Juan Gualberto Godoy

19 de enero del 2013

Allá en los inicios del siglo XIX, cuando los gauchos rondaban por la pampa luchando contra los indios ladrones de ganado y esquivando las batallas de los ejércitos unitarios y federalistas, que se debatían la supremacía de Buenos Aires, nació la literatura gauchesca, extensas narraciones en verso sobre la vida del gaucho y sobre sus […]

Juan Gualberto Godoy

Allá en los inicios del siglo XIX, cuando los gauchos rondaban por la pampa luchando contra los indios ladrones de ganado y esquivando las batallas de los ejércitos unitarios y federalistas, que se debatían la supremacía de Buenos Aires, nació la literatura gauchesca, extensas narraciones en verso sobre la vida del gaucho y sobre sus alegrías, que eran siempre menos que sus pesares.

Pero hubo uno de esos poetas, entre los cuales estaban los memorables Anastasio el Pollo, Aniceto el Gallo y José Hernández, autor del Martín Fierro, que se mencionaba en los periódicos de la época, cuyo poema, de título El corro, sus colegas leían y admiraban, pero el cual, hasta hace veinte años, había desaparecido por completo. Es por eso que la reaparición del poema del llamado eslabón perdido de la poesía gauchesca, en una vieja quinta de la pampa, llegó a resolver más de un misterio que rondaba la historia de los gauchos.

En la ciudad, Juan Gualberto Godoy era un afamado político unitario, pero era a la vez en la pampa un temido payador, que es como se les llamaba a los gauchos guitarristas que se batían, por medio de versos improvisados, en extensos duelos o payadas, que concluían sólo cuando uno de los dos se quedaba sin nada que decir. Aunque las dotes poéticas de Godoy eran inagotables, sus dotes políticas eran más bien escuetas, y así es que las constantes tundas propinadas por los federalistas lo fueron alejando de las ciudades y llevando hacia la pampa, donde terminó por montar una pulpería. Pero gran parte de su desprestigio político se debía a la aguda ironía con que escribía sus rimadas opiniones en periódicos y revistas, que la mayoría de la gente no supo o no quiso apreciar:

Ea, pues manos a la obra,
No perdamos tiempo en vano,
Que al pobre y al soberano
Jamás el tiempo les sobra
Como al Suramericano.
Daráme dinero y fama
Esta empresa singular,
Si a este examen puedo dar
El carácter de programa
Con que yo he de gobernar.
Yo al menos así lo espero,
Pero si mi tal programa
Tan solo me ha de dar fama
Y no me ha de dar dinero,
Llévese el diablo mi trama.
¿La política qué importa
Cuando no da qué comer,
Casa, estancias y mujer,
Y a la larga o a la corta
No nos viene a enriquecer?

Versos de magistral ironía que intercalaba con otros bastante más serios y nunca menos diestros, como éste:

Que los pueblos sufrirán,
Me lo enseña la experiencia,
Porque tanta es su paciencia
Que si de azotes le dan,
Los toman por penitencia.

Pero casi nadie captó su mensaje político, y muchos lo acusaron de corrupto y de interesado, e incluso una vez de beodo e inmoral cuando escribió:
Mi numen es Juvenal,
No Tácito o Tito Livio,
Por eso no doy alivio
A vicios en general.

Versos impecables pero fuera del alcance de la mayoría de la gente.
Por el año veinticinco, en la pampa murió un payador de nombre Santos Vega, que según todos los poemas gauchescos jamás había perdido una payada, y el único que podía derrotarlo era el mismísimo diablo. Sin embargo, días antes de que muriera muchos lo vieron vagabundeando triste por la pampa, viejo y acabado, contando a todos la historia de cómo lo había vencido un joven desconocido, un miserable tendero en una pulpería del sur, al que nadie conocía. El pulpero era sin duda el propio Godoy, cuyo talento desmesurado había superado al del payador legendario. Se cuenta que después de eso, Godoy regresó a la ciudad renovado e impetuoso y evitando sabiamente la política. En una noche de teatro se enamoró de la glamorosa Teresa Rossi, actriz italiana que venía dando una gira por el país con su precaria compañía, y desde entonces no se sabe más de la vida de este payador secreto. Se cree que viajó al sur de la Argentina acompañado de su morocha y tal vez de su guitarra, dejando a merced del polvo y del tiempo que todo lo marchita las obras en verso que la posteridad tanto habría de extrañar.

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