Max Brod

26 de mayo del 2011

Cuando Max Brod salió huyendo de Praga, con Israel adelante y los Nazis detrás, llevaba los artículos siguientes en su apurada valija: tres libretas con su última novela, dos pasaportes falsos, la partitura de La novia vendida  –una ópera de Smetana que estaba traduciendo al alemán- dos pares de medias, tres camisas, y las obras […]

Max Brod

Cuando Max Brod salió huyendo de Praga, con Israel adelante y los Nazis detrás, llevaba los artículos siguientes en su apurada valija: tres libretas con su última novela, dos pasaportes falsos, la partitura de La novia vendida  –una ópera de Smetana que estaba traduciendo al alemán- dos pares de medias, tres camisas, y las obras completas manuscritas de Franz Kafka.

Como Rilke, también Brod y Kafka habían nacido en Praga cuando Praga era una ciudad del Imperio austrohúngaro, y aunque sabían hablar el checo,  hablaban y escribían en alemán. La familia de Brod era judía, pero no fue de ella que heredó su particular ortodoxia, aprendida en el colegio de ciertos amigos, y a raíz de la cual se volvió sionista, primero discretamente, cuando aún vivía en Austria, y luego abiertamente, cuando Checoslovaquia se independizó del Imperio en 1918. Pero como muchos sionistas de esa época, no fue sino hasta que los Nazis se instalaron en su ciudad que decidió viajar a Israel, a colaborar con la causa.

Una vez allá, Brod siguió trabajando como lo venía haciendo durante casi cuarenta años, escribiendo novelas cada vez menos afines al movimiento expresionista y también cada vez menos leídas, pues aunque en la década de los treinta había alcanzado una cierta fama centroeuropea, los Nazis se encargaron de que sus novelas desaparecieran rápidamente de todas partes. También siguió traduciendo óperas de compositores compatriotas, y escribiendo estudios sobre sus obras, y sobre las de otros escritores jóvenes, como Jaroslav Hasek, que habría de deberle su reconocimiento posterior a la protección del viejo Max Brod.

En efecto, Max Brod era un viejo buena gente, que leía con entusiasmo a los jóvenes que lo buscaban con algún tímido manuscrito, y que en artículos y reseñas llamaba la atención del público sobre las dotes de algún reciente compositor que muchas veces aún no las tenía plenamente desarrolladas, pero que las tendría, porque además de buena gente, Max Brod era muy sabio, y se equivocaba más bien poco con sus predicciones artísticas, como con el triste caso de ese ya ignoto Matthias Gottman.

Pero entre todos esos escritores a los que apadrinó, había uno que fácilmente habría podido desplazarlo del mundo europeo de las letras, porque su obra era más amplia y más profunda y más certera que la de Brod, y al que Bord fácilmente habría podido sacar de la carrera con un estratégico codazo, o con un estratégico maletín que se pierde en la estación de tren, o con un estratégico seguir al pie de la letra sus indicaciones en el lecho de muerte. Pues en efecto este brillante escritor, tan oscuro entonces para todos, le había confiado sus obras completas a Brod, y le había pedido específicamente que tuviera la decencia de quemarlas.

¡Qué suerte que se las confió a Max Brod y no a los Héctor Abads de la época (siempre los hay)! Porque para Max Brod, justamente, la literatura no era una carrera, o por lo menos no era una carrera contra sus colegas sino con sus colegas, contra el tiempo. Y por eso Max Brod, que no sólo conocía y reconocía el talento de su inédito amigo, sino que en gran parte había sido el responsable de que ese talento estuviera bajo la forma de cuentos y novelas, hizo caso omiso de los deseos de su moribundo amigo, y publicó El Castillo, y publicó América y publicó El Proceso, y publicó La metamorfosis. Y entonces los William Ospinas le dijeron ¡no! Y Max Brod respondió: sí, claro que sí.

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