estilo de los románticos, Arciniegas se sintió atraído por el periodismo, y posteriormente por el éxito de su periódico El Impulso, que fundó y dirigió en Bucaramanga. Pero ya los conflictos con los liberales habían empezado a tomar dimensiones considerables, y Arciniegas empezó a inmiscuirse en política, carrera que empezó por apoyar la candidatura de Miguel Antonio Caro y lo llevó a alcanzar el rango de coronel en la Guerra de los Mil Días, tras la cual, victorioso, ejerció varios cargos diplomáticos en Caracas, París, Chile, Ecuador y Panamá.

Fue en ese tiempo que Arciniegas pudo encontrar finalmente la relativa paz necesaria para dedicarse a su obra poética, que publicó en 1911 bajo el título de Cien poesías. En ellas sobresalen sus tendencias conservadoras y euro-centristas, y la influencia del modernismo sobre su formación romántica, como en este poema llamado Hojeando un libro, que debe ser leído –aviso- como un acto humanitario por parte del lector, con mucha tolerancia y no menos condescendencia, casi con altruismo, cosa de poder llegar hasta el final:

De láminas un libro yo hojeaba,
Y en un extremo de la sala, Lola,
Junto a su madre —que también cosía—
Cosía silenciosa.

De pronto «¡Waterloo!» dije en voz alta;
«¡Aquí Napoleón… éstas sus hordas!…
Lola, acércate, ¡ven! que raras veces
Se ven tan bellas cosas».

Dejó la niña su costura al punto,
Juntó a la mía su cabeza blonda,
Y de un beso el calor sintió extenderse
Por su frente marmórea.

Y mirando a su madre de soslayo,
Dijo quedo: ¡qué lámina preciosa!
Y añadió cabizbaja y sonriente:
Oh! muéstramelas todas!

Todas las notas biográficas sobre Arciniegas empiezan por nombrarlo el “precursor del florecimiento intelectual santandereano”, del que sin embargo no nombran ninguna otra flor, y del que los libros de historia no ofrecen noticia alguna. Y creo que este (digamos) poema, explica por qué.

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