M.C. Escher

M.C. Escher

27 de marzo del 2011

Maurits Cornelis Escher el más famoso dibujante de mundos imposibles que tuvo el siglo XX. La primera impresión que sus dibujos suscitan es la de una precisión matemática y rayana en lo obsesiva con la exactitud de las líneas, las ilusiones ópticas y las paradojas. No es una impresión incorrecta, y muchos son los estudios dedicados a este aspecto técnico y verdaderamente sorprendente de su obra. Uno de los estudios más importantes es el del matemático estadounidense Douglas R. Hofstadter, llamado Gödel, Escher, Bach, un eterno y grácil bucle, hoy ya un clásico en la bibliografía de las correspondencias universales. Entre los muchos secretos y curiosidades que el libro exhibe, está una explicación de esos maniáticos dibujos, que el autor relaciona, formalmente, con las no menos maniáticas composiciones de Bach y el maniático Teorema de la Incompletitud de Kurt Gödel, uno de los matemáticos más importantes de la primera mitad del siglo XX. Pero ya en esa comparación, maniática de por sí, en que las formas de la música, el dibujo y la matemática se reducen a unos simples -aunque complejos- enunciados, se sugiere la íntima motivación que llevó al dibujante holandés a imaginar un mundo de imposibilidades matemáticas, aparentemente tan frío y milimétrico. Entender esa motivación es entender que Escher no fue sólo un as de la regla y el compás, virtudes no poco admirables pero tampoco muy inspiradas, sino uno de los artistas más completos y genuinos de la época contemporánea.

En los dibujos de Escher pasa todo lo que en el mundo no puede pasar. En Manos dibujando, por ejemplo, una mano pinta otra mano que a su vez pinta la mano que la pinta, imagen a todas luces paradójica, que ilustra un problema matemático puntual, relacionado con la recursividad de los conjuntos, la paradoja de Russell y la Banda de Moebius, tan del gusto de los matemáticos que pocos son los que no tienen una réplica colgada en la pared de sus estrechos cubículos universitarios. Sin embargo, habiendo podido escoger un sinnúmero de temas para representar en un dibujo esta curiosidad lógica, Escher escogió unas manos que dibujan, posiblemente modeladas en la suyas. Dibujar, para un dibujante, es crear el mundo, y si lo que la mano pinta es otra mano, dibujar es crear al hombre también, y si esa mano dibujada a su vez pinta, dibujar es crearse a sí mismo, dibujarse a sí mismo, inventarse. No hace falta extender ulteriormente la explicación de la metáfora.

En Ascenso y descenso hay una escalera imposible, que se une en un extremo de modo que siempre baja, o siempre sube. La ilusión óptica está en la forma de la escalera en el papel, que no es un rombo, como parece ser, sino un trapecio con una punta harto irregular. Ese es su valor técnico. Sin embargo, esa escalera está en el techo de un castillo que hasta la más atrevida ignorancia podría catalogar de medieval, y los que suben o bajan perpetuamente la escalera son monjes de algún tipo. Monjes en un castillo medieval que recorren una escalera infinita, que dedican su día entero (pues no tienen a donde más ir) a un esfuerzo infinito, porque no termina, y absurdo, porque no va a ningún lado. Y entonces el dibujo toma otra dimensión nueva, ya no técnica sino histórica y religiosa, bajo la forma de una metáfora.

Aunque muchos de sus dibujos son esencialmente ejercicios técnicos, sus obras maestras nunca carecen de esa dimensión ulterior, en que la destreza con el lápiz deja de ser el tema del cuadro, y se vuelve un recurso para hacer más efectivo el verdadero tema, que es un tema humano y universal, como en los cuadros de todo pintor que se respete. Escher llevó la técnica del dibujo hacia extremos insospechados, y aún es mucho lo que podemos aprender de ellos, pero no hay que olvidar que sus laberintos, sus mundos imposibles, sus teselados en que figuras poco relacionadas encajan a la perfección y sus inverosímiles metamorfosis, están siempre hablando de algo más, están pintando, a su manera, un mundo particular, un mundo presenciado una vida transcurrida en una Europa sin folclor, destrozada no una sino dos veces  por guerras mundiales, que incluso a los que no la vivimos nos cuesta poco ver como absurda, imposible, paradójica, irreal.