Oliverio Girondo

24 de enero del 2011

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una […]

Oliverio Girondo

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Así comienza uno de los poemas más famosos de Oliverio Girondo, poeta de Buenos Aires, raro por fuera y raro por dentro, que siempre supo lo que quería, aunque lo que quería, como le pasa a todo el que sabe lo que se puede alcanzar a querer, era irrealizable. De ese modo, Girondo se crió entre la generación más importante de escritores argentinos, entre sus reuniones en los cafés, entre las revistas en que todos publicaban, entre sus cuentos y sus poemas, y sin embargo Girondo nunca sintió la tentación de suscribirse a sus opiniones artísticas.

De ese modo hizo una obra poética que no se parece a los divertimentos filosóficos de Borges, ni a las historias impolutas, casi antisépticas de Bioy Casares, ni a los prodigios cotidianos de Cortázar, ni a las cadencias rotas de Macedonio Fernández, ni a las indagaciones psicológicas de Silvina Ocampo, ni a las falsas memorias de Nora Lange. Y sin embargo charló con Borges, cenó con Bioy, bebió con Cortázar, discutió con Macedonio, trabajó con Silvina Ocampo y con Nora Lange se casó (lo cual es prueba irrefutable de que Nora Lange en efecto sabía volar).

Pero Girondo también conoció los países de Europa occidental, por los que hizo varios viajes y en los que conoció a algunos de los mejores artistas. Pero su obra tampoco se parece a la de García Lorca, ni a la de Pablo Neruda ni a la de Vicente Huidobro. Sí se parece, si de buscar parecidos se tratara, a la de Xul Solar, pero Xul Solar era pintor, no escritor, de modo que el paralelo resulta complicado. También tiene similitudes con la del poeta Edgar Beyley, pero en ese caso es la de Beyley la que se parece a la de Girondo, a quien leyó devotamente.

En fin, es difícil encontrar las raíces de la obra de Girondo, que más que producto de la literatura anterior es materia de la que había de seguirle. Por eso sus poemas resultan algo así como un oasis en las letras argentinas y latinoamericanas, difíciles de explicar a partir del clima circundante, lo que no nos impide, sin embargo, frecuentarla y meternos en ella una buena zambullida.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO