La entrevista de Gabo a Álvaro Mutis

La entrevista de Gabo a Álvaro Mutis

23 de septiembre del 2013

Álvaro Mutis ayudó a García Márquez a trabajar en El Espectador a mediados de 1954. Era una especie de relacionista público que lo llevaba a los mejores restaurantes de Bogotá para que conociera los nuevos escritores, al mundo cultural que bullía y cuyo epicentro eran los cafés de la Avenida Jiménez.

García Márquez y Mutis se conocieron cinco años atrás, por intermedio de Gonzalo Mallarino quien era muy amigo de la familia de éste. Una tarde en Bogotá Mallarino confesó que no conocía el mar, a sus veintidós años, tan solo había viajado a Medellín. Mutis de inmediato le extendió un boleto de avión para que lo acompañara al siguiente día a Cartagena, pues era relacionista público de la Esso y contaba con una generosa chequera que no dudaba en compartir con amigos y conocidos.

A cambio de la invitación, Mallarino le prometió que le presentaría a un amigo que amaba tanto como él la literatura estadounidense. Había estudiado con él unos semestres de Derecho en la Universidad Nacional y ahora era redactor de El Universal. Llegaron en la mañana y preguntaron por García Márquez en la portería, como no estaba salieron a almorzar y hacer tiempo, Mallarino le decía a Mutis que la  espera valdría la pena. En medio de la conversación después del almuerzo, apareció el joven García Márquez, usaba el mostacho despeinado, gafas de montura negra y camisa blanca desgastada.

— ¡Aja, y qué es la vaina…!

La primera impresión que causó García Márquez fue la de “un viejo encerrado en el cuerpo de hombre joven”, comentó Mutis años después. La afinidad y la admiración mutua fue inmediata, aunque el contraste era evidente: Mutis era alto, fornido, de finos rasgos, hablaba a la perfección inglés y francés, era abierto y simpático; en tanto García Márquez tenía un aire de nostalgia, la pinta de un hippie que por necesidad y no por moda andaba en sandalias y con el pelo más largo de lo común.

Mutis hizo del escritor nacido en Aracataca su joya de la corona, estaba convencido de que era un diamante en bruto al que sólo le hacía falta algo de suerte y de dinero. Se lo presentó a Guillermo Cano a inicios de 1954, en una fiesta en la casa de los Mallarino.

Seis meses después García Márquez le hizo una entrevista a raíz de la publicación de  su libro ‘Los Elementos del Desastre’. El título era simplemente ‘Álvaro Mutis’, allí cuenta García Márquez que su amigo: “No está clasificado en ningún grupo o tendencia literario y no seguramente porque no lo haya querido, sino porque siempre ha estado ocupado en cosas demasiado serias“.

Alvaro Mutis y gabriel Garcia Marquez, kienyke

Según GGM: “Alvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos”.

Cuando le preguntó si su generación (la de los años veinte) está haciendo algo, Mutis fue enfático: “Falso. Si estuviéramos haciendo lo que históricamente nos corresponde, ya estaríamos investigando si Bolívar era realmente buen general, {…] tenemos que revisar seriamente los mitos nacionales“.

Mutis no dejó títere con cabeza, se fue lanza en ristre contra Guillermo Valencia, que era una vaca sagrada de la literatura del país, un intocable, cuyos poemas casi lo llevan a la Presidencia. “Absolutamente toda la obra del maestro Valencia tiene valores poéticos muy limitados […] a causa del endiosamiento de Valencia se ha quedado sin puesto de nuestra literatura Porfirio Barba Jacob, ese sí verdadero poeta”.

Le preguntó García Márquez cuál debe ser la función de la poesía, su compromiso social. Mutis le aclaró que “la única función que debe tener una obra de arte es crear valores estéticos, permanentes, […] de la exigencia del compromiso se aprovechan todas las sabandijas literarias”.

Para Mutis la única generación que se preocupó por pensar al país fue la del Centenario (1910), “la generaciones siguientes nos hemos dedicado a exaltar ciegamente los valores que no lo son porque no nos definen como colombianos”.

García Márquez lo describía como un tipo cuya conversación habitual es alegre, despreocupado, muy propio de su buena salud.

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