Juan Rulfo

7 de enero del 2011

Juan Rulfo es el componente mexicano de la llamada generación del boom, fenómeno editorial con el que la literatura latinoamericana alcanzó la fama mundial, y que por más que hoy algunos vean como una artimaña más de los comerciantes del libro, incluye algunos de los mejores escritores de este siglo. Y uno de los mejores […]

Juan Rulfo

Juan Rulfo es el componente mexicano de la llamada generación del boom, fenómeno editorial con el que la literatura latinoamericana alcanzó la fama mundial, y que por más que hoy algunos vean como una artimaña más de los comerciantes del libro, incluye algunos de los mejores escritores de este siglo. Y uno de los mejores entre ellos es sin duda Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, paradójico hombre de tan largo nombre y de obra tan corta.

En efecto, la obra de Rulfo es de una brevedad desconsoladora, y consta, además de unos cuantos circunstanciales guiones de cine, de una brillante colección de cuentos, El llano en llamas, y de una incomparable novela, Pedro Páramo. En la literatura de Rulfo el lector tiene la constante y creciente sensación de que algo terrible está pasando en esos pueblos áridos de las áridas gentes del árido México. Sin embargo, ese algo terrible no está en las descripciones, no está en los diálogos, no está, en fin, en las palabras, sino que, por decirlo de algún modo, se esconde entre las palabras, en los silencios de los diálogos, en los desfases y las incongruencias de las descripciones de ese narrador que poco a poco empieza a perder control de sus palabras, viéndose incapaz de decir lo que tiene que decir y viéndose obligado a juntar cosas que no van juntas, a armar frases que no son frases, en un intento desesperado de atrapar la mística mosca de lo extraño, de lo que realmente está pasando en esos pueblos sin eventos, en esos llanos sin relieves, en esas personas sin vida.

Cuando le preguntaban a Rulfo porqué había dejado de escribir, dado que había concluido sus obras relativamente joven, Rulfo hacía un silencio largo, y asomando una sonrisa infantil a través de esa cara surcada por los años, respondía que era porque se había muerto su tío Ceferino, que era el que le contaba las historias, y volvía a sumergirse en su silencio. Nunca hubo, por supuesto, ningún tío Ceferino. Pero lo que sí había era un hombre al que le había costado un trabajo inmenso sacarse de encima esas historias y ponerlas con tinta en un papel para mandarlas lejos y no volverlas a ver. Porque Rulfo nunca quiso jugar al hombre de letras, ni hablar sobre su obra, ni sobre la de nadie más, y llegó a la literatura no por el veleidoso camino de la vanidad artística, sino por la árida carretera de la desesperación, por la necesidad de exorcizar una vida triste y dura y muy difícil de aceptar, parecida a la de tantos otros mexicanos de su época.

Pero los libros de literatura no son registros de sesiones de psicoanálisis, ni manifiestos sociales, ni discursos políticos, sino objetos. Y como tal, como objetos terminados y cerrados, con una lógica interna única e independiente del resto del mundo, los libros de Rulfo pueden leerse y aprovecharse hasta las últimas consecuencias sin un solo dato acerca de esa vida árida y oscura que él, en principio, nunca quiso revelar.

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