Cortázar: el escritor que jamás envejece

Cortázar: el escritor que jamás envejece

26 de agosto del 2016

Como con todo escritor famoso, sobre todo si es parte del boom latinoamericano, la crítica, la publicidad editorial y los medios llevan décadas haciendo un alarde un poco exagerado de sus dotes narrativos, que aunque puede ser sin duda producto del más justificado e inofensivo orgullo patriótico, suele pecar de repetitivo y de poco inteligente.

Cuando se trata de los autores más prolíficos –García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y Cortázar-, la reducción de sus extensas obras a unos cuantos cañonazos bailables resulta especialmente dañino, pues esconde la parte más grande, y generalmente la más difícil y gratificante de su obra.

En el caso de Cortázar ya muchos de sus lectores actuales y potenciales han manifestado poca tolerancia por tantos cronopios, instrucciones para subir la escalera, referencias al jazz y “esas tardes tan café con leche”, que aunque sí aparecen, no lo hacen con la frecuencia con que las revistas y periódicos insinúan, haciéndole poca justicia a todo lo otro que contienen.

Cortázar ha sido leído por varias generaciones con un entusiasmo rayano en la devoción, y aunque lo primero no sólo es deseable sino que es casi la condición única para leer, lo segundo más que vivificar la lectura, suele entorpecerla.

Los libros de ficción, cuando son muy buenos, tienden a ser objetos autónomos, cuya justificación es el simple hecho de haber sido escritos, de existir. Y como tienden a hacen pocas referencias a la “vida real”, es difícil hablar sobre ellos sin haberlos leído. Por eso la crítica suele inventar metáforas y alegorías con que le meten a los libros palabras en la boca, de modo de poder decir algo acerca de ellos sin tener que pasar por el trabajo de leerlos.

Cortázar no estaba denunciando los abusos del peronismo cuando escribió Casa Tomada, aunque estuviera convencido de que tales abusos eran reales y que estaba bien denunciarlos; tampoco estaba contándole al mundo la penosa situación de los intelectuales latinoamericanos exiliados en París cuando publicó Rayuela, aunque él era uno de ellos y su situación fue en ocasiones penosa, y tampoco pretendía hacer una metáfora de los comunistas y los capitalistas con sus Historias de cronopios y de famas, como se ha dicho, aunque fuera abiertamente de izquierda y los cronopios sean seres creativos y sensibles mientras que los famas se la pasen de compras o quejándose del clima.

Cortázar escribió unos libros, que estamos en libertad de interpretar como queramos pero no de malinterpretar, libros que no dicen más de lo que tienen entre las portadas, y por encima de todo, libros que son sin excepción excelentes, aunque por supuesto unos son mejores que otros.

Además de cuentos y novelas, Cortázar escribió libros-almanaque como La vuelta al día en ochenta mundos y Último round, en que mezcla el cuento, la entrada de diario, el dibujo y el poema al punto de hacer libros incatalogables pero inagotables. También escribió libros de poemas, historietas, ensayos, y también escribió crítica literaria, en la que sobresale Imagen de John Keats un largo estudio sobre la obra de ese poeta inglés y que es, dentro del género de la crítica, un género del todo nuevo. Lo valioso de Imagen, es que está contado como si se tratara de uno de sus cuentos o de sus ensayos, sin respetar por un solo instante las vanas exigencias de la crítica académica, y así, este libro que jamás habría pasado un examen en un curso de Harold Bloom, es uno de los libros más raros y más sorprendentes que se han escrito en español, porque nos habla con literatura sobre la literatura, único modo real de hablar sobre un texto que como dijimos, se contiene a sí mismo y cuya esencia no está en las ideas sino en las palabras.

Y no fue debido a un acto de rebeldía o de calculada ruptura que Cortázar escribió estudios que parecen novelas, novelas que se desarman, ensayos que parecen cuentos y cuentos que parecen trabalenguas, sino a una condición natural, que entre otras es la que lo separa de muchos de sus contemporáneos, y que es una incapacidad de ver el mundo por otros ojos que no sean los de la literatura, y así, siempre atento a buscar las palabras que mejor se adecuaran a lo que tenía en mente, poco caso le prestó a las convenciones tradicionales que mantienen bien definidos y separados los géneros de la literatura con el fin de que a los críticos no les cueste mucho trabajo identificarlos.