José Silva

7 de febrero del 2011

Nadie duda que una persona inteligente y estudiosa, por más que nunca haya frecuentado institución académica alguna, pueda alcanzar resultados asombrosos en el campo que sea. La credibilidad de las la academia anda por el suelo, y cada vez son menos los que se creen el cuento de que no se puede ser alguien sin haber pasado diez años en una universidad leyendo a un montón de sabios que a la universidad nunca fueron.

Sin embargo, ya que los avances en el conocimiento son cuestión menos de genialidad que de credibilidad, el camino no es nada fácil para el autodidacta, especialmente cuando sus intereses no interesan a la academia, cuando se sabe que ha luchado en una guerra, y cuando ha nacido en los Estados Unidos.

El parapsicólogo José Silva cumplió al pie de la letra estos tres requisitos, y de ahí que su método para afinar la percepción extrasensorial no figure en el sensor de nadie. Es evidente que José Silva pudo no haber sido un demente, y no es que el mundo entero se oponga a todo intento de percepción, dilucidación o comprensión de lo que está más allá de los sentidos. De hecho, las religiones se dedican exactamente a eso, y como dijo el comerciante de cortadoras de jamón Van Berkel, no hay empresa más exitosa que la Iglesia Católica, que vende un producto que nadie jamás ha visto, y que no le cuesta nada producir. Lo que sucede es que una vez aprendemos que José Silva le dedicó la juventud a reparar radios y transistores, luchó la Segunda Guerra, y ensayó sus métodos psíquicos con niños de Laredo Texas, nos resulta muy difícil, incluso a los más tolerantes, tomarlo en serio, y evitar la tentación de explicar sus resultados con la mezcla de ondas de radio, imágenes de muertos y paisajes de la tocinesca Texas que le ocuparon siempre la cabeza.

Por si fuera poco, Silva resolvió que el entrenamiento para desarrollar tales poderes podía hacerse en 24 horas con su método, y que garantizaba altos resultados en el examen de IQ. Y así la poca fe que podía quedarnos se nos muere, pues uno que nos vende la experiencia mística en cómodos paquetes que se adaptan a nuestro horario de oficina, como si se tratara de una dieta o de una sesión de abdominales, y que además nos promete mejorar los resultados en el examen de IQ, por el que nunca nadie ha dado un peso afuera de Estados Unidos, no puede ser más que un chiflado delirante, o en el mejor de los casos un vil estafador.

Pero tal es la suerte que este siglo le depara a todo genio incomprendido y a todo científico vanguardista criado en el queso cheddar y educado en la tocineta de los Estados Unidos.

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