Luis XVI

Luis XVI

21 de enero del 2011

Tirada sobre la tibia madera del cadalso, de frente a la hoja húmeda de la guillotina, habla la cabeza de Luis XVI:

Yo subí al trono demasiado joven. El mando de una nación tan grande como la francesa es demasiado para las inexpertas manos de un delfín adolescente, inexperto y caprichoso. Me lo dijeron los cortesanos, me lo dijeron los consejeros de mi padre, el Arzobispo me lo repitió. ¿Pero qué otra opción tenía, si no quería traicionar la memoria de mi padre ni la tradición de la santa monarquía? ¿A quién podía haber confiado el trono mientras yo aprendía las sutiles artes de la guerra, el poder, los impuestos y la intriga del Palacio?

Yo también entendí de inmediato, quizás antes de que llegaran esos buitres cortesanos, disimulando la sed, a señalármelas, las desventajas de mi juventud,  pero ¿qué otra opción tenía cuando al instante de oír la noticia mi esposa ya se había hincado de rodillas ante el Arzobispo y  ya exclamaba con los brazos tendidos hacia el cielo, ¡Dios mío, guíanos y protégenos de nuestra inexperiencia!?  María Antonieta siempre tuvo más ganas de ser monarca que yo, y su cabeza rodará mañana por donde hoy ha rodado la mía. Pero yo siempre la amé.

Subí al trono demasiado joven. De haber conocido mejor la truculenta naturaleza de los nobles, no los habría dejado llevarme hasta la ruina. Porque hoy es el pueblo ardiente el que me ha rebanado el cogote, pero fueron esos miserables nobles, que en este instante vuelan por las fronteras para salvar sus vidas, los que me trajeron hasta aquí. Yo no culpo a mi amado pueblo, ni a los improvisados líderes que lo guiaron, más inexpertos que yo. El pueblo de Francia sufre, y mi corazón con ellos. Pero ¿qué otro fin existe para un rey que no pudo tener las riendas de su reino, que no supo saciar a tiempo la sed de tierra y dinero de sus cortesanos, aumentada en los últimos años por el miedo de perderlo todo en manos del hirviente pueblo? Yo intenté reformar la nación, intenté equiparar los impuestos, intenté hacer entender a la gente que yo podía ser su rey.

Pero yo subí al trono demasiado joven, y todo se me salió de las manos. Ahora la plaza entera entona la Marsellesa, enardecida por la vista de mi cabeza tirada aquí en el cadalso. Si yo pudiera cantar, me aunaría ahora mismo al coro, ¡viva la República!, diría, ¡viva el pueblo de Francia! Pero mi garganta ya no suena, porque mi voz ya no existe. La mano del verdugo me levanta del pelo, y me enseña a la multitud. Jamás había visto al pueblo con tanta fiebre en los ojos, sonriendo con tal furor. Pasa una mano y me cierra los párpados; me meten entre un costal.