La otra cara de Jorge Eliécer Gaitán

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La otra cara de Jorge Eliécer Gaitán

9 de abril del 2019

Es innegable para los anales de la historia la trascendencia política y social que tuvo el caudillo Jorge Eliécer Gaitán para el país. La historia reciente de Colombia se dividió un día como hoy, hace 71 años, en 1948, cuando fue asesinado a tiros sobre la carrera Séptima en la capital del país. La Violencia y la política tomaron un rumbo distinto a partir de ese momento y, algunos, aún atribuyen los males de la actualidad a ese momento histórico. Pero más allá de la imagen que marcó su muerte, quizá su vida también ha sido mitificada por la idolatría.

Escuche el suceso que cambió la historia de Colombia:

Muchos se preguntan ¿qué habría pasado si Jorge Eliécer Gaitán hubiera sido presidente de Colombia?, la primera respuesta es que no hay forma de contestar ese interrogante porque todo se reduciría a supuestos sin sustento. Otros más osados, pero con la misma invalidez argumentativa, aseguran que habría sido oportuno para demostrar su inoperancia y que sus propuestas no eran viables.

Se basan en la discutible administración que hizo el caudillo liberal de la Alcaldía de Bogotá. Luego de varios puestos políticos y de haberse formado profesionalmente en Europa, el gobernador de Cundinamarca decidió nombrarlo el burgomaestre de la capital del país. Cargo que aunque le otorgó uno de los principales fortines políticos para su carrera política, solo le duró año.

Fue precisamente porque adelantó tantas propuestas que molestaron a la gente, que los taxistas de la ciudad le armaron una protesta sin igual pidiendo su renuncia. Una petición que llegó hasta los oídos del entonces presidente Alfonso López Pumarejo, quien terminó por pedir su destitución.

“Mala gestión, nepotismo, prácticamente Gaitán ordenaba y no aceptaba términos medios, mandaba a que la gente comiera mejor, se vistiera mejor y todo eso es atacado y rechazado por los conservadores y los mismos políticos que no lo querían ver gobernando para la época”, afirma el profesor de Cultura Latinoamericana y La historia detrás de la historia, en la Universidad Central, Mauricio González Bonilla.

Esas ordenanzas que ahora parecen excesivas, fueron promulgadas por Gaitán en su tiempo como alcalde de la capital, a través de más de 400 decretos, por los que buscó imponer una idea de sociedad organizada y uniforme como la que había visto por su paso en Europa.

“Él se formó en un ambiente europeo y allí hay otro nivel cultural. Italia es otra experiencia, donde aunque hay pobreza, hay dignidad, comida y ropa; y de alguna manera lo que él quiso montar fue eso en Bogotá”, explica el profesor González en diálogo con KienyKe.com.

Entre sus decretos más recordados, por la misma intención de sus ordenanzas, se encuentran el que declaró como delito la vagancia y la indigencia en medio de amplio interés por el higiene y la salud ciudadana y personal. Valores que consideraba propios de una ciudad moderna y segura.

También tenía un gran interés en que la ciudad, aunque no lo fuera, sí aparentara salubridad y sobriedad. Por eso ordenó iluminar las calles, mejorar los andenes de la ciudad, construir un estadio e incluso pintar las casas. En este ultimo decreto ordenó que fueran colores entre pasteles y oscuros, preferiblemente rojo, gris o azul.

Otra de ellas, incluso más polémica para la época, es cuando prohibió el uso de la prenda tradicional del altiplano, la ruana. “Las calles eran muy rurales todavía, pero Jorge Eliécer Gaitán ordenó que se deje de vestir la ruana y reemplazarlos por busos y abrigos”, narró González. Precisamente en un momento en el que a la ciudad llegaban los desplazados de la violencia bipartidista, además de un fuerte intercambio comercial con los municipios aledaños, con mercados campesinos que irremediablemente imponían la tendencia de la ruana.

En medio de esa guerra contra la ruana, su más polémica promulgación y la última, fue por medio del Decreto 425 de 1936 que ordenaba a los taxistas usar uniforme. “Uniformar a los taxistas era una forma de organizar al gremio, pero ellos no lo interpretaron así y eso le costó a Gaitán”, señaló González. En cambio, según lo registró El Tiempo en ese momento, los chóferes del servicio público argumentaban que “una ruana buena cuesta seis pesos, pero un sobretodo malo vale treinta”.

Por eso después de más de seis días de manifestaciones, con el tráfico paralizado en la ciudad capital, el pueblo tumbó al ‘alcalde del pueblo’. Fue el 13 de febrero que el gobernador decidió destituirlo. Desde ese momento ya se conocían, no solo sus enemigos, sino también una basta multitud de seguidores que continuarían enardeciendo el discurso recalcitrante del que se convertiría en el prócer liberal tras su muerte el 9 de abril de 1948.

“Puede ser descrito como ese sujeto político que se pudo haber equivocado, pero que de alguna u otra manera quiso transformar la ciudad”, concluyó el profesor González.