Helenita Vargas, la eterna ronca de oro

Helenita Vargas, la eterna ronca de oro

7 de febrero del 2018

Es bien recordado el nombre de Helenita Vargas en Colombia y otros países de Latinoamérica. Esa voz ronca acompañó miles de noches de copas y otro tanto de despechos a través de la radio. La Ronca de Oro se mantuvo tan vigente como el metal de su apodo y se desquitó en sus canciones de los hombres maltratadores.

“Usted es un mal hombre sin nombre señor, es un cruel egoísta, masoquista, es un traidor”, cantó Helenita en su canción Señor. Ese odio que sintió contra el canalla no lo vio en el horizonte, cuando cuatro días después de la navidad de 1951, se escapó de su casa para casarse con Hernán Ibarra. Un abogado prestigioso, 24 años mayor que ella, que había trabajado al lado del caudillo Jorge Eliécer Gaitán.

Helenita era la mejor amiga de la hija de Ibarra y por eso conoció al abogado. Según sus familiares, la ronca siempre fue inquieta y tenía deseos de salir de casa rebelada contra las normas del hogar. Cuando se escapó ya llevaba varios días de romance con Ibarra, pero por las normas colombianas no podrían casarse mientras ella fuera menor de edad. El abogado no pudo esperar un año para su deseo y usó artimañas para falsificar los documentos de identidad de Helenita.

La familia Vargas quedó atónita con la decisión de Helenita y nunca aceptaron su apresurado matrimonio. Ella, confiada de su esposo, se fue de luna de miel y allí se dio cuenta de su error. Ibarra la dejó encerrada en el hotel para irse a galantear con otra mujer. 

Aguantó unos horribles años de casada con Ibarra, quien la golpeaba e insultaba. Hasta llegó a tener dos abortos en los cinco de años de matrimonio. Pero en 1956 se cansó de la relación y con una bebé en su vientre, armó maletas y se fue a la casa de sus padres. Se habría ido a cualquier lugar con tal de estar lejos de Ibarra. Su familia la recibió y meses después nació su hija Pilar. 

Llegó el amor

Pilar le cambió la vida, no solo por ser su hija. Las locuras de un niña traviesa, la hicieron tropesar a los tres años y del golpazo se rompió la boca. Helenita la recogió y la llevó al hospital para que la atendieran. El doctor que la atendió fue Gonzalo Zafra, que quedó encantado con la mamá de Pilar y en un tratamiento a largo plazo, curó el labio de la niña, el corazón de Helenita y completó el hogar de las señoritas Vargas.

El matrimonio entre Gonzalo y Helenita mereció dos escapadas. Primero a otro país porque la ronca nunca pudo divorciarse de su antiguo esposo, entonces se vieron obligados a casarse civilmente fuera de Colombia. Segundo, por que la sociedad caleña de mediados de los años cincuenta vería como una vergüenza que una mujer abandonara a su esposo.

Con el amor de Chalito, como llamaba la cantante a Gonzalo, empezó el éxito musical. Grabó su primer disco en 1968 y empezó a llenar las estaciones con boleros y tangos. “Yo soy la María, María en mi gracia, pero a mí me llaman María de los guardias”, así se presentó la ronca de oro en su segundo disco. A partir de allí el país conoció a esa mujer elegante, que cantaba con una copa de vino en la mano y una fuerza incontenible que hacía vibrar su copete.  

No dejó de cantar desde la bendición que le dio el mexicano Agustín Lara a los 16 años. Prometió que dejaría la música el día que no hubiera nadie para escucharla. Habría continuado cantando hasta el fin de su vida, de no ser por complicaciones de salud que la separaron de los escenarios.

Por una cirrosis le hicieron un trasplante de hígado que su cuerpo no aceptó. En sus últimos días, una infección pulmonar le impidió respirar y acabó con su vida. Hoy se conmemoran siete años de la muerte de la eterna ronca Helenita Vargas.