Los malos frutos del dictador

Los malos frutos del dictador

17 de mayo del 2013

Hoy falleció a sus 87 años quien fue considerado el adalid del anticomunismo en América Latina. Jorge Rafael Videla gobernó con mano dura a la Argentina desde 1976 hasta 1981. Cinco años años en que los campos de concentración, los desaparecidos, los hijos entregados a familias extranjeras y el campeonato mundial de 1978 fueron el legado de un hombre que de joven parecía no iba a llegar lejos. Aquí tres historias del flaco comandante Videla que vivió los últimos años de su vida solitario, alejado del mundo en un apartamento para militares retirados.

El guerrillero intruso 

En enero de 1966 Jorge Rafael Videla alcanzó el grado de coronel del Ejército. El 18 de octubre de 1968 llegó a Tucumán con mando de tropa junto con toda la familia. Con Videla al mando de las guarniciones militares en Tucumán, su esposa se dedicó a desarrollar las relaciones públicas que demandaban el cargo de su marido, estrecharon lazos con las familias tradicionales y los terratenientes azucareros de la provincia argentina.

Con el carisma y la simpatía de Alicia Raquel, que se vinculó a organizaciones de beneficencia, lo que aumentó su prestigio, la casa de los Videla permanecía todos los días con diferentes convidados. En una reunión invitó a su casa a una viuda, madre de un hijo universitario, “activa en las quermeses y partidas de canasta”. Su hijo había terminado sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Tucumán, además, era uno de los cofundadores de las células que más adelante permitirían la aparición de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), corriente guevarista que convergirían en los Montoneros junto con facciones peronistas. Desde 1969, con la junta militar argentina, comandada por el general Juan Carlos Ongania, los estudiantes se habían politizado a un paso vertiginoso, en el que confluían jóvenes cristianos, comunistas, peronistas e independientes.

En febrero de 1972 un comando de los Uturuncos asaltó el Banco Comercial del Norte, en Tucumán, pero sus autores fueron detenidos. Preocupados por saber lo que el ejército represor podría saber  y hacer con ellos, la FAR  le recomendaron al joven abogado intentar un acercamiento al coronel Videla, para averiguar qué información manejaban. Señala Gasparini que “diligente con las relaciones sociales, Alicia Raquel misma lo llevó ante su esposo, presentándolo como un hijo profesional de familia respetable que quería hacerle unas consultas. El coronel lo escuchó explayarse en su recorrido académico”. El joven aseguró a Videla que no tenía antecedentes políticos, Videla lo aceptó y prometió solicitar un informe de todo el caso. De hecho, llegó a calificarlo en su informe como “un conservador católico, respetuoso de las normas civiles… casi un genio jurídico”.

Gracias a la cita, el joven integrante de las FAR conoció datos vitales para su militancia, supo del compromiso de Videla con el espionaje social, se enteró de maniobras de infiltración  del jefe de brigada de Tucumán, dedicado al control social y la represión.

Anota el abogado guerrillero que “tuve dos entrevistas con Videla, había visto en su despacho una gran cantidad de libros de contrainsurgencia”. Ante el interés del joven por los libros Videla se sintió complacido por el descubrimiento de su contertulio, “llevo años tratando de que la gente se dé cuenta del peligro en el que estamos, ¡qué bueno que un muchacho como usted se interese por esto, me alegra!”.

Desde ese día, el guerrillero consiguió el permiso de Videla para usar su biblioteca, argumentando que “quería hacer un trabajo escrito sobre la guerrilla, una especie de tesis de doctorado sobre el asunto”. El coronel Videla, gentil hasta los límites de la complacencia desinteresada le permitió el acceso a la biblioteca del Círculo Militar. El abogado pudo registrar toda la información que manejaba el Estado Mayor del Ejército en plena cacería contrainsurgente. Algo impensable hasta para el más osado de los líderes de izquierda en el continente.

Al finalizar sus lecturas Videla le contó que “el verdadero problema no está en la izquierda, que es muy débil, nunca va a ser un problema para nosotros… aquí el problema son los negros [simpatizantes del peronismo], hay que impedir a toda costa la unión entre la izquierda y los negros, algo que no podríamos controlar…”.

Fútbol,  el títere de Videla en 1978

“Bajo el signo de la paz declaro oficialmente inaugurar  este onceavo mundial de fútbol 78”, así fue el discurso de Jorge Videla para el mundo. Paradójicamente, El ESMA, Escuela de Mecánica de la Armada, que funcionó como campo  de concentración durante la dictadura, se encontraba a menos de mil metros del estadio Monumental de River Plate, donde se llevó a cabo la inauguración y final de mundial de Argentina 1978.

Con el mundial realizado en Argentina, la dictadura militar tuvo autonomía para la construcción de estadios y organización de la competición mundialista gracias al ‘Ente Autárquico Mundial 1978’. Otra de las estrategias de Videla fue utilizar desparecidos y ponerlos a trabajar como esclavos para el beneficio de sus intereses.

Este fue el caso de Raúl Cubas, quien trabajó para sus propios torturadores en el ESMA y fue enviado como periodista para que le realizara una entrevista al técnico de ese momento del seleccionado argentino, César Luis Menotti y a la vez verificar que el seleccionador no hablara mal de la dictadura. Aunque Menotti no abandonó sus convicciones políticas que tenía en la juventud y se reunía con personas del partido comunista a escondidas del control que había sobre él.

También se utilizó la propaganda durante el mundial para desviar la atención que los medios de comunicación y personas tenían frente a las víctimas. Con mensajes como “Los argentinos somos derechos y humanos” se quería respaldar y justificar las acciones lideradas por Videla.

Pero no sólo la propaganda servía para alienar masas, sino que también se necesitaba del triunfo deportivo para subir los ánimos entre los argentinos quienes gritaban ¡Gol! y festejaban  en las calles el primer título mundial de Argentina mientras ignoraban que compatriotas suyos estaban siendo desparecidos, torturados y muertos al mismo tiempo, por sus posturas políticas de izquierda.

De esta manera obtener la copa mundo era indispensable para despertar el sentido patriótico dentro de los argentinos. El partido que midió a Argentina frente a Perú al derrotarlo 6-0, no pasó a la historia por la clasificación del equipo ‘albiceleste’ a la final, sino más bien, por la presunta intervención política en el juego.

Juan Carlos Oblitas, integrante de la selección peruana, afirmó años después que el seleccionado recibió la  visita de  Videla junto a su cúpula militar antes y después del juego frente a Argentina, que para poder acceder a la final tenía que ganar por una diferencia de 4 goles. Ramón Quiroga, portero del equipo ‘inca’, y el defensor Rodulfo Manzo fueron los principales acusados de que habían vendido el juego, algo que nunca se comprobó.

También existieron indicios sobre los posibles acuerdos entre las fuerzas políticas  de los dos países. En la época del mundial, Perú tenía un poder dictatorial liderado por Francisco Morales Bermúdez, quien habría acordado acuerdos económicos que beneficiaran a los peruanos. Luego del triunfo ante los peruanos, Argentina se enfrentó en la final contra a Holanda en un vibrante partido en el que derrotó a su similar por 3-1, con dos goles de Mario Alberto Kempes y el otro tanto convertido por Daniel Bertoni.

De esta manera la selección ‘albiceleste’ se coronó campeona por primera vez en su historia de una copa mundial. Pero al mismo tiempo que varios argentinos celebraban el título, otros miles de ciudadanos sufrían por encontrar a sus familiares como el movimiento de las ‘Madres de la plaza del primero de mayo’, y otros eran torturados y desaparecidos por los militares que utilizaron a los jugadores argentinos como títeres para tapar sus crímenes de lesa humanidad, transgresiones por las que Videla fue condenado a cadena perpetua.

Malos tiempos de un matrimonio

La escritora y periodista bonaerense María Lidia Sostres, quien conocía al matrimonio de Jorge Rafael Videla y Alicia Raquel Hartridge retrata muy bien a la pareja: “[Videla] es flaco hasta el hueso por culpa de la tiroides, que siempre le mantuvieron un cuerpo de alambre y nervioso. Contrastaba con su esposa, una linda mujer hasta la cintura donde se desbordaba en carnes y piernas fantásticas…”. De la unión nacieron siete hijos: María Cristina, Jorge Horacio, Alejandro Eugenio, Rafael Patricio, María Isabel, Fernando Gabriel y Pedro Ignacio. De estos, el tercero, Alejandro, fue un dolor para la familia, pues fue diagnosticado de oligofrenia, patología psíquica, que al final lo llevó a la tumba.

A inicios de 1956 el peregrinaje de la familia para sanar a su hijo no conoció límites. Ascendido al rango de mayor, Jorge Rafael Videla se incorporó como asesor de la delegación argentina en la Junta Interamericana de Defensa, con sede en Washington. Habían desembarcado una semana antes, era la primera vez que estaban en los Estados Unidos y no dominaban el idioma. Además, Alicia Raquel estaba embarazada, lo que complicaba las cosas.

La verdadera razón de la designación de Videla en la Unión Americana fue la esperanza de encontrar una cura para la enfermedad de Alejandro. Pues la medicina en Argentina estaba rezagada y la desesperación de la familia había llegado a la exageración de considerar la enfermedad como un castigo divino para Alicia Raquel, quien se casó en contra de la opinión de sus padres con el joven soldado Videla en 1947.

Sin embargo, en la capital estadounidense confirmaron que no existía solución para la enfermedad del niño. Los médicos diagnosticaron que su cerebro no se había desarrollado normalmente durante su gestación, y ya no lo haría. El mal era irreversible. Los médicos estadounidenses recomendaron que el niño fuese internado en un lugar conveniente, para aliviar las alteraciones que iría sufriendo, pues el cuadro de oligofrenia profunda combinada con epilepsia, progresaría paulatinamente.

Dos meses después Jorge Rafael Videla terminó su misión en Washington y la familia retornó a la Argentina, pasando a integrar la Subsecretaría de Guerra como oficial del Estado Mayor.

Cuenta el historiador Juan Gasparini que la familia regresó a su casa en el barrio de Hurlingham, “exhibiendo los signos exteriores de la vida normal que llevaban antes del viaje a los Estados Unidos… volvieron a encontrarse con sus amigos del Movimiento Familiar Cristiano”. Alicia Raquel inscribió a Alejandro en los talleres organizados por las monjas francesas que dos décadas después (1977),  serían víctimas de la dictadura de su marido. Añade Gasparini que “sus vecinos recuerdan que los Videla visitaban a su hijo adolescente de alrededor de 15 años, ellos nunca preguntaron a la familia hasta muchos años después, “desde que lo internaron nunca hablaron más de él [Alejandro], como si hubiera desaparecido, nadie lo nombraba…”. De hecho, pocos argentinos sabían de su existencia cuando Videla fue presidente, siempre hablaban de siete hijos, aunque en todas las fotografías oficiales aparecían seis junto a la pareja. Alejandro se quedó en Colina Montes para siempre.