J.J.R. Tolkien

J.J.R. Tolkien

3 de enero del 2011

Todos los esfuerzos por parte de los críticos de explicar la obra de un autor a partir de los datos de su biografía, fracasan en el caso de J.R.R. Tolkien.

Es cierto que nació en las colonias inglesas de Suráfrica, y que de ahí sin duda pudo obtener parte del material fantástico con el que habría de confeccionar la inescrutable Tierra Media, escenario de las aventuras del Señor de los Anillos. Cierto es también que durante sus estudios de bachillerato y en Oxford conoció a varios escritores, muchos de ellos futuros autores de fantasías similares, como C.S. Lewis, y que con ellos formó círculos y sociedades en que su talento literario de seguro se nutrió. Se cuenta que en el colegio formó la sociedad secreta TCBS, Sociedad Barroviana y Club de Té, cuyos adolecentes acólitos se reunían a tomar el té en secreto en el café Barrow’s, tras lo cual se iban a sus casas a tomar el té en público con sus familias.

Así mismo, es posible que su participación en ambas guerras mundiales, primero como soldado y después como criptógrafo, hayan influenciado su literatura y le hayan servido de base para las magníficas guerras de Gandalf y sus contados secuaces contra los infinitos ejércitos de Saruman. Sin embargo, en varias ocasiones Tolkien insistió en que sus guerras no eran de ningún modo metáforas o comentarios de las guerras europeas, advertencia que los críticos, como les es propio, han sabido ignorar minuciosamente, en busca de una interpretación que les cuadre.

Un buen argumento, sin embargo, es el de la influencia de sus estudios de lenguas sajonas extintas y de historia medieval, que sin duda son la base de los idiomas inventados que hablan los personajes de la Tierra Media, que toman de las runas celtas la forma de las letras y de inglés antiguo el sonido. La edad media también es el punto de partida de la estética de sus mundos, en que predominan las armas y los vestidos aunque no siempre propios de la edad media, sí de la idea que la modernidad, y sobre todo los ingleses, tiene de su propio pasado, determinado en gran parte por la poesía romántica del siglo XIX y por la novela gótica de principios del veinte, de la que Tolkien era un asiduo lector.

Pero a la hora de la verdad, la vida en gran parte apacible y hogareña de Tolkien no da para explicar la interminable fuerza creativa con la que armó no sólo una serie de libros, sino un universo entero, con su historia, su pasado y su presente, tan múltiple y diverso como el mundo en que vivimos. Y es por eso que el único camino que no resulta en vano para adentrarse en el mundo de Tolkien, que los expertos, para diferenciarlo de la fantasía común llaman alta fantasía, no queda otra que sentarse en un cómodo sofá, con una taza de té, en público o en secreto, y darse a la lectura de esos rebosantes tomos.

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