“En la guerra aprendes a no llorar”

6 de junio del 2013

Estaban durmiendo cuando llegó el enemigo, paracaidistas empujados al vacío. Testimonios de la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial

Iwo jima estatua segunda guerra, kienyke

El Día D fue la batalla decisiva para derrotar a la Alemania Nazi. Aquel 6 de junio de 1944, un contingente de un millón de hombres de las Fuerzas Aliadas desembarcó en la costa Norte de Francia, en Normandía, bajó el nombre en clave de ‘Operación Overlord’. Ese día comenzó la  liberación de Francia y de Europa Occidental, que permanecían bajo el dominio Nazi.

Las acciones fueron cruentas y las pérdidas de vidas se contaron por miles. Para ambos bandos, el alemán y el aliado, significó un punto de inflexión en el desarrollo de la guerra. Dos testimonios ilustran la cruenta lucha de ese día.

Testimonio del cabo alemán  E. Gockel,  que estuvo más de cincuenta veces en Normandía.

“Yo era bastante joven. Había celebrado mi 18 cumpleaños en el Widerstansnest 62 (Nido de resistencia 62). Casi la mitad de mis camaradas tenían también entre dieciocho y diecinueve años. Teníamos también un sargento, dos oficiales y diecisiete soldados rasos.

En febrero de 1944, durante la inspección de las defensas de la costa de Normandía, el mariscal de campo Rommel había visitado nuestra posición. Había criticado duramente no sólo nuestros fallos defensivos sino también los de toda la línea costera desde Colleville-sur-Mer hasta Vierville-sur-Mer. Comparaba la bahía en nuestro sector con la bahía de Salerno en Italia y ordenó que se construyeran urgentemente defensas adicionales…”.

“Durante varias semanas antes del 6 de junio, dos casamatas para cañones de 75mm fueron encofradas en cemento y sólo las ventanillas de acero representaban su punto débil. Eran del tamaño de la puerta de un granero y ofrecían un blanco perfecto para los atacantes. Nuestro bunker, con un techo de más de 2 metros de ancho había sido acabado en mayo.

Construimos barreras antitanques en la playa con troncos coronados con minas Teller (minas antitanque de plato)…”.

“La alarma irrumpió en el bunker y nos despertó de un profundo sueño. Un camarada se plantó en la entrada y continuó gritando, para despejar dudas y apresurarnos a ponernos en pie. Habíamos sido puestos en pie tantas veces por esta alarma en las semanas pasadas que ya no la tomábamos en serio, así que algunos de los hombres se dieron la vuelta en sus catres e intentaron seguir durmiendo. Un oficial apareció en la entrada tras nuestro camarada y nos dijo “¡muchachos, esta vez es en serio, están viniendo!”.

“Los bombarderos aparecieron de repente sobre nosotros sin darnos tiempo a ocultarnos en el bunker, […] teníamos la nariz y los ojos llenos de tierra y arena entre los dientes. No había esperanza de auxilio. No apareció ningún caza alemán y en nuestro sector no habían armas antiaéreas. Estábamos paralizados porque sabíamos que no teníamos ninguna posibilidad de vencer”.

Segunda Guerra Mundial, Kienyke.com

Testimonio de Ambrosio Antonio Solano, nació en Nuevo México y en el 2002 recibió 13 medallas de honor por sus esfuerzos durante la Segunda Guerra Mundial.  

“Nos dijeron que no fuéramos a ninguna parte, porque íbamos a salir ese mismo día para Francia, a Omaha Beach. Fuimos en estas lanchas, íbamos ochenta en una lancha. Pero en Omaha Beach, estas lanchas no llegaban a la orilla del mar, llegaban como a una milla (1,6 km), nos dijeron que nos bajáramos.

Brincamos, y el agua nos pegaba a la cintura. Oía yo las balas que zumbaban a los costados. Había como una milla, con el agua a la cintura, había matorrales que creaban una barrera natural como de un metro y medio de altura. Vi los cuerpos de soldados nuestros. Otros estaban nadando en el agua…”.

“Vino el general y nos dijo, “lancen a los paracaidistas”. Y le dijeron que no había, que todos estaban en África. Y dijo, “pues agarren voluntarios”. Y yo me presenté como voluntario. La idea era que nos soltaran en el aeroplano detrás del enemigo. Me decían mis amigos que me iba a matar en el aire. Pero yo lo que quería era saber cómo saltar de un aeroplano

Para brincar no tuvimos problema, porque el sargento estaba en la puerta del aeroplano, y al que no quería saltar él lo empujaba. La gente gritaba, no quería brincar. Cuando yo brinqué, había ocho soldados antes que yo. Cuando bajamos y estaba ya en el suelo, había detrás de mí un tanque de Alemania, que me tiró una bala muy gruesa. Saltaron todos los pedacitos y una bala me pegó atrás, con tan buena suerte que tenía mi impermeable doblado atrás, porque sin él habrían pasado pedazos de esquirlas.

“Yo todavía iba andando con la sangre de esa bala que se me enterró, yo sentía muy caliente (la herida), pero seguía andando hasta que me vi con el sargento, que vino a llamar a los médicos, y ya no seguí más con los paracaidistas.

Nos atendieron en una carpa, y ahí estuve un mes, y cuando me dijeron que me iba ir de regreso, yo dije que quería seguir con mi compañía, que ya estaba en Alemania….”.

“Cuando llegué aquí a Estados Unidos, le di gracias a Dios que me cuidó, y a los rezos de mi tía y mi hermana. Me dio mucho gusto ver que Dios me había cuidado. Pero al mismo tiempo, tres de mis compañeros sí no volvieron, y me sentí muy mal de ver que no volvieron. Yo dormía con ellos en su casa y nos cuidábamos los unos a los otros”.

Con la información de BBC News y el libro ‘Soldados del Tercer Reich’, de Zönke Neitzel

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